Cuando los hombres se van

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Hace unos días a la media luz de mi lámpara de lectura, un libro de Simone de Beauvoir, un café negro y una pequeña cobija que cubría mis pies del frío insistente en Parral me hicieron parar en un fragmento que llamó mucho mi atención:

“Las mujeres que no hacen nada no soportan ni el olor de las que trabajan.” La expresión me sorprendió y me hirió. A Maurice le parece bien que una mujer tenga una profesión; sintió mucho que Colette eligiera el casamiento y la vida de hogar, hasta me guardó un poco de rencor por no haberla hecho desistir. Pero en fin, admite que para una mujer hay otras maneras de realizarse. Nunca pensó que yo no hacía “nada”; al contrario, se sorprendió que no me ocupara seriamente de los casos que él me señalaba sin por eso dejar de cuidar de la casa y seguir de cerca a nuestras hijas; y esto sin parecer nunca tensa ni agotada. Las otras mujeres le parecían siempre demasiado pasivas o demasiado agitadas. En lo que a mí respecta, yo llevaba una vida equilibrada; incluso decía: armoniosa. “En ti todo es armonioso”.” Me resulta insoportable que haga suyo el desdén de Noellie por las mujeres que “no hacen nada”.  (Simone de Beauvoir, 1981).

Este fragmento me hizo pensar en lo que en su momento Freud se planteaba con gran ahínco: ¿qué quiere una mujer? Misma pregunta sin resolver y que incluso no sólo causa incógnita para el hombre sino también para ella misma. La clínica y las teorías psicológicas resumen esto en una respuesta: ser amada, pero, ¿qué implica ser amada para una mujer? O, inclusive ¿El ser amada para una mujer significa ser deseada? Esto claramente lleva respuestas en doble orden: la primera es cómo una mujer percibe lo que quiere y si eso está engarzado a su sentir, pensar y actuar, y la otra respuesta va en el orden de lo que el hombre quiere de una mujer y que de igual forma la respuesta compleja se ataría a su sentir, pensar y actuar.

 Comenzaré desde el análisis del corte popular de lo que algunos pseudointelectuales consideran feminismo; donde este es provisto de agresiones, justificaciones, fantasías e imaginación de lo que un hombre debería de ser, hacer y pensar en relación a un vacío inconsciente obtenido por la mujer en su mismidad a través del desarrollo evolutivo en los diversos campos (social, intelectual, emocional, biológico, religioso, etc.) dejando aislada la masculinidad en sus múltiples aspectos y donde, cabe aclarar femineidad y masculinidad no es lo mismo que el ser hombre o mujer, así como feminismo no es lo mismo que hembrismo popular.

 El hembrismo popular

El hembrismo popular existe en una antesala de protesta al machismo que ha imperado en nuestro país, donde la mujer era denigrada o posicionada en planos meramente pasivos, sin reconocimiento e inclusive siendo objeto de violencia disfuncional, la cual estaba enmascarada de amor por el otro. Traducido, es importante mencionar aquellas frases como: “Me pega porque me ama”, “No lo dejo por mis hijos(as)”, “Mi papel es de obediencia y sacrificio por mi familia”, “Lo doy todo por ti”, donde ser permisiva, obediente, sumisa, poco letrada, abnegada, entregada al círculo familiar en forma intensiva era el método para conseguir el amor, aquello con que toda niña sueña, el príncipe azul y la vida perfecta; pero para conseguirlo hay que sacrificarse, hay que dar para entonces obtener.

 Cuando la idea comenzó a causar incomodidad, cuando la mujer comenzó a encontrar el disfrute de un deseo que tenía aislado, reprimido y en muchas ocasiones escondido pudo dar pie a ser un objeto social activo, de permanencia, movida por deseos internos y que en su momento fueron castrados y esto comenzó a suscitarse en una comunicación generacional.

Madres que comenzaron a cambiar los mensajes inconscientes formulados hacia sus propias hijas, padres que confiaron que la vagina de sus hijas era un verdadero falo dotándolas entonces de creencias y fundamentos posicionados en la igualdad con el otro género. Sin embargo, no todo podía ser perfecto, todo cambio lo precede una etapa de crisis, una etapa de descontento, de incomodidad y la sensación de no tener un punto a dónde ir. Es entonces que un comportamiento nuevo que se opone a un anterior da como resultado la incongruencia, la incompatibilidad y la adecuación de ambos comportamientos en una idea primitiva que posteriormente madurará si coexisten las condiciones adecuadas.

