Image default
Portada » In Memoriam
Sábado de Cuentos

In Memoriam

Anteayer, a las doce horas, partió a la presencia de Dios. Tú, digo, usted. Bueno, a qué nos hacemos, al fin así decía, arriba de tu cara, maestra: partió a la presencia de Dios. Y abajo: querida esposa, hija, hermana, amiga. Pero no maestra; nadie se enteró que también eras querida. Por mí, pues, que fui tu alumno, que me enamoré también, de ti, Martina.

“En la casa de mi Padre hay muchas moradas;”. Ajá: “y si no fuera así, os lo hubiera dicho”, ¿no? porque “vas a preparar un lugar para vosotros”. Para quién, Juan, ¿para ella? Nombre, condenada al ateísmo está. Por qué no mejor: “la muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”, o “la muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan”. Qué mejor, obituario, que no fueras tan grosero con Martina, que no le digas al amor de mis pasados que está en el cielo. Qué mejor, Dios mío, que no metan a Dios en esto. Que mejor ella misma sea la divina y que ya muerta tenga que entender que está muerta y que muerta no puede entenderse nada. Que está muerta, y ya, ya está.

¿Te acuerdas, Martinola? Que me diste un besillo en la barbilla, o no: ¿te acuerdas, que me llevaste la mano hasta que supiera escribir de memoria el poema de Sor Juanita?, o no, maestra, te acuerdas, que platicábamos a las horas de los timbres y que nos sonreíamos a las salidas. Ande, te acuerdas, mendiga, que te llevabas faldas de a rojo y de a gris y que me dejabas verte, a mí, que me agarrabas contemplándote los chamorros, te miraba cómo sudabas y no me sacabas los ojos, ni te bajabas las prendas, más bien aguzabas el empeine para marcarte las pantorrillas. Sino, acuérdate, que no me dijiste yo también nomás porque eran veinte añadas. Y qué te dije yo, Martina, que me voy, que me iba a universidad y que nunca me ibas a ver; y así fue, verdad, no hubo de otra: hasta que te murieras. No hubo de otra.

Pues antes de anteayer, Martina, que te moriste, conocí a Sofía. Sí, Sofía Carlota. Tiene treinta y nueve, como uno, y trabaja en la presidencia. Qué te digo, pues que la conocí por azares, por pendientes. Pasa que fuimos al baño al mismo tiempo y en lo que yo le decía que donde estaba el sanitario ella cantaba Todo Cambia de Mercedes Sosa. ¿Vas a creerme que es la canción de la abuela? Y así le dije, que si era mi abuela resucitada, y se me carcajeó como si fuera yo un bufón. Luego me tocó el brazo y le pregunté que dónde estaba el baño, pues, y que cómo se llamaba. Sofía, dijo, y acá está.

Los hombres hacemos en cinco minutos, las mujeres en seis, pero se tardan otros diez, por eso me distraje once viendo por la ventana.

El Isauro estaba bellísimo, Martina, la tarde esa, nublada, le daba un morisco precioso. No pensé en ti, pero me hubiera gustado, sabes, que me acordara de cómo hablabas del arte, de cómo hablabas del teatro y de la música. Sofía Carlota me halló de babas, viendo a la nada, y habló del teatro, tú crees, maestra: del teatro, en medio de la presidencia. Conseguimos reírnos un poco más y al rato le saqué diez números de los dientes. A mis treinta y nueve y sacando teléfonos. Quién diría mi tanta suerte. Será porque te fuiste a morir ese día.

Te diré qué, Martina, Sofía Carlota y yo nos llevamos muy bien. A la semana de que te moriste la volví a ver, pero de noche, y al otro día de desayuno. Nombre, no exageres, no es que nos despertáramos juntos, nos vimos la noche y luego otra vez a la mañana.

Qué mujer. ¿Sabías tú que el río más largo del mundo es invisible? pues sí, a que no me la crees, sale desde el techo del Amazonas y se va a la atmósfera. Un río de aire, Martina. Asombroso, y lo cuenta como si no fuera absolutamente teto saber eso. No, pero, mira, ya me la sé, es por su voz. Es su voz. Tiene como miel en la lengua y se le erosiona cuando habla y uno lo huele y lo escucha y lo siente y se le mete hasta los pulmones. Ya ni quiero fumar, para que mejor se me quede ella entre las costillas.

Esto ya no quieres saber, Martina, no quieres saber tú, sobre todo tú. Mejor que no.

Bueno, ya te digo, que no quieres saber pero, si vieras, maestra, cómo hace Sofía Carlota el amor. No si vieras, si sintieras. Quiero decir, no el sexo, no, lo que hay encima, las marañas que se enredan y se desenredan en el cerebro cuando hay buena sintonía. Lo que se oye, lo que se ve, como tintura azul, luego naranja y verde, chispeando en medio del calor. El abrazo, de estar arropados con el cuero del otro, así, como si se me adhiriera a la piel y quisiera ella protegerme del frío, y yo a ella, del orgasmo. Protegerla del gélido retorno. Pero la dejo, que se escabulla dentro de sus párpados y que se olvide de que tiene brazos y de que tiene piernas y torso, que se olvide y que deje que tiemblen, que bailen, más bien, al son del clímax.

Yo hice lo mismo, bailé con ella, Martina, aleteé los brazos como si se me diera volar, hasta me temblaron las nalgas como para despegar. Luego, no te imaginas, que te veo, adentro de mis ojos. En medio del orgasmo, estás allá arriba, en las nubes de color carne, contorsionándote también, convulsionándote con la sonrisa perfecta, frunciendo los dedos de los pies, aguzando el empeine, con la entrepierna transpirándote. Y así, te vas, de pronto, en un río de esperma que se va por el cielo y te lleva consigo.

Es cuando se acaba, el delirio. Despierto y no hay nadie debajo de mí, más que sábanas sucias y el recuerdo de un viejo y muerto encanto. Entonces destruyo con mis manos el colchón y desbarato las almohadas en dos partes. Y grito, Martina, grito, en tu memoria grito, y en la memoria de Sofía Carlota, que asesinaste tú y no yo. Que te la llevaste por volver a mis sueños. Que inventaste y luego que asesinaste en su momento más glorioso. La mataste sin que pudiera yo despertar; sin que pudiera verla nacer conmigo, la mataste antes de que hubiéramos pasado la excitación de estar enamorados. Se fue antes de que pudiéramos empezar a compartir la vida, antes de acariñarnos para siempre.

Artículos Relacionados

Por cuatro años de periodismo independiente, ¡muchas gracias!

Editorial

2020 en Red es Poder: ¿qué hicimos y para dónde vamos?

Editorial

Algo entre Carolina y yo

Elena Palacios
Cargando....