Portada Reportaje
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A pesar de que Leonardo DiCaprio haya prestado alguna vez su rostro y su talento a Critters 3, en 1991, uno podría decir que de la mayoría de sus películas casi todas terminan impresionando a su audiencia. No sé si Leo ha tenido la suerte de saber escoger sus dramas o es, más bien, su enorme agudeza para el arte de actuar lo que enardece el porcentaje de popularidad de sus películas. Pero sea como sea toda su vida ha sido una estrella inalcanzable y atractiva.

En The Beach, Leonardo nos presenta a Richard, un bisoño viajero gringo del año dos mil que se anda por Tailandia al inicio de la cinta. Richard, joven escuálido y aventurero, se ve como un tal que se avienta al mundo en busca de resanar la pesadilla que puede ser el mundo actual atiborrado de deberes, de responsabilidades y de pautas sociales. Y aunque suena a que el pipiolo personaje de Leonardo DiCaprio bien podría encajar en el mundo millenial de ahora, éste más bien se ha dejado de quejar y ha comenzado a viajar, embelesándose por un mundo que podría tener a los pies. 

Tailandia se describe como un laberinto aguerrido de experiencias viscerales, un ecosistema desmoralizado y embadurnado de límpidas necesidades humanas. Richard, acostumbrado a la vida instantánea, no se ve sorprendido por los constantes ofrecimientos carnales, hasta que un hombre curiosamente le ofrece el raro placer de un shot de sangre de víbora. «¿Sangre de víbora?», piensa Richard, y sin entusiasmo acepta el reto del comerciante. Toma la sangre y sin más se aleja a su cuarto de hotel en Bangkok. 

Menciono la sangre de víbora aunque en la película sea irrelevante porque supongo el mensaje que The Beach quiere proponer: que Richard es un joven con nada más qué ver en la vida, perspectiva peligrosa de la existencia porque sólo así es que un sujeto podría aceptar el embarco que pronto le ofrecerán al protagonista.

Decía que vuelve al hotel, Richard, a un cuarto vomitable, con paredes lastimadas, cucarachas en casa y fluidos de decoración; ahí es que se topa a otros dos viajeros, una francesa hermosísima y su novio, también francés y también hermosísimo: Francoise y Étienne, respectivamente. Richard se encandila de Francoise al verla entrar al cuarto contiguo al suyo, la francesa lo observa igual, ahí fue que quiso hablarle pero al instante llegó el novio y los europeos avanzaron a su dormitorio. El estadounidense entró defraudado a su habitación y se aventó en el tálamo a dormitar. 

Entonces llega el clímax de la historia, llamado Daffy y estelarizado por Robert Carlyle. Daffy es un drogadicto y un problemático y, definitivamente, un trastornado, que se asoma por la ventilación de su cuarto y hacia la estancia de Richard. Daffy le ofrece mariguana al joven y luego le ofrece un mapa, explicándole que había habitado el paraíso: una isla cerca de las costas de Phuket, le dice que la vida ahí es incalculable y que desborda de increíble. Richard, dudoso de la credibilidad de Daffy, vuelve a soñar, hasta que despierta y entusiasmado recurre otra vez a su vecino demente en busca de respuestas. Aquel perturbado yacía muerto al lado de su cama, bañado en su propia linfa y cortado de las venas del antebrazo.

Richard salió del dormitorio de Daffy, y caminó ansioso hacia el de los franceses. Les tocó la puerta y en pocas explicaciones les invitó  a la aventura de sus vidas. Ellos aceptaron y los tres se encarrilaron al paraíso…

Admirar a The Beach es no nada más admirar al siempre carismático Leonardo DiCaprio, sino también a la historia trascendente que dirige Danny Boyle hace diecisiete años. Una obra especial para cuestionarse sobre las ambigüedades de los pensamientos utópicos.

Bonito Domingo Palomero a todos.

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