Sábado de cuentos: Un simple botón, por Jorge Robles

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Un simple botón

—No oprimas ese botón.

Fue la única orden que recibió en su primer día de trabajo, no tocar ese botón. Un botón común y corriente, de un rojo estático, sin parpadeos, sin apagarse. Un simple botón rojo del tamaño de una naranja, justamente en la pared frente a ella. Ana sintió un poco de curiosidad, como si aquella orden fuera parte de una prueba más en su nuevo empleo, un acto de confianza y valoración. Veía ese botón como algo inquietante, cosa que al principio, pensó, era ridículo el siquiera querer apretarlo. Y ahora estaba ahí, llamándole y al mismo tiempo rechazándola. Un botón rojo que se le antojaba desmesurado, atrayente.
Volteó la mirada a la habitación en la que fue dispuesta. Un cuarto sencillo de un pulcro color blanco, al centro de este se hallaba el escritorio de Ana, una mesa simple de madera con orillas acabadas de lámina y un borde de un verde olivo, dos cajones y un tablero desacoplable para el teclado de la computadora. Sobre este escritorio se hallaba, justamente, una antigua computadora PC de caja blanca, un monitor de diecisiete pulgadas clásico, de esos con cinescopio, una bandeja llena de papeles y una lapicera.
Ana tamborileaba los dedos sobre el escritorio, no había órdenes de trabajo, no había postits con pedidos, ni siquiera transcripciones que hacer sobre la bandeja de papeles, solamente la orden que le había sido dada por la mañana “No oprimas ese botón”. Se rascaba el mentón, sacó una goma de mascar de su bolso y regresaba la mirada al botón. Era ridículo que le hubieran asignado esa tarea, pensaba mientras trataba de distraerse en otra cosa. Recordó cómo llegó a ese trabajo.

Habían pasado once meses, ya casi un año desde que la habían despedido de su antiguo empleo. Estaba desesperada, su madre estaba desesperada. Se sentía por momentos caer en un pozo depresivo, sentía que el espíritu del fracaso invadía su vida; después de tres maravillosos años todo se vino abajo, como una casa de naipes en la parte frontal de la casa, dispuesta ahí para que la primera ráfaga de viento la destruyera.
Su empleo era fenomenal: vendedora de autos en uno de los mejores centros de la ciudad, comisiones altísimas, un gran futuro en la empresa, salario por encima del promedio, prestaciones superiores a las de la ley, vacaciones tres veces por año. Era la mejor vendedora, la mejor promesa, hasta que su prometido decidió cancelar la boda. Esto trajo un leve desequilibrio en su vida personal y lamentablemente también en la laboral. Ana perdió su empleo a causa de un fallo emocional que terminó siendo descargado con un cliente, uno muy influyente. Por consiguiente su regreso a vivir en casa de su madre fue inevitable.

Cuando has vivido mucho tiempo sólo el recibir una visita o incluso ser la visita que piensa pasar meses enteros contigo en casa ajena se vuelve una carga emocional que no todas las personas están dispuestas a llevar, aunque fuera la madre de Ana o Ana misma. La situación en casa se transformaba cada día más en una lija para tallar madera sobre la piel irritada y con una cortada encima. Ana no lo toleraba y su madre, por mucho que la amara, sentía esa pesadez diaria de tener que lidiar con los problemas de su hija.

Once meses, casi doce, después de luchas incontables contra otros candidatos a promotores de ventas, recepcionistas en hoteles de lujo, en empresas de diferentes ramos, de diferentes puestos, encontró un anuncio en el periódico local, parecía un anuncio más de esos engañosos en donde terminas vendiendo artículos de catálogo casa por casa. Pero para como estaban las cosas en el hogar lo mejor era probar un poco de suerte, de todos modos, ¿qué es lo peor que podría pasar?

Ana detuvo sus recuerdos pensando en la necesidad de un cigarro, fumar uno la tranquilizaría de esa sensación, de esa ansiedad por tocar el botón. Sacó su celular del bolso, comenzó a navegar por Facebook pero pronto descubrió que había sido una mala idea al toparse con una publicación de su ex en una playa con una chica de piel bronceada. Ana cerró el celular y lo devolvió con ira al bolso. Ahora rogaba interiormente por conseguir ese cigarro. Comenzó a morderse los labios, su corazón se había acelerado al doble, la chica, pensó, era hermosa, piel bronceada por el sol, la playa, el mar. Ana dirigió su mirada a su brazo, claro, blanco como el marfil, después el reflejo que le devolvía la computadora era el de una chica pálida con pecas en el rostro, aun hermosa pero con un dejo de amargura. Ana bajó la mirada nuevamente y reprimió el llanto lo mejor que pudo. “Soy más fuerte” se decía, “puedo con esto” sacó una pluma y tomó una de las hojas de la bandeja y escribió: “He de convertirme en la tormenta” y recordó uno de los exámenes para la evaluación de ese actual trabajo.

—Piensen en uno de sus sueños profesionales y por favor anótenlo en la hoja que les acabamos de dar.

