Tristán e Isolda; de la virgen a la prostituta

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Tristán nace en cautividad, y su madre Blancaflor, hermana del rey Marc de Cornouailles, muere en el parto. Tristán queda huérfano y es educado según los principios de la caballería medieval por Governal. Años más tarde, el joven príncipe es raptado por unos piratas y depositado en las costas de la tierra de Cornouailles tras una terrible tormenta. Pero nadie sabe, ni él mismo, que es el sobrino del rey Marc. Su desempeño en la corte como caballero hace que se vuelva el hombre de confianza del rey. Tristán descubre luego su verdadero origen y decide permanecer junto al rey Marc.

Cuando el reino de Marc es amenazado por el rey de Irlanda, Tristán desafía al gigante Morholt y sale vencedor, aunque permanece herido sobre un barco. Isolda la Rubia, nieta de Morholt, lo encuentra y se ocupa de curarlo. A su vuelta, el rey Marc decide darle como herencia su reino. Los barones del rey se vuelven celosos y lo presionan para que se case. Elige al azar a la hija de uno de sus caballeros y Tristán parte en su búsqueda. Pero para obtener su mano debe matar al dragón (como en la historia de San Jorge, quien mata al dragón para salvar a la Dama). Tristán sale nuevamente victorioso de esta dura prueba pero cae otra vez desvanecido. Isolda la Rubia lo vuelve a curar y él obtiene su mano para el rey Marc.

Mientras se dirigen a su encuentro, beben juntos por equivocación el vino mágico que la madre de Isolda había preparado para el rey Marc y su hija. Rápidamente se enamoran perdidamente uno del otro. Bédier describe la escena de la siguiente manera: “¡Encontré el vino!, grita ella. No, no era el vino: era la pasión, la amarga alegría, la angustia sin fin y la muerte.”

Al llegar al castillo, Isolda se casa con el rey Marc. Los barones denuncian su amor al rey Marc, y Tristán debe partir de sus tierras. Un último encuentro de los amantes deja su rastro y la cólera del rey recae sobre ellos y decide quemarlos. Tristán logra escapar y el rey entrega a Isolda a unos leprosos. Advertido de su triste suerte, Tristán busca liberarla. Una vez que logra estar a solas con su amada, en la oscuridad de la noche se recuesta a su lado pero mantiene entre ambos la espada de castidad que los separa.

En medio de sus remordimientos, Tristán decide devolverle su esposa al rey. Vagabundea luego durante dos años y se casa con Isolda de las Blancas manos. No obstante, sigue enamorado de la reina. Herido durante una batalla, pide que busquen a Isolda para volverla a ver una vez más antes de morir. Pero Isolda llega demasiado tarde: su amado está muerto. Desolada, se acuesta a su lado y muere junto a él.

La dinámica creada en la historia mítica, plantea adecuada la situación del amor en el Occidente, la alta tendencia de venerar y preservar el deseo antes de vehiculizarse al amor. La noción edificada muestra a la mujer con nula capacidad de elegir, perseverando convertirse únicamente en objeto de elección del Otro, de aquel Otro que se muestra culpable ante el deseo de poseer a la mujer. La postergación del deseo, evidencia la perpetuidad de la relación, la satisfacción del deseo implica la partida del varón y por ende la decepción de la mujer.

Si bien, tanto Freud como postfreudianos mencionan la situación edípica compleja en la mujer. Lacan la redimensiona a partir de la explicación ante la salida del Edipo.

En términos psicoanalíticos, el nacimiento de un ser humano supone apenas la pre-configuración de eventualidades tales como la conjugación del deseo fálico de la madre (una madre castrada que no tiene el objeto) y la salida de una mujer que al igual que su madre vive en falta del objeto fálico. Esta eventualidad accede a que mamá se espejee la falta con la hija con la probabilidad de remontarla o hacerle ver la castración como algo real. La niña ante la ausencia del falo de la madre, vive en sí misma la decepción del objeto de amor (castración) y parte hacia el padre con la idea de que éste sí le dé el falo que necesita y el cual está ávida de adquirir. Es aquí donde nuevamente sobreviene la decepción, al darse cuenta (con la identificación) de que el falo del padre es de la madre y entonces su deseo tiene que metaforizarse para ser soportable.

¿Cómo se metaforiza? Lacan plantea tres salidas para las mujeres en el Edipo: la mascarada de parecer ser mujer, la maternidad y la relación con el partenaire (pareja que le hace eco).

