El placer de ser infiel parte 2

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“No desearás la mujer de tu prójimo”. En nuestra vida religiosa pareciera ser el noveno mandamiento dictado por la religión abiertamente conocida en nuestro país y en todo el mundo, donde la historia establecida en su libro nos relata que fue uno de los mandatos dados por aquella figura mesiánica que otorgó a un hombre y a su pueblo que estaba en búsqueda de libertad, esperanzados a un futuro mayormente prometedor donde podrían estar de vuelta en el paraíso arrebatado por la misma figura ante la expulsión del tan anhelado paraíso. Lo paradójico de esta situación es que fue una libertad medianamente aceptada, con dosis de prisión y encarcelamiento; mediante estatutos que marcaban el tipo de comportamiento que el pueblo debía tener según su figura mesiánica, dejando fuera todo aquello que el ser humano sienta como natural y como parte de su propia sexualidad.

Si nos remontamos a civilizaciones anteriores a la cristianización, podemos hablar acerca de cómo se concebía la sexualidad, el cómo era ejercida y cuál era su fin. El arte es una de las formas en donde el ser humano ha marcado su visualización de la sexualidad, así como su represión. En la mitología griega, específicamente los cretenses tenían un culto hacia la feminidad, es decir, el papel ejercido de la mujer como ama y señora de la fecundidad, de la productividad de la especie y el desarrollo de los miembros, incluso jurídicamente era igual al hombre desarrollando mismos derechos y obligaciones, es por ello que era muy común que tanto hombres y mujeres participaran en encuentros sexuales como orgías no con fines meramente reproductivos o de satisfacción personal, sino como una forma de fundirse con su deidad. En otras culturas como en Egipto, el sexo oral era la mayor forma de contacto con sus dioses. En China se tenía sexo sin eyaculación siendo esta práctica afín a los principios tántricos de la filosofía hinduista. La pederastia en Grecia era tan bien vista porque era la forma de adiestrar a los jóvenes a los placeres de la cultura y una metodología con fines holísticos, así como las prácticas homosexuales tanto en Grecia como en Roma.  Todo esto nos lleva a documentar que la infidelidad en el plano histórico era un acto propiamente visto y sin ningún altercado moral o ético, entendiéndolo como parte de lo natural.

En el artículo anterior se disponía a esclarecer los principios sociales y psicológicos que nos llevan a tener en apariencia una vida plenamente fiel, plagada de mensajes donde la fidelidad es una cuestión de formación social con repercusiones hacia quien se sale fuera de ese parámetro. Es tan clara la represión que incluso se llevó al lenguaje mediante palabras que desacreditaran a la persona en cuestión por el comportamiento lejano a lo que la sociedad y sus fundamentos religiosos esperan. En el corte popular esta fidelidad se encuentra simbolizada mediante el rito de “la pedida de mano”, la entrega del anillo, el destapar el velo de la novia, la comprobación de la virginidad de la mujer, etc. Éstos, suelen ser algunos elementos que nos dan a entender que el sentido del compromiso contrarresta el impulso sexual natural, volviéndolo prohibido fuera del mismo. Hay que recordar entonces que los referentes de compromiso van desde la personificación de María y José, padres de Jesús, hasta lo que comúnmente nos presentan en los medios de comunicación. La descripción general muestra a una mujer sumisa y abnegada que se encuentra a la espera de aquel hombre activo, dominante y que sea capaz de conquistarla para culminar en un compromiso sellado por la fidelidad.

En este sentido la mujer que se deslinda del comportamiento anterior al no representar las características sobre las cuales se vincula, es decir, su virginidad, pureza y dadivosidad brindada hacia el hombre es subyugada bajo los pseudónimos de desprecio de la sociedad, mientras que el macho, por su parte, culturalmente se le conceda el permiso por la asociación con la figura de José en el inconsciente colectivo, esto es, la venganza del hombre que permitió la infidelidad de su mujer, aceptando ser personaje secundario en la vida de la misma e incluso en la historia de la religión católica.

Oscar Wilde decía: “La única forma de vencer una tentación es dejarse arrastrar por ella”, porque es mediante la prohibición que el ser humano puede explorar realmente su verdadera libertad a través de su deseo, mismo que puede ir enmascarado por la búsqueda de venganza, la necesidad narcisista de ser visto e incluso el disfrute de la opinión degradante de la sociedad ante dicho comportamiento. Es por ello que el placer de la infidelidad no es meramente en el acto copulatorio, si no en la necesidad de que el deseo puesto en marcha sea cumplido.

“No desearás la mujer de tu prójimo”, es el postulado perfecto para la inhibición del deseo, rigidiza el comportamiento y emite la idea de un aparente libre albedrío que no es real.

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