El hombre que le puso el examen esa mañana se veía relajado, amigable y atento. Era el clásico hombre que tenía muy bien estudiada su rutina de aplicación de exámenes. Ana pensó que la orden para escribir uno de sus sueños profesionales era un poco fuera de lo habitual en las entrevistas, aun así decidió seguir adelante y escribir algunas de sus ambiciones. Se podría decir que era el común denominador en cualquier persona; aumento de sueldo según aptitudes y tiempo, prestaciones de acuerdo a la ley, casa propia, auto propio, etc. Sin embargo cerró con la frase “He de convertirme en la tormenta” ni siquiera supo porqué lo hizo, sólo lo hizo y esperó, de cierto modo, que no la llamaran tampoco para ese trabajo. Una semana después estaba sentada frente a la directora de recursos humanos, llenando un contrato y un seguro de vida, cerrando, con esto, su mala racha de casi un año desempleada.

Llegando a su escritorio lo único que le dijeron fue que el trabajo llegaría eventualmente pero sobre todo, lo más importante, era no tocar ese botón, “recuérdelo bien, no oprima ese botón” fueron las palabras precisas de la directora de recursos humanos.

Han pasado más de cuatro horas desde esa frase, Ana se comenzaba a sentir desesperada, a preguntarse demasiadas cosas sobre el botón, sobre ese trabajo, sobre las decisiones hechas durante ese último año. Se levantó, como atraída por el rojo intenso del interruptor en la pared pero cambió dirección y terminó sirviéndose un vaso de agua. El líquido fresco le cayó por la garganta seca como un diluvio milagroso. Haciéndola olvidar por un momento de cualquier preocupación. Hasta que ese condenado botón rojo comenzó a parpadear. Se acercó hasta estar a unos centímetros y este empezó a parpadear más rápido. Al verlo actuar así se sobresaltó y dio un respingo que la hizo trastabillar hacia atrás, por poca cae de bruces pero logró reponerse a tiempo, a una distancia prudente el botón parpadeó lento. Vio su reloj, marcaba la una cuarenta, en veinte minutos saldría y su turno habría terminado, pero ese condenado botón…
Se terminó el agua, dio media vuelta para dirigirse a su asiento, cuando de pronto y sin que ella misma conscientemente lo deseara giró sobre sus talones, levantó el brazo y con el mayor de sus impulsos apretó el botón.

No pasó nada. Salvo por el hecho de que el color rojo intenso del botón desapareció para dejar un vacío gris en él. Ana sonrió nerviosa, si eso fue una prueba obviamente había fallado. Caminó un tanto decepcionada hacia su lugar y al querer tomar la hoja sobre su escritorio se dio cuenta de que su brazo tenía unas extrañas marcas sobre la piel, líneas que se estaban trazando sobre su pálida superficie, fue entonces que su cuerpo comenzó a llenarse de las mismas, luego, como un cubo Rubik, su piel se segmentó, pequeños cubos comenzaron a desfragmentarse y moverse, quiso gritar pero no lo logró, quiso verse a sí misma pero ya era tarde, la mayor parte de su cuerpo, de su ser, se desintegró en el aire, dejando solamente una ligera mota de polvo en el cuarto.

—Rápido, dime, ¿es este el tercer o cuarto salto que das?
Despertó gritando, abrumada, le dolía horriblemente la cabeza, escuchó la voz y le dirigió la mirada confundida, estaba en un viejo y sucio callejón, rodeada de cajas de cartón, bolsas de plástico y botellas de alcohol barato.
—¿Qué? —le preguntó a la voz.
—Es el problema con el botón…. No sabes a donde te enviará
—El botón… —dijo como si recordara un viejo sueño o una pesadilla.
El hombre que le hablaba vestía harapos y remanentes de una bata blanca, tenía en el bolsillo dos plumas y una más sobre la oreja, movía las manos de forma rara e intermitente. Ana vio su mano nuevamente, sólo que ahora era vieja, tosca y varonil. Se llevó ambas manos al rostro y comenzó a explorarlo.
—Oh, no —dijo—. Dios, no.
—Debes estar listo amigo… —le dijo el hombre de los harapos al otro lado del callejón— Esto aún no termina y la verdad es que no sabemos cuándo lo haga. Ni en donde, ni quién seas en el próximo salto. De verdad lo sentimos.
—¿Qué es lo que está…
Ana no consiguió terminar la pregunta, un nuevo dolor la azotó mostrándole las marcas que ya había visto anteriormente, desfragmentándola como un rompecabezas cúbico. Se alcanzó a escuchar un grito que fue rápidamente silenciado por otro de esos “saltos”.
El hombre levantó una pequeña botella de mezcal y le dio un trago como si de agua se tratara, la cerró, se encaramó a su casa de cartón improvisada y soltó una disculpa que se perdió en la oscuridad de sus pensamientos.
—De verdad lo sentimos… los saltos… son inestables… no debimos construirlo.

Y así el hombre durmió y soñó con otros días mejores a estos.
En otros tiempos en donde la idea había ocurrido como una formula simple y un simple botón rojo.

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