Por culpa de las obligaciones sociales; del trabajo, de la escuela, de las pesadas rutinas, del tráfico, del clima y de todo lo que nos rodea resulta ingenuo e insulso creer que los sueños se pueden cumplir.

Pensar en ser escritor o pintor o músico o escultor es, para muchos sectores de la sociedad, un real acercamiento al suicidio. Muy pocas personas, por su talento, por sus relaciones o por una situación económica favorable, son capaces de dedicarse al cien por ciento al arte. Creer que se puede vivir en una ciudad de ensueño para caminar bajo la lluvia, para disfrutar de un café a media tarde, para leer y escribir en cualquier rincón, para escuchar jazz en una clásica taberna y tomar una copa de un buen vino a la hora del almuerzo es, con toda justificación, una aspiración que sólo podría tener alguien con una economía boyante y despreocupada.

Gil Pender es un exitoso guionista de Hollywood que vive atrapado en una vida aburguesada y distante de lo que dictan sus sueños. Su prometida y sus suegros, son sólo una piedra rasposa y espinosa en el zapato que mella cualquier iniciativa para que intente ser feliz. Vivir en una relación de pareja, engañado por un supuesto amor que reprime, inhibe y desecha todo aquello que va en contra de los intereses de uno de los integrantes, es un fenómeno recurrente y común. Pender, durante el recorrido de la película, se va dando cuenta de qué es lo que quiere y de cómo su vida amasada y moldeada como lo dicta el sueño americano es sólo una farsa.

Woody Allen, director norteamericano que, paradójicamente, es más valorado fuera de su país, construyó un guión redondo. El financiamiento de la película tuvo que ver con mostrar a una París bella, atractiva y paralizante. Gran parte del presupuesto lo consiguió a partir de la promoción de esa ciudad. De hecho, utilizó el mismo método que con “Vicky Cristina Barcelona” y, años después, con “Desde Roma con amor”.

Volviendo al guión, la historia remarca a un Gil reflexivo, nostálgico y amante de la París de los años 20, época en donde se vivía una oleada artística que dejó marcada a la historia del siglo pasado.

Picasso, Dalí, Hemingway,  Scott Fitzgerald, Buñuel, Cole Porter, Gertrude Stein entre otros, aparecen en la película en diversos viajes que Gil emprende después de las campanadas de la media noche.

Ridículo o no, este fenómeno y este viaje por el tiempo es una reflexión de cómo uno no puede olvidar dónde vive. De cómo una realidad poco grata es capaz de transformarse con tal de que todo sea diferente.

Woody Allen hace una reflexión que alimenta la frase de “vida sólo hay una”, recuerda que en las relaciones de pareja, resulta necesario tener algunas coincidencias para que los sueños no se vean truncados.

En este Domingo Palomero nuestra opción, por si no la han visto, es Media Noche en París, una comedia romántica que pone sobre la mesa un tema muy interesante:  conseguir la felicidad a través de los sueños, no del dinero.

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