Sábado de cuentos: Los juegos del gigante

El niño mató dos veces al mismo soldadito de plomo antes de tener que ocultarse detrás de una tapia al paso de los sicarios, pero sus pies eran demasiados grandes para pasar desapercibidos por el grupo de hombres de mala facha y peor destino.

Guardó los soldaditos en el bolsillo para hacer frente a los matones, que lo requerían con urgencia, y al erguirse del todo quedó a la altura del alto de ellos.

—¿Qué pasó, niñote? —preguntó un sujeto de frente amplia y mandíbula cuadrada.

—Ya despaché al “Diablo” —dijo el niño con las manos crispadas, como si le humearan.

—¡Ése es mi chavalo! —exclamó el mismo sicario arrojándole una bolsa de papel que el niño atrapó a la altura del pecho.

Los hombres se fueron al trote, desplegando el terror sobre las calles manchadas de pobreza y tristeza.

El niño se alumbró el rostro con el fajo de billetes que crepitaban en el fondo de la bolsa de papel, pero sólo tomó unos cuantos para comprar un camioncito de redilas y paquitas de alfalfa a escala.

Esta vez se apartó de la avenida grande del barrio y se refugió en el patio de tierra de la casa que compartía con su amante. Se tumbó sobre la tierra de la casa que compartía con su amante. Se tumbó sobre la tierra para abrirle una brecha a su juguete recién adquirido. La fascinación le hizo olvidar el dolor que provocan los soldaditos de plomo en el bolsillo diestro y las balas en el siniestro cuando se juega a pecho-tierra.

El chirriar de las llantas y la emoción de una persecución le hicieron olvidar la explosión del rostro del “Diablo” bajo carcajadas de metralla; y las paquitas de alfalfa volando por el baldío le hicieron soñar que todavía era un niño de 12 años.

El ritmo frenético del camioncito sólo fue detenido por el tacón de su mujer, que se encajó sobre el capacete de la unidad hasta extirparle lo que le quedaba de niñez.

—¡Otra vez jugando a los carritos, chingao! —gritó la mujer pateando el juguete.

—¡Pues soy un niño, jodida! —gritó el menor con su voz chillona.

—Un niño para lo que le conviene, pendejo.

El gigante se incorporó bruscamente al sentir la mano de su amante arrancando un mechón de su melena.

La mujer empequeñeció y se calmó cuando el niño puso su mano de adulto sobre su cuello. La furia se tornó en deseo cuando el niño la levantó por la cintura y la llevó hasta la alcoba por desmenuzarla entre jadeos.

La mujer estalló ante el vaivén enfurecido de su amante y se puso a retozar entre las sábanas que aún lloraban los sudores de ambos. El cuerpo sinuoso de la mujer se derramó, exhausto, sobre la cama, tornándose en una carretera peligrosa que el niño recorrió con audacia, montado en lo que quedó del camioncito con redilas y paquitas de paja.



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