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Alonso, junto a dos mujeres y un amigo, atravesaba la noche con una botella casi vacía y con un paso zigzagueante. Su estado etílico asomaba que la fiesta había sido buena y batalladora para su hígado. Cada cuatro o cinco pasos él eructaba para luego reírse y nalguear a la güera de culo grande que lo acompañaba. Su amigo, Arturo, iba afianzado de la ajustada cintura de la otra mujer, trigueña ella, que a duras penas podía mantenerse de pie. Las calles estaban vacías y en  las banquetas ya solamente transitaban algunas ratas hambrientas que no alcanzaron a devorarse las sobras de los restaurantes ubicados en la zona y ellos, quienes no tenían consciencia de que a ciertas horas, en su pueblo, había que buscar una guarida.

— Ándale, vamos echar unos tragos al depa. — Dijo Alonso a la güera en un tono necio y persuasivo.

— Ya es tarde, mejor llévame a mi casa, guapo. — Replicó la güera.

— ¿Por qué no vamos todos al depa de Alonso? Yo pongo los drinks. — Continuó Arturo, el amigo.

— Vamos, la noche aún es larga. — Añadió la trigueña mientras, discretamente, le rozaba el bulto a Arturo.

— ¿Traes coca, güey? — Le preguntó Alonso a Arturo.

— Traigo hasta para que tu nariz quede como donita bimbo. — Añadió Arturo entre risas.

Después de la corta labor de convencimiento, todos, caminando, se dirigieron al departamento de Alonso que estaba a unas cuadras. El coqueteo entre los cuatro hacía suponer que más que la continuación de una borrachera, lo que iba a suceder era una orgía inolvidable. Los varones, con una facha terrible e insoportable de juniors mal paridos, iban gritando y haciendo escándalo por todo el camino. Ellas, como siguiendo el juego, más la trigueña que la güera, se reían para aparentar que los jóvenes estaban siendo simpáticos y agradables.

A tan sólo una cuadra de llegar al departamento, una camioneta se aproximó con discreción hacia los jóvenes fiesteros. Inmediatamente Arturo, que era el más vivo de los cuatro, trató de poner todo en orden.

— Güey, coquetéale al polí, háblale bonito para que no nos vaya a cargar la fregada. — Le pidió a la güera quien, sin duda, era la más atractiva.

— Tengo miedo, güey, estoy muy borracha. — Dijo la güera con la voz entrecortada.

— No hay pedo, güerita, con dos o tres guiños tuyos estos polis chaqueteros nos van a dejar en paz.

La camioneta de los polícias se acercó y sin decir nada se bajaron con violencia cuatro hombres encapuchados y vestidos de negro como escarabajos. Uno de ellos, que le gritaban «patrón», tomó con violencia del brazo a Alonso, le colocó cuatro golpes en la nariz hasta que la dejó chata como una lata de atún, lo tiró al suelo, le insertó la suela de su bota en el estómago hasta que Alonso comenzó a pedir clemencia.

— Ya, güey, párale, no te he hecho nada, por favor, te lo suplico. — Gritaba Alonso en medio del pánico y del llanto al policía.

—Ahora sí te va a cargar la chingada, mirrey. Yo que tú le decía a tus amiguitos que se pelaran.

Arturo, sin chistar, tomó a las dos mujeres y se fueron corriendo, motivados por un pánico que sentiría cualquier claustrofóbico en un confesionario.

Alonso, triturado a base de patadas y puñetazos, fue levantado como un bulto de papa para meterlo a la parte posterior de la camioneta como el peor de los delincuentes.

— ¿Qué hice? ¿Qué hice? — Gritaba Alonso a quienes lo iban custodiando.

— ¿Cuánto quieres para dejarme ir? Tengo mucho dinero, dejen le hablo a mi papá.

— ¿Crees que queremos dinero, pendejito? Mejor ya cállate si no quieres que te moche la lengua con tus propios dientes. — Replicó uno de los custodios.

Después de dos horas de camino, la camioneta entró a un terreno sinuoso, lleno de piedras y de terracería. Alonso, casi inconsciente, no sabía qué estaba pasando, al final de cuentas él sólo había salido de fiesta.

— Ya llegamos, cabronsito. Párate, que no tenemos tu tiempo. — Imperó uno de los policías.

Alonso estaba ahogándose en su propio llanto. Sus ojos, hinchados por tanto golpe, a duras penas se podían abrir. La borrachera que se había puesto horas antes ya se le había bajado y, comenzaba a entender que su vida estaba a punto de expirar.

— Híncalo, güey. — Ordenó el líder de la cuadrilla.

— Sí, señor.

— ¿Cómo te llamas, mijo? — Preguntó el líder en un sorprendente tono amable.

— Alonso, señor.

— Muy bien, esto es lo que va a pasar;  me vas a decir que soy el policía más chingón de la región, que soy tu papá y que me la pelas,  me vas a besar cada una de mis botas, me vas a implorar perdón como si fuera tu dios y, si me convences, vivirás.

Sin dudarlo un segundo, Alonso se arrastró con vehemencia hacia al soldado y comenzó a besarle las botas y a suplicarle misericordia. Se humilló tanto que ya no se sabía si era necesario seguir viviendo. Denigró tanto su orgullo que el resto de la cuadrilla en lugar de reír empezaron a sentir pena y lástima. Aquella escena era como la de un yonqui dando su vida para conseguir un gramo más de heroína. El líder comenzó a sentir asco, detuvo las plegarias de Alonso, y lo empujó a un costado.

— Muy bien, muchachito, ya vimos que no tienes güevos ni dignidad. Ya nos tenemos qué ir, la verdad es que estábamos aburridos y se nos hizo fácil darte una paseadita. A la próxima que salgas ponte atento, porque si te vuelvo a ver ahora sí no la vas a contar, eres la persona más patética que he conocido.

Los cuatro policías subieron a la camioneta y dejaron varado a Alonso en medio de la nada. Una cruda moral arrasante comenzó a resquebrajar su autoestima. Después de caminar durante horas, Alonso encontró por fin  un rastro de civilización y entró a un oxxo que estaba en una gasolinera. Con su camisa llena de sangre, los pantalones aterrados después de sus suplicas y con la cara lacerada como un rallador de queso, entró a la tienda para comprar unos cigarros. Al estar frente al mostrador, vio la nueva edición del periódico que acaba de despachar el surtidor y, hojeándolo en lo que le cobraban, encontró una nota que decía: «Extorsiones a jóvenes aumentan; policía se deslinda».

Alonso hizo bolas el periódico, mentó madres alrededor del establecimiento y salió con la cara abajo porque entendió que su humillación sólo fue el pasatiempo de los policías en un viernes por la noche.

 

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