La mujer está castrada de entrada (a diferencia del hombre), por tanto lo que ocupa ese lugar es el miedo a la pérdida del amor. La definición del amor que se explica en esta condición es “dar lo que no se tiene…” Lacan lo menciona así en su seminario 5: “El problema del amor es la profunda división que introduce en las actividades del sujeto. De lo que se trata para el hombre, de acuerdo con la propia definición del amor, es dar lo que no se tiene, el falo, a un ser que no lo es.” (p. 359).

Cuando la niña descubre la castración de la madre, se da cuenta de la propia falta (falta en Ser), por tanto la neurótica debe encontrar solución a esa falta en ser a través del tener. El hombre recrea un conflicto con el tener, pues pasar de ser el falo que desea su madre a darse cuenta que lo tiene lo lleva a visualizar conflictos con el tener. La mujer se vuelve complicado porque no tiene el falo que desea su madre y tampoco lo es, por tanto le quede la solución de parecer ser.

El parecer ser retrata la mascarada femenina. El dilema planteado es que la satisfacción es generada por sustitución (niño, pene), mientras que su deseo se manifiesta una ajenidad al cuerpo respecto de su deber parecer “Parecer ser niño (objeto fálico del deseo de la madre) pero no tener una estructura física de niño”. Es entonces por este mecanismo que la mujer rechaza gran parte de los atributos que definen su feminidad, por ende amor y deseo pueden ser parcializados.

He aquí los resultados de varios psicoanalistas y científicos que definen la bisexualidad de la mujer (se ama a la madre, se desea al padre) y la explicación del deseo histérico.

La complicación de la mujer interviene en el hecho de que “pareciendo ser hombre” debe soportar ser falizada a través de ser el fantasma de hombre, sin embargo, ella no debe adherirse y creer al cien por ciento en ella: “Me enmascaro siendo hombre, pero no soy hombre.” Es decir, la salida de la enmascara resultará al asumir la falta, para que entonces pueda transitar su deseo al Otro (el padre).

A través del pene, la mujer recibe el falo añorado, y en la relación con el partenarie opera el amor. Al hacerse amar recibe el falo que le falta. Al volverse el objeto amado, quien la ama le da lo que ella no tiene, lo que carece, lo que ha estado necesitando, es entonces que es falicizada a través del amor.

La maternidad por otra parte se vuelve una forma de tratar su falta a través de tener conjugado por un endiosamiento: “Soy creadora del falo, el falo se vierte de mí a partir del hijo”.

Sin embargo a pesar de las innumerables salidas, existe una herida narcisista que operará en su caminar; “el no haber sido para su madre aquello que debió haber sido, un objeto fálico”; por tanto el temor a la pérdida del amor se convierte en la angustia más perturbadora, por tanto hará lo imposible para no perder el amor, jugando con su deseo pero finalmente perdiendo en el intento. ¿Por qué? Porque hay que recordar al mismo tiempo la dinámica del hombre; el hombre necesita rebajar a la mujer de la virgen a la prostituta para convertirla en objeto de deseo, para que entonces sea posible la relación genital, que al sucumbir puede ser convertida en culpa entrañable que le permite abandonar, cambiar, buscar otro objeto de amor. En la mujer hay que “aguantar” o inclusive prolongar el proceso con el juego del deseo: “Si tengo relaciones con él, se irá a buscar a otra, mejor sugiero, juego, seduzco pero no lo llevo al acto”.

El drama interno no impide la conjunción de los sexos, por tanto si bien puede ser una situación que puede prolongarse, es algo que sucederá y entonces el riesgo que afronta la mujer es volver a ser decepcionada al negársele por tercera ocasión el falo añorado, remontándola a esa falta inconsciente de la cual no es dueña.

La mujer elabora su amor a partir de asumir la falta, el hombre al asumir tener un falo.

En Tristán e Isolda no vemos un mito que hable de amor, sino más bien, un mito que habla de la adoración del Otro, de conservarlo en un papel idealizado, inalcanzable, inagotable, “el estar a punto pero no suceder”, (características de las relaciones amorosas occidentales), con pobre capacidad de elaborar el amor porque ninguno de los personajes asume, al contrario se sacrifica el deseo para preservar la adoración.

1 COMMENT

  1. Y todas estas ideas sobre falos y castración, ¿siguen vigentes? Me parecen graciosas. ¿Y qué hay de la gente casta? Me refiero a los q sentimos deseos (heterosexuales) pero nos negamos a llevarlos a término?

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