El fantasma del primer amor parte 2

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Jean Laplanche y Jean – Bertrand Pontalis (1967) definen a la fantasía como: “guión imaginario en el que se halla presente el sujeto y que representa, en forma más o menos deformada por los procesos defensivos, la realización de un deseo, y en último término, de un deseo inconsciente”. Fantasme en francés equivale a fantasía, mientras que fantôme es aquello que reviste una condición espectral que aparece y provoca cierto temor pues tiene rasgos asociados a la realidad.

            Tratemos de recordar en este momento de lo que se componían nuestras fantasías infantiles. Pensemos en aquello que nos causaba tanto temor cuando íbamos a la cama, o cuando teníamos que atravesar largos pasillos para llegar al baño, o qué me dicen de los temores que alguien saliera del closet o cuando las niñas veían los ojos penetrantes de sus muñecas que parecían vivas, así mismo los osos de peluche, el coco, slenderman, el chupacabras, etc. Pensemos por un instante en todo eso que nos causaba temor: pudiera ser el espectro en sí, la sensación de estar solo, el sentir que nos pudiese agredir y aniquilar, la indefensión o el temor a lo desconocido.

            El fantasma habla de aquello que no pudo ser verbalizado ni concebido y que el individuo no pudo darle significado por un proceso consciente ya que la carga traumática vulnera al individuo. Un fantasma es recreado bajo la penumbra de lo tenebroso, delineado y configurado para hacerle ver al sujeto lo que él mismo quisiera olvidar, no percibir o no sentir. El fantasma en este sentido es el recordatorio inherente al ser humano pues funciona como su armadura o agente protector, pero al mismo tiempo le provoca el temor suficiente para que este no tienda a deshacerse de él.

            Esto nos lleva a entender la resonancia de mamá como rastro de ese fantasma que conceptualiza el amor. Tal vez el cuestionamiento que puede surgir en nuestras mentes es como un concepto universal como el amor, tan sublime, exponencial y con tanta pureza al que incluso se le han dedicado grandes obras y simbolismos de todo a lo que puede aspirar el ser humano, tenga un alter-ego caracterizado por un componente como el descrito por el fantasma, algo que parecería ser todo lo contrario a lo que hemos creído del amor. Pero vamos por partes…

            El amor a todo foco es un sentimiento y concepto universal, es decir, que se encuentra en su forma en todas partes pero al mismo tiempo es relativo, pues el entendimiento del amor es individualizado y particularizado a partir de la interacción que tenemos con la sociedad desde la primera relación establecida con otro fuera de sí mismo y que precisamente ese otro es mamá. Hay que aclarar que el concepto de “mamá” en la actualidad no se encuentra referido meramente al sexo femenino, sino a las funciones que se le atañen a mamá, es decir, aquella que nutre, cobija, protege, vincula, y en todos sentidos se brinda hacia el nuevo ser en un proceso de simbiosis como lo menciona la autora Margaret Mahler.

            La vinculación entre madre e hijo llega al punto en que se vive la fantasía de que el uno no existe sin la presencia del otro. Incluso, las primeras sensaciones del bebé a través de la vista están configuradas bajo el precepto que únicamente él visualiza sombras, contornos, objetos parciales que para él mismo no tiene ningún significativo; lo único plenamente seguro es que alguna de esas sombras sana su dolor o angustia a partir de la gratificación ya sea por vía oral, auditiva, táctil, olfativa y ocular. A partir de este fenómeno y con el paso del tiempo, el niño desarrolla el vínculo con el objeto materno que le permitirá entender quién es su madre, a qué huele su madre, quién sanará sus heridas y quién lo amará a tal punto de difuminar su dolor.

            Dicho lo anterior, es entendible para todo ser humano que la fase de simbiotización con mamá termine para que dé paso a la construcción individual, dejando a aquel objeto con el que se estuvo fundido y con el cual ha generado un apego desde la concepción hasta su vida adulta. Este proceso de individualización es doloroso, fortuito, inesperado y da paso al miedo, viviendo el menor la experiencia de que mamá ya no estará, lo dejó de querer e incluso que lo abandonó, sintiéndose a la deriva, desprotegido y con altas dosis de angustia. Estas sensaciones son entendidas a nivel de fantasía, pues él mismo busca dar una respuesta que a nivel consciente no puede conceptualizar, pues aún su razonamiento no permite que entienda el motivo por el que mamá tenga que soltarlo y dejarlo ser independiente; para él es: “Mamá me dejó y alguien puede hacerme daño”, en este sentido a nivel de fantasía se recrea la necesidad de que el menor tienda a montar la situación de peligro con la intención de que mamá vuelva y lo salve.

            Bajo lo escrito anteriormente, pensemos: ¿Cómo fue nuestra primera relación de pareja amorosa?, ¿Qué sensaciones vinieron al rompimiento inexorable de algo que en un primer momento se presenciaba como eterno e inacabable? ¿No sentimos en carne propia que la vida se nos iba, o que algo se nos era quitado?, ¿No es esta acepción la más representativa del amor y el rompimiento que una madre tiene con su hijo?

            No nos asustemos, recordemos que el amor es un concepto universal y como el significado proviene del entendimiento humano y la necesidad latente de expresarlo. Veamos tantas obras de arte, literatura, canciones, pinturas, grandes edificios arquitectónicos, ritos, costumbres y tradiciones particulares en todo el mundo que le dedican una oda al amor, una oda al entendimiento de lo que en su momento no estaba en nuestro razonar, tal cual como lo evidenció en sus letras nuestro cantautor mexicano “El divo de Juárez”.

            Esta noche yo los dejo con la siguiente reflexión del psicoanalista argentino León Grinberg: “El ser humano ante una desilusión amorosa, tiene la necesidad de volver al espejo, porque el espejo es lo único que queda cuando el objeto se va.”

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