Sábado de cuentos: El vuelo del diablo

El aleteo sobre el techo de la oficina del panteón desperdigó las cruces que esperaban muertos nuevos. El primero en verlo fue mi padre y por el color de papel cebolla de su cara pude saber que esta vez no se trataba de un aparecido cualquiera.

Apenas atravesamos el umbral de la puerta y las garras de sus patas le tiraron el sombrero de cazador a mi padre, que corría detrás de mí, y con el rabillo del ojo pude ver sus piernas musculosas e inmensas, de pavo bien criado, el pecho de macho cabrío y la cara de diablo de lotería.

De la prisa que inyecta el miedo se nos olvidó que teníamos troca y corrimos hasta que el pánico nos fundió los pulmones y nos paró el corazón. De a poco recuperé el aliento, el pulso y el color, pero a mi papá, ya muy acostumbrado a los aparecidos, le costó más tiempo asimilar el susto y le entró diabetes.

Las apariciones del diablo en el techo de la pequeña oficina del Panteón Municipal, tan cercano a nuestro barrio de la Colonia San Jorge, se hicieron más frecuentes después de que abundaron los muertos jóvenes, de esos que andan en la delincuencia y que otros malandrines matan por quinientos pesos.

De la primera aparición hace ya más de cinco años, justo el tiempo en el que empezó la guerra del Gobierno contra los narcos, esa batalla que no entendemos muy bien pero que a los sepultureros nos trajo mucho trabajo.

Desde que mamá se marchó, justo cuando yo tenía unos tres años de edad, mi padre se culpaba de todo, por lo que atribuyó los constantes aterrizajes del diablo sobre el tejaban de la oficina del panteón a su cotidiana costumbre de entablar más contacto con los difuntos que con los vivos.

Papá sabía que un día se lo iba a llevar el diablo, de manera literal, en cuerpo y alma; por lo que se obsesionó en prepararme para continuar en soledad esta terrible labor de enterrador, de padrote de  la muerte, de sastre y de cosmeatra de difuntos.

También pretendió inyectar su nostálgico rencor por una madre que ni recuerdo y su desprecio general por las mujeres. Y juntos aprendimos a esquivar el vuelo del diablo, corriendo en zigzag por entre las tumbas y lanzándole conjuros envueltos en rezos y saetas impregnadas en agua bendita que le rebotaban en el pecho enrojecido.

Pronto aprendí a la perfección el arte del formol, el manejo de las vísceras y el trato con los deudos; pero nunca dejé de buscar a mi madre en cuanta viuda joven pude abrazar, ni dejé de escarbar en busca del amor entre vivas y fantasmas.

El susto de enfrentar al chamuco fue reemplazado por el fastidio que nos provocaba escuchar los ritos y lamentos de los que habían sufrido martirio antes de ser ejecutados. De cuando en cuando esos muertos, para convencerlo de que en su estado actual sería inútil pedir clemencia como cuando estaban vivos.

Pero el muerto que derramó la tumba fue mi primo Lázaro, que salió de su cripta con la misma mirada de difunto que siempre tuvo en su corta vida de sicario, para seguir funesta labor de repartir fines con un zapapico que confundió con un rifle de asalto. El espectro color sepia en que se había convertido mi primo se echó a llorar cuando mi padre lo convenció de que, ahora sí, todo había acabado para él. Esa fue la primera ocasión de muchas, en las que mi padre regresó a un muerto a su mundo y luego vinieron otros espectros con tonos azulados, verdosos, blanquecinos, púrpura y hasta en blanco y negro. Otros muertos, los más bondadosos, supongo, eran de colores tan normales, que los llegamos a confundir con ladrones de tumbas y los matamos dos veces con la vieja escopeta del abuelo que nos heredó este triste oficio de sepultureros.

Uno de los espectros era tan real, que dudamos entre contratarlo como mecánico de cabecera o buscar su cuerpo real entre el altero de los accidentes automovilísticos de las últimas horas, sepultados entre tantos partes policíacos. El pobre mecánico llegó hasta la oficina con un volante Chevrolet en la mano derecha y con la angustia de no encontrar una grúa que le ayudara a sacar su camioneta de un barranco en Majalca del que, según él, había salido ileso. Pero ya a esas altura mi padre había afinado su vocación para detectar a la gente de otro mundo y, tras verse beneficiado con la reparación de la transmisión de nuestra destartalada troca, le pagó con la moneda de la verdad y lo conminó a regresar al limbo al que lo despeñó un descuido fatal.

Con esto pretendo explicar que hemos aprendido que muchos de los que mueren no se enteran del paso al otro mundo, porque las variables del más allá son tan inciertas como las del más acá. Pero otros sí tienen cabal conocimiento de sus situación; así lo demostró la aparición, sobre una inmaculada lápida del Panteón Uno, de una linda y joven mujer que me enamoró mientras me pedía el favor de que fuera a la casa de su madre, para convencerla de no llorarla mas, porque las lágrimas son como cadenas que le impiden a los muertos seguir su camino a la eternidad.

Dilaté lo más posible el hallazgo de la cada que me indicó la hermosa mujer, pero mi padre me advirtió de los peliros que representa navegar en una barca de amor entre la vida y la muerte.

Con la noticia horripilante que le llevé al antiguo domicilio de mi amor de ultratumba — quien, como dijeron las notas rojas, había muerto arrollada por un auto fantasma frente a la Catedral —, se acalló el llanto de una madre, se acabaron las apariciones y falleció también nuestra pasión, porque, como dice mi padre, también de aquél lado del mundo las relaciones suelen ser interesadas.

Además, mi padre, a quien siempre le ha sentado bien el oficio de enterrador, por su aspecto triste, también le sienta bien la labor de despellejar ilusiones, de acabar con los sueños propios y los de su hijo; prefiere sentarse a añorar que a perseguir a mi madre que se marchó hace mucho, para quitarse el olor a muerte de sus días con nosotros.

El soplo de vida que le quedó a mi padre tras la primera aparición de Satán comenzó a agotarse cuando un aparecido que sufría sonambulismo y que murió en el fondo de un precipicio al errar el camino de regreso a su cama, le vaticinó que pronto moriría.

El dato no inquietó a mi padre, que ya estaba cansado de embalsamar cuerpos, cavar hoyos y de extrañar a mi madre, de modo que trepó al techo de la oficina, se reclinó el sombrero de cazador y esperó el próximo vuelo del diablo.

 

 

 



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