Hay libros que desde su brevedad exponen un mundo infinito de imágenes y sensaciones que carcomen el alma y uno de ellos, sin duda, es El Apando.

José Revueltas siempre fue un artista que defendió con aguerrida franqueza todo lo que él pensaba. Sus ideales iban más allá de cualquier estándar moral y social. Su prosa imaginativa y cínica y cruda formulaba una especie de caleidoscopio que coloreaba imágenes distantes entre ellas. La violencia con la que narra esta novela remonta al lector a un paraje sombrío y nauseabundo; un paraje llamado Lecumberri.

El Palacio negro era utilizado, entre otras cosas, para encarcelar a todas aquellas mentes inquietas que, con su arte, promovían ideas que estaban fuera de norma. Revueltas, Arreola, Agustín, Siqueiros y una infinidad de creadores y líderes de opinión fueron confinados a la pocilga que trataba de ahogar el pensamiento crítico e inquieto y que, como por acto circense, la vuelta ciento ochenta grados era casi instantánea y dentro de esas paredes nacían ideas brillantes que trascendieron a través de la historia.

Las drogas, el lenguaje, las vivencias, el apando y toda la narración en general te envuelve y te lleva a devorar la novela en un par de horas. Su intensa manera de abordar cada una de las situaciones corroe cualquier atisbo de distracción. El recuerdo de aquella cárcel que hoy es sede del Archivo General de la Nación está intacto. La represión de la que fueron víctimas muchos pensadores mexicanos fue brutal. De pronto, lo que de raíz iba a ser un reclusorio para maleantes y criminales de alto calibre, terminó siendo a la par un nido de talento y creatividad e inquietud por inventar, narrar, construir y generar un mejor presente.

Revueltas fue un duranguense que brilló por su excentricidad, por sus ideas, por su talento y su irreverencia brutal y aguda. El Apando es sólo un pequeño fragmento de su vida aprisionada por Lecumberri, por el Estado y por la rígida política de romper plumas y callar voces y apagar cerebros a través del cautiverio y la violencia.

Hoy que se viven tiempos de reflexión y de cambio y de hartazgo, libros como El Apando fortalecen una memoria histórica que, de pronto y por mero desinterés, es enviada a un basurero atestado de recursos mundanos y porquería corroída por la intransigencia.

Para todos los amantes del lenguaje sincero y franco y para todos aquellos que tengan la intención de leer un texto de pocas páginas y abundante contenido, El Apando será una opción que, después de leerla, quedará adherida a la memoria histórica que siempre debe y deberá estar despierta.

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