Ninguno de los dos buscaba más quoxígeno en ese mundo deshabitado por los abrazos y los besos, pero las miradas se encontraron en un desplante involuntario de insubordinación instantánea.

Solas quedaron las miradas en ese mar de silencio, pero el encontronazo visual desencadenó una metástasis que afectó a los labios, embozados por el cubre bocas sanitario, y en corazón, pulmones, estómago y todos los demás órganos.

Ya sólo mediaban dos metros y la advertencia mortal de los contagios entre esas dos personas enamoradas.

Tampoco se atrevieron a hablar, porque en ese mundo las palabras tenían la alta prioridad de la emergencia sanitaria, por lo que acordaron, con un levantamiento de cejas, no infectar ese amor que iba creciendo exponencialmente al paso de los minutos, de las horas. Porque primero se contemplaron de pie, cerca del hospital, pero luego avanzaron hacia un parque abandonado para acariciarse el alma desde lejos.

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Así pasaron esos dos pares de ojos, enamorándose sin hablar, sin tocar, a la espera de tiempos mejores.

Un buen día todo pasó y a las máscaras de hospital las suplantó la sonrisa abierta y el beso explícito, pero ellos prefirieron seguir amando con el alma, a distancia, con la manera en la que nada se infecta ni desgasta.

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