Es entonces que a la par de la necesidad de sentirse amadas, surgió la competencia. Una lucha interna y externa de adecuarse al ambiente, a los ideales anteriores pero también aceptando el deseo que surge en el interior de cada una. La pasividad dio paso a la actividad, a la búsqueda de un lugar en el mundo que representaba algo más allá que entrar de blanco a la iglesia, tener una casa grande y bonita además de una familia perfecta, esto es: lograr una carrera universitaria, tener un trabajo estable, crecer, vincularse en el mundo ofreciendo y no únicamente recibiendo, ser dueñas y no esclavas de la propia vida, tener puntos de opinión en la sociedad que fueran considerados a la par del otro género; y todo esto es un planteamiento actual que existe sin dejar de lado la ilusión (aún) de concebir y que se geste la idea anterior. Es decir, la mujer quiere seguir siendo objeto de amor a partir de representar ambos esquemas comportamentales en el hombre.

Pero a la par, ¿qué sucede en el hombre? La historia amorosa del hombre está estructurada en dos fenómenos: el cortejo y la renuncia. El cortejo está centrado en la conquista, en la posibilidad de buscar amar a partir de las experiencias centradas en la vinculación primaria con el objeto materno. El hombre es capaz de vislumbrar diferentes formas de encuentro con el amor (ya que así ha sido su historia), una búsqueda constante hacia aquello que tanto desea y que puede convertirse en el objeto de amor.

¿Qué ama un hombre? Ama lo no obtenido, ama el transcurso al amor, ama con poca libertad, ama con temor, ama con odio y con amor. Ama a través de la condición predisponente del otro objeto que quiere sentirse amada(o), ama la fantasía y el ideal que cuando toca la realidad le es imposible no renunciar. El amor para un hombre implica siempre una renuncia, una pelea constante ante el objeto que quiere alcanzar pero que pareciera lejano y que cuando lo concibe cercano es imperativo decir adiós. Esta situación frustrante y antisonante y en el hombre se describe a partir de su construcción del amor.

Él mismo viene de la relación primaria con el objeto que nutrió su ser a partir de la particularidad de sentirse protegido; objeto que respondió a sus necesidades, lo elevó hacia el máximo concepto de supremacía al dedicársele, vivir por él y en él. Un objeto que le proporcionó su ser en niveles inhumanos y lo salvó de cualquier inconveniente puesto en el mundo exterior. Este ser fue su propia madre, figura objetal inicial y figura objetal que enmarcará la relación amorosa.

La ideación del objeto, produce en el hombre la sensación de plenitud del ser. Esta plenitud por su construcción, será imposible de comparar con cualquier otra relación obtenida con algún otro objeto en el futuro, ya que “ninguno(a), podrá suplir lo que madre hizo por él, ninguno(a) se dará, se vinculará al punto de vivir la idea de la simbiosis como lo hizo mamá, ninguno(a) será tan perfecta, tan amorosa, tan virgen, tan incomparable como ella”, sin embargo, para reprimir la idea del incesto y la sensación de culpa devenida a la idea es necesario que busque un objeto hacia el cual avocar la experiencia suscitada con madre y que en un inicio fue fraguada por la intervención del padre, por su falo más grande, por el pensamiento del posible castigo y que esta figura atemorizante castrará su falo.

En este sentido, el hombre busca en su relación de pareja la posibilidad de consumar su deseo hacia su objeto de amor; por tanto busca a partir del cortejo a la persona que sea “la más adecuada” para ocupar ese lugar tan preciado y al que pocas tendrán acceso.

¿Qué sucede cuando la encuentran? Deviene la renuncia, el mecanismo final en la triada establecida entre él, su padre y su madre; deviene la falta y el extrañamiento, deviene la sensación de incesto y la culpa ante la posible pérdida del padre, deviene el temor a la castración que faculta el adiós en su relación amorosa.

El hombre se retira porque no puede amar y desear al objeto, tiene que partirlo, escindirlo, desvincularlo para darse la oportunidad de vivir ambas situaciones sin remontarse al complejo del amor en la primera infancia en el cual hubo dolor, pérdidas y temores.

Entonces en resumidas cuentas, la mujer busca ser amada a partir de la decepción y la sensación constante de rechazo (por tanto hay que comprobarse a sí misma que es objeto de amor y deseo), mientras que el hombre ama para finalmente decir adiós (le resulta difícil vincular amor y deseo); dándose hombre y mujer los mismos afectos en las relaciones presentes que aquellos que se dieron en la primera infancia en sus triangulaciones amorosas.

Entonces, ¿quién se va o quien se queda? La respuesta más real es que ambos se van en el momento en que no son conscientes de aquellas fuerzas que sostienen la relación amorosa y que son consecuencia de un pasado inherente al ser humano, del cual no es posible desvincularse. La crisis social aumenta la sintomatología, pues la incomprensión entre lo que significa ser hombre o ser mujer son conceptos que se encuentran en pañales para una sociedad consumista, rápida, sin consciencia y sin reflexión; una sociedad que aleja al hombre y la mujer y los llena de brechas en sí mismos que impiden el darse cuenta.

La pregunta es: ¿Cuál es el futuro de las relaciones amorosas? ¿Seremos presas de la crisis que nos aleja e imposibilita la estabilidad relacional? ¿Nos volveremos seres mayormente individualistas?…

 

Foto de portada de familias.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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