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Sábado de Cuentos

El Cartier del monarca

Él. Él, otra vez, con mayúscula: Él pues, nuevo monarca, dueño del trono de allá, del desierto donde las nubes apenas si lloran y de donde las rodadoras son bolsitas de Sabritas y los nopales antenas de TELMEX. Donde los caminos, sus carreteras:­­ están dañadas, agrietadas como si de pronto el páramo se fuera a partir en tres. Hay desgaste, como la piel reseca y desnuda, la de Él, del nuevo emperador de las dunas, que duerme en el Marriot, debajo de una sabanilla blanca, casi de seda. A su lado, ella, sin mayúscula porque no es la esposa, ni la hermana. No es de sangre real. Nada más es ella, la otra, la voluptuosa, la sexy que por ser hermosa, quizá como ninguna en todo el territorio, tiene el privilegio de empaparse de sudor fino, de saliva que vale más de mil millones de pesos y de semen como de a un millón de salarios mínimos.

Él se levanta a las siete de la mañana ese lunes porque ha tenido la pesadilla de que no ganó, que le quitaban de las manos la corona de terciopelo arrebatada por el otro. Ay, “el otro”, piensa Él: el escualo aquél que se quiere embustir mi poderío por la garganta, ése, y los otros cinco también, que se le unieron, estúpidos, pendejos, qué se creen, que pueden de pronto arrejuntarse y manchar todo por lo que trabajo, qué se creen, montoneros, nacos; eso refunfuña, y sigue, mientras observa por la ventana a los medieros manejar por Independencia.

Aprieta el vidrio y de pronto suena el Iphone enterrado debajo de la almohada. Te hablan, gordo, dice la amante y se retuerce luego sobre el embozo fresco. Voltea, Él, y se apresura al celular. No mames, estos cabrones todavía no saben, para qué chingados les pago; le dice a la nuca recostada.

—Pues para que no tengas que hacerlo tú, gordito.

Gordito, al presunto monarca le gusta la respuesta, por el cariño que conlleva, y sonríe. Al momento, la mujer sobre la cama estira los brazos a placer y con ello se destiende las sábanas del cuerpo hasta que se le asoman las dos fosas encima de las nalgas. Con eso, el soberano la observa con lujuria y se avienta con su cuerpo obeso sobre el tálamo para hacerle el amor. Ella se voltea, aceptando la invitación y con su bracillo rodea el cuello del político. Por ese movimiento se muestra en la muñeca de la dama un Cartier Diver, negro y rojo, le queda ancho por no ser propiamente suyo y entonces el reloj se le resbala hasta el antebrazo mientras aquél le pide que le susurre “gobernador” al oído.

Suena el Iphone, otra vez, y se enciende al instante, un mensaje aparece: gnams, jfe. Pero el monarca le ignora por estar a unos segundos de la cumbre. El Cartier azota contra la pared crema de la suite 611 cuando la mujer se acomoda exhausta de tanto cabalgar al que ya va a ser el hombre más poderoso del Estado. Justo al tiempo que el amante grita y se desparrama adentro de la matriz, la cópula se ve decorada por Gerardo Ortiz, que suena en el buró.

Ambos amantes se emocionan con la llamada y saltan de la cama sin atender al final del adulterio. Ella llega primero y le avienta el celular al otro.

—Sí, bueno.

—Jefe, ganamos, ganamos.

—¡Ganamos! —dice en voz alta.

Y los tres, los interlocutores al teléfono y la mujer en el cuarto, levantan los brazos como si vinieran llegando a la meta.

Cuelga y se viste. Qué haces, gordito, le dice aquella. Tengo que ir con mi familia, dice Él. Pero, qué, no vamos a celebrar Tú y yo, ándale ven. Nombre, ya sabes, ahorita me van a empezar a marcar, nos vemos más tarde. ¿Más tarde? Siempre dices eso, y ya no nos vemos hasta dentro de un mes o más. Mira, tú sabes que así es esto: te amo, flaca, pero ya soy gobernador, no puedo que ahorita nos salga un escándalo de éstos: ya ves cómo es la gente con todo esto.

La amante frunce el seño y se mete las muñecas entre los muslos como haciendo una rabieta dulce. No te me pongas así, flaca, qué te he dicho, que con mi trabajo no puedo dedicarme tanto a ti, y qué, que si no tuviera esta chamba no te podría comprar las cosas que te gustan, ni podríamos estarnos yendo a Cancún, ¿a poco no te gustó cuando fuimos a Cancún con Fernando y Gaby?

