La noche de los tejados bronceados

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La luna quebró la habitación. El viento sopló, generoso y seco, para mover las persianas lisiadas del hotel.

          — No quiero llegar a viejo — dijo el adolescente acostado boca arriba.

          —  El pasado es un fantasma que pesa con los años.

          —  Le saldrán huesos, ¿no? —  dijo una muchacha, mientras despegaba la barbilla del pecho del adolescente.

          —  Huesos y sueños malogrados.

          —  Me gusta lo absoluto.

          —  ¿El amor es absoluto?

          —  No. Es lo que menos.

          —  ¿Te imaginas?.. amar sin cuerpos.

          —  Estás muy chavita. La mariposa negra del pensamiento no anda contigo.

          —  Tú estás chico, ¿no?

          —  Sí, pero es distinto.

          —  Ah…

Afuera, la tristeza arrinconada de las putas crepusculares se vendía en silencio.

          —  ¿No te parece que somos como perros? —  dijo seco, el muchacho.

          —  Siempre tristes… con la mirada sucia de la desconfianza.

          —  Pero los perros no piensan.

La ciudad penetró a la alcoba en esquirlas de neón. Los perros, a lo lejos, sacudían su hastío correteando neumáticos.

          —  Estamos solos, siempre.

          —  Nos tenemos… es suficiente —  dijo la niña abriendo desmesuradamente los ojos.

          —  La felicidad es arrendada.

          —  Imagínate, reclinar el alma sobre la calavera del fantasma.

          —  ¿Del pasado?

          —  “Eit”… Quebrar la mirada del fantasma con las pupilas empedradas de odio.

          —  Para humillarlo, ¿lo escupirías?

          —  Sí. Le escupiría la flema crepuscular de mis ancestros. Derribaría, con el rencor encalado, el muro de mis muertos.

          —  ¿Qué les dirías?

          —  Mmm… junten sus sombras y sus oídos, empaquen harapos y coágulos, dejen la fiesta subyugante de los huesos, ¡maten al fantasma, desplómenle la risa, dilúyanle la estrella asequible de los dientes!

          —  Estás loco… hablas como los poetas que dejan el alma en el vómito.

          —  Fíjate, disfrutar la dicha despielada de hablar con los míos, de compartir el pan del odio…

          —  Defíneme a mí… así de raro.

          —  Niña atardecida que anida en las madrugadas preñadas de trenes noctámbulos; niña lunar envuelta en su frazada de niebla.

          —  En tu definición, ¿puedo llevar un gato lacio y negro?

          —  Niña del gato negro y lacio de la nostalgia.

          —  Nostalgia… ¿a qué olerá la nostalgia?

          —  A muertos y a zapatos viejos.

          —  “Eit”…

La noche caminó insomne sobre sombras de sueños y borrachos.

          —  ¿Cómo te imaginas en la muerte? —  preguntó ella con la voz antigua de los columpios.

          —  Con más amigos que un cantinero.

El muchacho se incorporó para buscar, entre las costillas de neón que nadaban en el cuarto, una cajetilla de cigarros. Fumó anhelante, ofreciendo a la luz la quijada simétrica.

          —  Amigos… con las sonrisas amplias de los jazzistas. Con el alma más ancha que la mano de un menesteroso.

          —  ¿Me quieres? — preguntó la niña estrujando la sábana.

          —  A veces.

          —  Cuando el silencio se derrama en gotas de tristeza, cuando se posa en tu cuello la región más apetecible de la ternura.

La muchacha buscó el aliento del adolescente con la devoción atemporal de los que quieren, sumergió las manos inquietas en el pecho de él.

          —  ¿Cómo dibujarías este momento? —  preguntó la adolescente.

El muchacho no contestó, sólo se incorporó para mirar la luna lloviznando la estancia. La noche no cesaba de quemar de luna todos los tejados. La ventana del hotel parecía más grande escurriendo luz. Los adolescentes flotaron sobre la charca lodosa de la cama para entender un poco a la oscuridad de sus cuerpos. Se mataron de a poco, sobre la alfombra de perros de la habitación.

 

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