Tertulias en el IMSS

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10:00 am, Oficina de la subdelegación No. 2 del IMSS

El motivo de la visita:
Cambiar el representante legal en la tarjeta patronal de la empresa
 
—¡Ah, mire! suba las escaleras del lado derecho, y ahí  en el primer escritorio, o pregunte a quien se encuentre usted de ese mismo lado y le darán todos los informes y los requisitos para hacer el trámite que requiere.
—¡Gracias, oficial!— y subo, contando todos los escalones que tienen chicles y todos los que tienen basura pegados a la escalera diminuta para ascender al primer piso, y a todos.
Llegando al escritorio, interrumpo el sorbo maravilloso y antojable  que  daba la secretaria a su atractivo y reconfortante atole:
—¡Buenos días, señorita! me mandaron a este lugar para realizar este trámite— Ella se atraganta y sonríe —¡Perdóneme, es que estamos desayunando! ¡qué pena!, me agarró con la boca  llena. Sí, aquí es, necesita traer los siguientes papeles, mire, le imprimo los requisitos y cuando traiga todo le realizamos el trámite.
Luego se levanta la mujer a buscar unas hojas para poder imprimir porque parece que alguien le tomó las de máquina que ella tenía en su lugar. Mientras la espero percibo un olor irreconocible a guisado, a papas y a salsa, me saliva la lengua y me ruge el ombligo, de pronto me parece que estoy en una cafetería. Observo a mis lados y donde deberían de estar papeles y encargos, están platos de unicel, gorditas y cafés; las computadoras que deberían estar prendidas están negras de la pantalla y son más bien pisapapeles. Todo el personal usa su celular en la mano, en vez de traer plumas y carpetas con los expedientes de los mexicanos. Entonces alcanzo a escuchar un griterío y un bullicio a la distancia, pienso, inocente, que los jefes burócratas seguramente discuten la mejora del sistema o están regañando a un empleado por no estar haciendo su trabajo o por perder unos papeles importantes o por ignorar a algún familiar cuyo pariente necesita ayuda inmediata. Chismeo al respecto y noto al burócrata, escondido detrás de el escritorio más lejano.
—¡A ti te tocaban los chilaquiles, no a ella! Ahora, para que se te quite, tu traerás los tacos de la tarde— Me doy cuenta que son ellos los orquestadores de las tertulias y entonces bajo el rostro por la decepción.
El trámite es largo, como siempre, esperar es aburrido, como siempre, y pierdo el tiempo más preciado de mi martes. Me encantaría decir que el burocratismo en nuestro país es acelerado, que por ello nadie ha perdido oportunidades, que es culpa del gobierno que las personas sean rechazadas de recibir servicio médico en lugares del estado. Pero no lo digo, porque puedo ver que los empleados se toman su trabajo a la ligera, y los encargados y sus jefes. Mejor dicho, los empleados y sus encargados y sus jefes, se toman la salud del país a la ligera.
No estamos hablando de señores en traje y corbata de seda, que llegan en Rolls Royce o en Ferraris o en Audis; sino empleados, mexicanos que por trabajar ahí reciben beneficios y por ello, creo yo, no les apura el papeleo de los demás. Mexicanos que cuando van a otra institución, al Ministerio Público o a SEGOB, por ejemplo, se quejan y arman querella en el lugar porque los trámites no son rápidos y porque no hacen bien su trabajo y porque ahí se la pasan rascándose la panza todo el día, luego gritan y patalean porque asaltaron a sus primas o porque la colonia en la que viven lleva una semana sin luz. Ahí pareciera que entonces sí hay que hacer las cosas apresurados y sin tomarse el tiempo para chilaquiles en salsa verde, gorditas, tamales y celulares.
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