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Lo mato

Al clarear sintió que le regresaba la fortaleza al alma. Salió del gallinero, y  como pudo se estiró, tratando de que sus piernas y brazos volvieran a su flexibilidad. Después de casi nueve horas de estar encogida en el gallinero, escondida entre las gallinas, sentía su cuerpo engarrotado. Se colgó la carabina al hombro, se dirigió a su casa, solitaria, perdida entre la sierra.
Decidida, se vistió con un pantalón y camisa de Heraclio, su marido.  Su largo cabello lo trenzó ocultándolo bajo el sombrero también de él, lo mismo que esas botas pesadas que le quedaban enormes, por lo que se puso tres pares de calcetines gruesos. Eran algunos años después de la revolución, y todavía se sentía el peligro en la sierra. Para viajar era necesario disfrazarse de hombre por su propia seguridad.
Esta vez, estaba muy molesta. Heraclio, el día anterior se había marchado hacia la capital, prometiéndole regresar ese mismo día por la noche. Chihuahua estaba lejos,  se hacían alrededor de 4 horas a caballo. Pero él era vendedor de mercería, varillero, les decían, y surtía su mercancía en la capital, para después venderla en  los minerales de San Diego, San Antonio y las rancherías aledañas. Todas ellas ubicadas en la sierra cerca de Chihuahua. Y no le iba mal, se había hecho de su ranchito donde criaba gallinas y de una casita en las orillas de la capital.
Había conocido a Ángela en un baile en San Antonio, la miraba los domingos, cuando dando vueltas en la plaza, se sonreían y sostenían sus miradas. En aquel entonces él tenía diecinueve y ella apenas catorce. A los pocos meses, se envalentonó y se la robó. La llevó a su ranchito, y a las pocas semanas se matrimoniaron, como les decían a los que se casaban.  No pasó mucho tiempo sin que  Ángela quedara embarazada, y dio a luz a una niña. Las cosas marchaban más o menos bien, aunque Ángela se quejaba por lo sola que se quedaba. Optó Heraclio entonces por llevarla a San Antonio cerca de los padres de ella. Y las cosas mejoraron por un tiempo.
Él seguía saliendo de viaje a vender,  y regresaba, para al día siguiente volver a salir. Así era su vida, de trabajo diario. Ángela se aburría, casi siempre sola cuidando a su niña, así que de vez en vez, trataba de salir y divertirse con sus vecinas y amigas. Una de ellas, Avelina,  varios años más grande que ella,  le había echado el ojo a Heraclio. Para atraerlo, pensó que primero tenía que alejarlo de su mujer. Y como Ángela con sus escasos 16 años, era muy ingenua, se dejaba convencer fácilmente a todo lo que ella le pedía. Así la convenció de invitar a Claudio, joven de San Diego,  quién según ella le podría enseñar a cultivar algunas hortalizas en su patio.
Y efectivamente, le enseñó a sembrar, y a cuidar de su pequeño huerto. Pero Avelina se lo contó a Heraclio de manera diferente, haciéndole creer que Ángela tenía un amante. Heraclio celoso se lo creyó. Se separaron, ella regresó a la casa de sus padres, y el siguió solo en su ranchito.
Pero no pasaban mucho tiempo alejados. Era tan grande lo que sentían uno por el otro, que Heraclio iba a visitar a Ángela y a su hija, cuando ya ella salía corriendo hacia él. O al revés, Ángela con cualquier pretexto lo buscaba y él dejaba todo por irse con ella. Solamente que Heraclio no olvidaba,  le invadían los celos, volviéndose a alejar. Durante un buen tiempo así estuvieron.
Los papás de Ángela, Pedro y Refugio, viendo la inestabilidad de Heraclio y Ángela, se quedaron al cuidado de la niña, no permitiéndoles que la llevaran con ellos en esos fugaces encuentros, porque le causarían mucha inseguridad.
Fue en uno de esos ocasiones, cuando Heraclio se llevó a Ángela al ranchito. Y él le aseguró que regresaría por la noche. Ángela, al ver que se hacía cada vez más tarde, temió por su vida y para proteger a las gallinas se ocultó dentro del gallinero con la carabina apuntando hacia la entrada. Estaba decidida a disparar si se metía cualquier clase de animal, de cuatro o de dos patas. En espera de la llegada de Heraclio, el amanecer la encontró aterrada.
Ya desaparecido el miedo de la noche anterior, se montó en el caballo, y se dispuso a cruzar la sierra. Su carabina lista para ser usada. Ahí no sintió peligro. Era tanto su coraje, que en lo único en que pensaba era encontrar a Heraclio y matarlo. Eso que le había hecho no se lo perdonaría jamás. Se imaginaba que estaría en brazos de Avelina, y le entraban los celos desmedidos. En el camino iba repitiendo mil veces: Lo mato, ahora si lo voy a matar.
Al paso de las horas, cabalgó sin cansancio, mientras cavilaba cómo lo iba a matar. Y así llegó a las orillas de la capital hasta encontrar la casita de Heraclio. Se apeó, tomó la rienda del caballo y la ató al barandal de la casa. Caminó decidida hacia la puerta y tocó. La carabina, sin pensarlo mucho, la alistó para disparar. Escuchó las pisadas recias de Heraclio dirigiéndose a la puerta.
Al abrirla él hizo un gesto de asombro, pero dulcemente le sonrió, le sostuvo firmemente la mirada. Ella no se esperaba esa reacción, esa sonrisa, sus ojos. Ella ya estaba decidida, no se dejaría envolver. Todo el camino se lo había repetido una y otra vez: Yo lo mato al desgraciado, voy a matar a este cabrón.
Despiadadamente, entre sus brazos se arrojó y lo besó.

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