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Cuando los muertos regresan

Somos mortales porque estamos hechos de tiempo y de historia. Pero hay salidas instantáneas a través de la cultura, que es un acto poético, que disuelve el tiempo, para escapar de la historia y de la muerte.- Octavio Paz.

Desde la época prehispánica en México el culto a la muerte representa un papel muy importante en nuestro país. Cuando los españoles llegan traen consigo la religión católica. Al mezclar ambas culturas surge la tradición del 1 y 2 de noviembre; día de todos los santos y día de muertos respectivamente.

A lo largo del país el día de muertos se conmemora de diversas formas reglamentadas por unas normas básicas: Rendir tributo a las personas que ya no están en este plano, colocar en un altar ofrendas para el espíritu del difunto. Tradición especial para aquellos que nos rehusamos a olvidar a aquellos que se nos adelantaron.

En lo particular esta fecha me ha fascinado desde niño. La elaboración de altares en las diferentes escuelas a las que asistí me contagiaban de espíritu mexicano, si es que existe algún espíritu así como el navideño.  En general la fecha me gustaba, ahora me ha cautivado más y enamorado de mi México querido, la razón, visitar poblados de Michoacán en esta fecha tan importante para esa región.

Tal vez al vivir en un estado norteño y tener tanta influencia  americana, o simplemente porque nos gusta el desmadre, «celebramos» Halloween con tanto ímpetu que dejamos de lado nuestras tradiciones y solo las vemos como una actividad más para las escuelas.

Yo no soy de esos que odian la noche de brujas por no ser algo mexicano o porque «es del diablo», simplemente me gustan ambos.  Uno es la excusa perfecta para parrandear y el otro el motivo ideal para honrar a todas esas personas importantes que marcaron nuestra vida.

En este año, hace unas semanas, andaba por el estado del aguacate y coincidió de forma especial con la conmemoración del dos de noviembre, día de muertos.

El recorrido inició en la noche, a eso de las 10 pm. Salí, junto a un grupo de curiosos desde Pátzcuaro, rumbo a un poblado vecino… Esperaba que fuera Janitzio, lugar emblemático en ese día. No fue así, querer ir a Janitzio la noche del dos de noviembre es un acto heroico, no por miedo a los espíritus que descienden y se aparecen sino por el tumulto de turistas que buscan ver con sus propios ojos, y cámaras, celulares, tablets, un espectáculo ancestral.

En su lugar llegamos a Tzintzunzán, capital del imperio purépecha, donde puedes encontrar zonas arqueológicas en caso de ir en cualquier otro día. Nosotros nos enfocamos en ir directo al panteón.

Vaya sorpresa me lleve al ver la cantidad de personas que se reunieron ahí para poder ver lo mismo que yo. Las personas que viven ahí no pueden dejar pasar la visita de tantas personas y no buscar emprender para sacar unos cuantos pesos extras. Desde $5 el uso de baño, hasta café de olla de a $10 el vaso. Restaurantes y puestos ambulantes de comida mexicana. Venta de artesanías, venta de mercancía made in china… Venta de todo. Elementos de seguridad, cruz roja, protección civil… y aún no llegábamos al panteón. Luego de caminar unos 100 metros de donde nos dejó el camión, mis oídos alcanzaron a retumbaron al rugir de un mariachi que entonaba alegremente canciones que un viudo dedica a la madre de sus hijos. Esa era la señal, habíamos llegado.

Con extremo cuidado de no pisar los altares, las tumbas decoradas o personas recostadas en la fría tierra exhaustas de un día ajetreado, me dispuse a contemplar esa explosión de sensaciones que se apoderaba de mi.

Mis sentidos se vieron envueltos, el olor a cempasúchil, el sabor de café de olla, la música bien entonada, el frío calándome en todo el cuerpo y la belleza de algunos altares se apoderaba de mis ojos.

Cada tumba me arrancaba suspiros, me quedaba parado, estorbado en la fotografía de alguno que otro turista, contemplando aquellas majestuosidades.

No podía dejar de observar, y quizá eso fue lo que me permitió divisar en una de las tumbas el nombre de la persona; mismo que ahora no recuerdo, porque lo que más me sorprendió fue su fecha de nacimiento: 1992. Mismo año que nace un servidor, nada sorprendente hasta el momento, fecha de defunción: 2015. Murió de 23 años y no hacía ni un año de su partida. Un hueco en mi pecho apreció, la idea de que esa tumba podría ser la mía me hizo entender algo que mi enajenación turística no me permitía ver. Estaba parado frente a una tumba de un joven de mi edad que el destino trunco todas sus metas, sueños, aspiraciones… En ese momento deje de ser un turista y me empecé a imaginar que yo era el espíritu de algún difunto que esa noche bajaba a visitar a sus familiares. Las miradas indiferentes de todas las personas que estaban ahí, sacándose fotos frente a los altares y tumbas, me hicieron sentir invisible.

Es ahí, cuando me doy cuenta, que entre los smartphones, tablets, cámaras y ojos curiosos están fijos, casi inmóviles, todos los familiares de aquellos que yacen bajo tierra. Sus rostros inexpresivos me invitaron a ponerme en sus zapatos…

Que falta de respeto de nuestra parte comportarnos como niños, o peor que niños, y no respetar una tradición que es cuestión de honor y tributo. Turistas bebiendo, cantando con el mariachi, tomando fotos sin siquiera fijarse en el nombre o en decir «buenas noches» a la familia que está ahí.

Este artículo está quedando algo largo, así que me despido. Solo recomendando ampliamente la visita a Michoacán en estás fechas, no solo Janitzio, hay diferentes pueblos que se visten de cempasúchil para recibir a sus difuntos.

Si van, les suplico ¡RESPETO y PRUDENCIA!

 

 

 

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