Ejecutódromo

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Walk into the light

El hombre dejó atrás gotas de su sangre, su rifle de asalto y el tableteo de las metrallas enemigas. Un ataque de pánico lo dejó fuera del maltrecho estadio que la Suprema Autoridad Incompetente había destinado para los duelos entre bandas de sicarios.

De la piel le sudaba pólvora y los ojos le lloraban por el miedo. Se maldijo por la repentina cobardía que lo invadía y que lo empujaba a alejarse de su vida, de su profesión, corriendo hacia la paz que nunca buscó ni otorgó.

Pensó por el momento que esa, la sensación del miedo, era una esfera del infierno, pero la sangre que manaba de su brazo lo desilusionó de tajo.

Era mejor estar muerto que corriendo como una gallina sin cabeza, pero el miedo lo empujaba hacia la deshonra de manera irreparable.

Se detuvo a sollozar, de rodillas, tras un arbusto seco, con la cara chorreando temor, pero la suerte estaba echada y su angustia ya la olían hasta los niños del barrio, que lo apedreaban por el puro gusto de verlo chillar como un marrano sentenciado.

Detrás de los niños venía un pelotón de sicarios a los que los vencía la risa al ver huir a quien por su antigua brutalidad conocían como “Lacho el Feroz”.

Los recuerdos de su extraviada valentía le ametrallaron el orgullo, situándolo en un mundo en el que el miedo fue asignatura inexistente en su glosario de maldad.

Se vio, en retrospectiva, como un chacal despiadado, especializado en el degüello y en el golpe brutal de acribillar cuerpos y almas.

Llegó empapado en llanto al centro de la ciudad y ya lo esperaban los gendarmes de la Suprema Autoridad Incompetente para llevarlo a rastras al ejecutódromo, a donde lo aguardaban cuentas pendientes.

Sus colegas lo ametrallaron con insultos, lo escupieron y lo metieron en una jaula gigante para que padeciera, como cobarde espectador, el circo de muerte que se daba en ese espacio todos los días.

 

 

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