Tereza y Tomás se mudan de Praga a Ginebra por el ambiente militar que ha desembocado en la Checoslovaquia de los sesentas. Tanques ahondan la ciudad y los esposos viajan a Suiza; donde ya estaba Sabina, la artista plástica y pintora, amiga de los dos esposos y siempre amante de Tomás. Tereza, talentosa fotógrafa desde su vida en Praga, busca trabajo en los medios locales, quienes fastidian a la artista por enfrascarse en temas burdos, kitsches, eso es: los desnudos. Sin otra solución, Tereza acude a Sabina, quien siendo una artista liberal no dudaría en desvestirse frente a su cámara praktica. Lo que nos lleva a la escena de arriba: Tereza retratando a la amante de su esposo, envuelta en algunas lágrimas pero sin dejar de fotografiarle el cuerpo desnudo a Sabina recargada en la ventana. 

The unbearable lightess of being, como sería el título original (de la película), hace honor a la cuestión filosófica que plantea Milán Kundera en el libro que dio origen al filme. Plantea el trasfondo político de Checoslovaquia en 1968, en una de las ciudades más importantes del país: Praga. Un contexto social que exitosamente nos presenta Tomás a lo largo de su rutina diaria de cirujano y amante.  

Las opiniones de Tomás respecto a las eventualidades políticas de aquella época en Praga van de atrás para adelante en la importancia de la trama. Y es así porque nuestro personaje principal, un cirujano que no tendría por qué darle su crítica al sistema, está envuelto en una levedad de ser que luego Tereza resaltaría: “Te lo tomas todo tan ligero, a mí me pesa mucho”, algo así le diría cuando el cabello de su esposo le huele a “sexo de otra mujer”.  

Y es que así eran Tomás y Sabina, la amante más importante del cirujano. Así eran, “sencillos”, viviendo sin darle mucho peso a los asuntos que quizá alguien más consideraría significativos: como el amor y como la política. Por eso Sabina resulta ser la amante que cierra la obra, porque aunque Tomás terminó plácido con Tereza. Fue la pintora del sombrero la que siempre entendió las asperezas y tersuras del hombre. Esa mujer conocía a Tomás como nadie, porque eran afines, equivalentes entre ellos. Basta ver las escenas entre ellos dos, imágenes en silencio, miradas que son conversaciones telepáticas, y luego el sexo, magnífico seguramente, pero que proyectaba sin duda una conexión irrompible.  

Aún con la presencia de una mujer como Sabina, es interesante cómo Tomás no trastabilla en volver a Tereza, y a Karenin, la perra que adoptaron juntos. Porque a pesar de que nunca vemos a Tomás infeliz, propiamente, verlo seguir a Tereza a donde ella quisiera ir era ver al hombre sin compromisos haber encontrado en esa pequeña familia una isla de comodidad, un peso al parecer tan grande como para dejar a un lado la insoportabilidad de ser. 

La insoportable levedad del ser sabe a vida, pienso, a realidad, en el sentido de la existencia y de las relaciones. Porque vemos varios amoríos que residen fuera de los lugares comunes que luego estropean las historias de amor; y vemos, además, una cuestión política que recibe sus fuertes críticas. 

El filme tiene un cierre feliz, más o menos, feliz para uno sí, porque queda, por un lado, complacido con las resoluciones que todos los personajes abordan y, por el otro, con la sensación de haberse perdido detalles importantes, imágenes clave que seguramente describían de una u otra manera el postulado de Kundera sobre la existencia, la libertad, el alma, el cuerpo y la política.

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