Hace unas semanas noté que en la cartelera de Cinepolis estaba una película titulada “Voraz”, el nombre, en primera instancia, remitió a mi imaginación a alguna escena carnicera de una desafortunada producción del cine de horror hollywoodense. Aún así, por la imagen de portada que despertó en mis entrañas un apetito de morbo inusual, decidí ver el tráiler de la película.

Así, me di cuenta que en realidad era francesa, con esto no quiero decir que con que sea de aquellos lares la producción ya merezca mi atención, sino que el prejuicio que construí se había derrumbado.

Por primera vez en mucho tiempo quería ir al cine, pero para mi infortunio, la película duró en cartelera lo que un encuentro sexual para un par de vírgenes.

De pronto, la idea de verla se esfumó de mi perímetro de prioridades hasta que, motivado por un ocio desbordante, me percaté que Voraz ya estaba anidada en Netflix.

Es posible que le esté dando a esta película más importancia de lo que merece, pero para mí fue un grato encuentro con la naturaleza humana, con sus impulsos más arcaicos y rudimentarios y con el claro mensaje de que la represión te lleva a cometer actos atroces e inimaginables que aturden de placer.

Cuando relacionamos al cine con el canibalismo inmediatamente pensamos en el magnífico doctor Hannibal Lecter que, interpretado mágicamente por Anthony Hopkins en el cine y por Mads Mikkelsen en la televisión, dejaron un legado inolvidable para la historia del terror y del suspenso.

Aquí, con voraz, sucede algo muy diferente. Justine, una joven vegetariana por costumbre familiar, ingresa a una hostil escuela de veterinaria. Ella, desde el primer momento, es presentada como una persona tímida, introvertida, inteligente y antipática. Su hermana, también alumna de la misma escuela pero en un grado superior, es una persona abrazada a la fiesta, al sexo y a la popularidad que sólo se alcanza si se está dispuesto a hacer cualquier cosa para encajar en un círculo.

Como parte de una serie de novatadas, los alumnos de nuevo ingreso son víctimas de incontables tropelías que ponen en duda hasta su permanencia en la escuela, una de estas pruebas es la de comer un riñón crudo de conejo. Todos, sin excepción, deben saborear y masticar esta gelatinosa víscera. Justine, más a fuerza que por ganas, lo come con ayuda de su hermana y, a partir de ahí, una serie de circunstancias detonan en ella un antojo casi chicharronero por la carnita humana.

No sé si pueda definir esta película como de terror o como un gore suave y amistoso, pero definitivamente en algunas escenas comencé a sentir una comezón embriagante, como si un ejército de hormigas estuvieran penetrando mi epidermis.

La relación que existe entre la represión y el destape casi alucinante y meritorio de psiquiátrico, me hace ver que todas las personas tenemos nuestras perversiones, y que sólo depende de nosotros darles entrada y el volante de nuestras vísceras o apagarlas y enterrarlas con la vocación de un panteonero.

Voraz es una película sólo para el público de estómago rudo, para personas que no les importaría ver a un individuo degustando con placer y soltura un dedo como si se tratara de una brocheta. También la línea narrativa, la música y la fotografía, cooperan para recrear un escenario tenso y hostil para el espectador.

Recuerden, la película la pueden encontrar en Netflix. Ahora no puedo asegurarles que no se van a arrepentir, pero sí puedo afirmar que, al menos, alguna sensación los va a inundar durante y después de la película.

 

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