—Pues sí, gordo, sí me gustó pero eso ya fue hace un año, ahorita ya sólo quiero que me pongas más atención, que nos veamos más seguido.

—Bueno, flaca, te prometo que nos veremos más seguido.

—Pero, siempre prometes eso y nunca cumples.

—Pues, veré cómo le hago.

El monarca se abotona la Brooks brothers y se sienta en la cama para meterse los Hugo Boss en los pies y luego los Edward Green encima. La mujer insiste en mantenerse desnuda y en posición de protesta ante la indignación.

—Sabes qué, mejor ya no nos vemos nunca, no quiero que nada más me estés usando como para cogerme y ya.

—No digas eso, flaca.

—¡No! Ya no me digas flaca. Mira, de seguro por eso te peleas siempre con tu hija, seguro tampoco le cumples nada, como a mí.

—¿Qué dices?

—Sí, lo que me dijiste ayer, de seguro también le prometes y le prometes y por eso se encabrona siempre contigo.

—No sabes lo que dices. Ya cállate.

Y se levanta, Él, el monarca. La frente se le ha hecho una maraña de pliegues de piel. Camina hacia la puerta.

—Ajá, y ahora te vas, siempre es la misma. Ni creas que me vas a volver a ver. Ahí me saludas a tu mujer ¿eh?

Que le mencionara la mujer no fue la gota que derramó el vaso, como dicen, sino el tono de voz. Un hombre de poder no puede resistir que le levanten la voz como si fuera Él un lacayo, como si no tuviera una corona esperándole al final de la semana.

—Mira, te calmas cabrona, a mí no me hablas así. Tú nomás estás para estas mañanitas de placer, pa qué te haces, pa qué nos hacemos.

—Pues placer tú. Con esa madre yo nomás me hago como que sí.

Silencio. El monarca hace silencio en lo que trata de sobrellevar el abuso, el palabrerío inmerecido de una tan sólo, de una cualquiera. Se acerca a ella, sonriendo, empoderado. La amante le teme pero piensa, incauta, que no le hará nada, que sólo es bluff político, así que se planta con una mirada confianzuda. Allí, frente a ella, Él le apunta con su índice.

—Mira, pendeja, te calmas, a un gobernador no se le puede hablar como me estás hablando.

—Ay, pinche gobernador, te la robaste: “pa qué nos hacemos”. Dice aquella que, únicamente con el Cartier puesto, se burla juguetona.

Y se alebresta, por supuesto, el monarca, y ataca como cualquier otro poderoso, al cuello. Le enreda con sus manos pesadas con tal de acallarla, que no atente, como rebelde, como insurgente, que no trate de salirse de su lugar dócil, sumiso. La ahorca por desobediente, que sea su penitencia por chaira.

La amante se enrojece de pronto, quiere gritar pero es imposible, quiere golpearle pero la fuerza no le da. Entonces cierra los ojos y, antes de declararse derrotada, suena el golpeteo de la puerta. ¡Diez y media! Hora de la limpieza. Y todo se detiene, el jadeo de ella, la violencia de Él, los carros afuera; ambos se observan, los amantes, ambos atemorizados de Él.

Sí, contesta al fin el monarca, pase, pase. Está cerrado. Ah, sí, ya vamos, permítame; ándale, vístete, yo ya me tengo que ir. La mujer en la cama, todavía con los párpados abiertos, sacude la cabeza y corre al baño con su vestido y zapatos, cierra la puerta. Él quita el seguro de la entrada del cuarto: buenas tardes. Buenas tardes, contesta la empleada que se apresura a recoger el bote de basura mientras el monarca se va por el pasillo.

Al cabo de algunos minutos se abre el baño y aparece una mujer bellísima, con un vestido blanco lleno de lilas. Lleva el Cartier en la palma de la mano y se acerca poco a poco a la señorita que arregla la cama. Tenga, le dice, se lo regalo. La trabajadora observa el reloj y sabe que es del señor monarca, lo ha visto. Gracias, le dice, y se embolsa el regalo en el delantal.

La mujer camina hacia la puerta, paulatina, triste. De pronto nota que el cuello le arde y lleva la mano hasta allá, para sobarse. Ahí en el carrito traigo hielo, mija, siéntese un rato, ahorita le traigo desayuno, le dice la mucama.

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