Danza de fuego

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La danza sonaba triste sobre las hojuelas de barro sembradas por la sequía. Los pies del indio Eleuterio se arrastraban sobre el polvo seco del rancho en un afán estéril. El trago amargo del aguardiente humedeció fugazmente la garganta del indio y las primeras gotas de lluvia se mezclaron con el sudor de su rostro de piedra poma.

El griterío de la gente animó a Eleuterio, que sintió por primera vez en su vida la abrumadora carga de la fama. El pueblo lo animó a seguir danzando y cuando sintió que las piernas de terrón seco se le desmoronaban, una mujer le arrojó por la boca un trago largo de tesgüino.

Bailó con júbilo furioso y el cielo supo entender el reclamo, porque cimbró con un ronquido ensordecedor los pinos adormecidos por el sopor de trece años de sequía. Una nube mezquina dejó escapar unas cuantas gotas gordas y espaciadas, y cuando la tormenta parecía escapar por una brecha de luz, la lluvia llegó menuda pero constante.

El agua acribilló una amplia zona yerman y el polvo que se elevó empapó al indio Eleuterio de un mayor misticismo.

Ya cuando el lodo impregnaba la danza agonizante de Eleuterio, medio pueblo había corrido a refugiarse a sus jacales. Sólo el indio danzante continuaba su rito empapado de orgullo y alcohol, envuelto en una orgía de truenos y destellos que le acariciaron la piel y el alma hasta el escalofrío.

Cerrando muy fuerte los ojos imaginó, sin dejar de danzar, el futuro que le esperaba gracias a la lluvia milagrosa que atrajeron sus pies, pudo verse entre lágrimas de lluvia casándose con la mujer más hermosa de la ranchería y cosechando tantos hijos como mazorcas.

Esta vez el cielo pareció entender su agradecimiento y se derrumbó en un diluvio luminoso que se inyectó en el indio Eleuterio con un estertor fatal. El rayo penetró por la cabeza y se derramó sobre las piernas incansables, humeantes y milagrosas.

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