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Red es Cultura

Crónica de un fandango jarocho

El fandango jarocho es, específicamente, la festividad veracruzana con orígenes españoles que se celebra en varios estados de la república mexicana, especialmente en las áreas centrales del país. La idea es celebrar la noche, celebrar la comida, la diversión, la cultura y el baile. Un fandango dura toda una velada y debajo de las estrellas y al rededor de la oscuridad es que se rompen muchas cuerdas de guitarra, de harana y de requintos, también se gritan hermosamente muchos cánticos paisanos que llegan al alma y que llegan desde la punta del índice hasta el dedo gordo del pie porque uno no evita moverse entretenido.

He vivido algunos fandangos desde que resido en la Ciudad de México, y como inocente e inmaculado en las costumbres alejadas de Torreón, me encontraba sorprendido ante la majestuosidad de la tradición y la espontaneidad del acontecimiento. Las fiestas en las que he participado como espectador me asombran y me dejan admirado por cómo todo surge y cómo todo fluye como si el mismo evento estuviera escrito en una pauta musical y surgiera con algoritmos rítmicos y bellos. Incluso podría decir que el fandango por sí solo posee un arte enteramente explicado por la naturaleza, está construido en fundamentos que sus participantes conocen de alguna manera y lo honran cada vez.

Cuando llego yo, como invitado analfabeta de toda rutina veracruzana, intento ser aquel que sólo busca respetar y conocer una nueva cultura y ellos me aceptan como aceptan cariñosamente a cualquier otro.

El inicio surge, primero, como cualquier organización de una fiesta norteña común y corriente. Donde se almacena la cerveza en una hielera y donde se preparan los alimentos a disfrutar. Ambas cosas se ofrecen a los invitados y se les permite la libertad de tomar cuanto quieran por ser invitados. En ésta fiesta, las sillas de los espectadores se acomodan a unos dos metros del escenario definido por unas cuantas tarimas de madera, cuya utilidad mencionaré adelante. Con todo acomodado, llega luego el mezcal y el aguardiente y el pulque y es entonces cuando los artistas, casualmente, comienzan a presentarse en el lugar, como si hubieran detectado el alcohol a lo lejos.

Llegan los músicos y se dan sus toques de cigarro, de mezcal y de pulque antes de empezar a afinar sus instrumentos. Ya para comenzar el espectáculo, se acomodan al rededor de las tablas en el suelo que a éste punto todavía son sólo tablas en el suelo. Los guitarristas tocan un son corto, luego otro, con tal de ensayar un poco antes de rifarse mas tarde con su talento. Al cabo de unas tantas afinaciones están listos e inauguran el fandango con un conjunto armónico de guitarra que varía entre sonidos agudos y graves y que me dicen, se llama el Siquisiri. Los músicos son como siete u ocho y cada quien se sabe su parte como si lo hubieran hecho miles de veces. De pronto, dos de las mujeres que parecen sólo invitadas, como yo,  se acercan a las tarimas acomodadas en el suelo, colocan sus zapatillas de tacón corto al centro y empiezan a tamborear la madera al ritmo de las guitarras con sus hábiles movimientos de pies, de chamorro y de piernas. Mueven las caderas y los ritmos y el viento mientras yo observo sus rostros concentrados en los pasos, fue ahí que me doy cuenta que la coreografía es más que sólo apalear la tabla.

Las percusiones originadas de los tacones bailarines me aterrizan al oído y me hacen sentirme absurdo por creer que la madera esa en el centro era sólo madera, resulta que ahora son un instrumento que embellece las notas musicales. Por si no fuera ya increíble y por si los movimientos de guitarra no fueran ya impresionantes, uno del público empieza a cantar de la nada y los demás le siguen, fue así, igual a como entraron las mujeres a bailar, algo espontáneo porque los cánticos venían de parte de aquellos que también pensé eran civiles, como yo. Las bailarinas sobre la tarima se cansaron de pronto y otras dos del público se acercaron a pedirles permiso para entrar, sin decirse nada cambiaron los lugares sin arruinar el ritmo y un nuevo par de tacones endulzó la armonía del son.

Uno de novato, quiere azotar el suelo como pretendiendo que es fácil, pero los zapateados vulgares de éste norteño sólo desalientan la melodía e insultan la belleza. Por eso me detengo, pero a mi lado alguien me toca el hombro y me dice que no le frene a mis intentos, que de eso se trata, de bailar. Y entonces me enseña el paso que sigue el ritmo a la frase «café con pan», café con pan mira, me dice, moviendo los pies al compás de las sílabas ca-fé-con-pan. Yo, por supuesto, no comprendo de qué me está hablando y muevo los pies así sin simetría: caf-econ-pa-n, c-afec-on-pa-n, c-a-a-a-fé-con-pa-a-an; me doy cuenta que mi zapateo no tiene sentido alguno y mejor me detengo para volver a admirar a los que sí saben.

Bailan y tocan y cantan y cantan y bailan y tocan por una media hora o cuarenta minutos seguidos. Tocan El Tilingo Lingo y tocan La Bamba y La Guacamaya y El Chuchumbé y El Torito Jarocho y Como Buen Gavilán. Cantan lo que se dice que son versadas, o sea como el conjunto de versos que canta uno y que repite el otro y que luego inventa otro. Pasó la noche y entonces versearon a las diez y luego versearon a la una y versearon a las cinco de la mañana, versearon hasta que salió el sol y se dieron cuenta que la mañana ya no era para versear. Para entonces los pies de las zapateadoras y las manos de los guitarristas ya pidieron un poquito de pomada y es cuando se detuvieron todos  y agradecieron  a la cultura por haber inventado el son jarocho, las guitarras, el pulque, el mezcal, Veracruz y los fandangos.

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