Portada Reportaje
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I

Ése fue mi primer beso. Él se llamaba Patricio. Los dos estábamos temblando y nos mirábamos tratando de anclar nuestros ojos en la tierra del otro. Mis manos sudaban aferradas a su espalda y podía escuchar su corazón latir al mismo ritmo que el mío. Teníamos once años y la dulce sensación de que aquello que hacíamos estaba prohibido. Por fin acercó su boca a la mía y mezclamos nuestras salivas espesas hasta que se nos hincharon los labios.

-Paola- me dijo -cásate conmigo.- Y entre las nopaleras del patio de mi abuela, le prometí que me casaría con él todas las veces.

II

Era mi graduación. Era arquitecto, por fin. Había querido ser cineasta y antes payaso. Pero arquitecto estaba bien. Estudiar arquitectura me costó la vida. Pasaba día y noche trabajando. Así perdí a Paola, mi primera mariposa en el estómago, mi primer beso, mi novia desde niño. Le pedí que se casara conmigo una mañana, después de hacer el  amor, también por primera vez, en la azotea de la secundaria. Estábamos llenos de sudor y sangre. Ella me dijo que sí y yo besé su ombligo. Se casó con otro seis meses después de dejarme. El día de su boda, tuve la sensación precisa de ser mutilado lentamente. Infinitas posibilidades llevaban nuestros nombres y ahora eran sólo imágenes dispersas que colapsaban brutalmente en mi cabeza, para después desvanecerse en plasma sangriento; la desaparición de cada una era mi propio desmembramiento.

III

Aprendí a andar en bicicleta a los seis años. No sé si era tarde o temprano. Sólo sé que la primera vez que pude andar sola en bicicleta yo tenía seis años. Era diciembre y yo no llevaba suéter; el viento de un amanecer invernal, me golpeaba la cara y los brazos desnudos. Sentía un hueco en el pecho.

-¿Estás lista, Paola?- dije que sí con la cabeza.

Ese momento en que mi padre soltó la bicicleta, conocí la libertad. La libertad es como volar; es el viento sacudiendo el cabello y humectando la nariz; es sonreír por inercia y sentir que las encías se te secan. Es velocidad y vértigo. Es ser uno. Ocupar todo el espacio.

IV

La luna de miel fue en una playita solitaria de Oaxaca. Fue hacernos el amor tres días, durmiendo un par de horas sin distinguir amaneceres, evadir el tiempo sin tener hambre. Habíamos tenido tantas lunas de miel. Era lo que nos permitía vivir juntos: el constante deseo de morir juntos.

V

Siempre había pensado que si tenía una niña se llamaría Paola y si tenía un niño, Patricio. Pero sólo tendría un hijo. No había otra opción en mis opciones. El uno contiene todo. Cada número cabe en el uno. Para mí hacer las cosas una vez, era hacerlas todas las veces. Una vez perfecta. Estudiaría una profesión. Me casaría con un hombre. Tendría un hijo. Una casa. Un perro. Un gato. Una religión. Un empleo. Una tendencia política. Una muerte.

VI

Mi primera palabra fue «bebé». Mamá y papá me llamaban Pato. Mi abuela me llamaba bebé. Estaba con ella, con mi abuela, en la cama. Ella me sostenía en sus brazos y me leía un cuento. No sé por qué tengo este recuerdo, pero lo tengo. Ese cuento era El Patito Feo, y al mirar el dedo de mi abuela señalar la ilustración del pato saliendo del cascarón, yo dije: bebé. Esta imagen es la libertad. Las palabras. Hablar por voluntad propia y decir lo que soy. Lo que yo sé que soy.

VII

Tomé la mano de Patricio. La puse en mi vientre. Estaba embarazada. Lloré. Él secó mis lágrimas con un dedo. Besó mi frente y mis labios. Cuánto deseamos tener ese hijo. Qué complicado había sido. Apenas tenía seis semanas en mi cuerpo. Apenas teníamos noticia. Y lo amábamos desde antes, desde que estaba en nuestra imaginación, desde la primera vez que se formó como caricatura en el puente de nuestras miradas. Y ese hijo era otro, desde entonces, era libre y voluntarioso como nosotros mismos, como el amor.

-Paola- me dijo – cásate conmigo.

-Todas las veces.-

VIII

El día de nuestra boda yo era el más seguro. Ella temblaba y se veía hermosa. Yo estaba firme y llevaba traje negro. Le había pedido que se casara conmigo en una playita virgen de Oaxaca, después de habernos hecho el amor sin descanso. Cuando la miraba a los ojos, tenía la certeza de que su piel había sido la mía en algún tiempo, literalmente su piel y la mía habían sido la misma. Había nacido de ella, con ella y por ella. Así quería morirme también.

IX

Sus arrugas enmarcaban el brillo de sus ojos. La verdad a mí me gustaba más que nunca. Dicen que uno no puede amar a una persona toda la vida. Yo nunca amé a alguien más y tengo la seguridad que él tampoco. Estar con él es natural. Antiguo. Siempre nuevo. Él es la extensión de mi libertad. La prueba de que mi cuerpo no es el límite de mi espacio.

X

El día de nuestra boda yo era la más nerviosa. Él estaba serio y bello. Yo temblaba dentro de mi ajustado vestido blanco. Me había pedido que me casara con él en la azotea de la secundaria, después de hacer el amor por primera vez. Estábamos llenos de sangre y semen. Sus ojos tenían el color del mar de una playa virgen. Para mí ya estábamos casados. Le dije que sí. Todas las veces. Tenía la sensación de que cuando estaba con él, éramos eternos. Éramos uno y todo. No podíamos morir.

XI

Me imagino lo que habría pasado si hubiera estudiado arquitectura. No sería actor. No estaría ahora mismo mirando a Paola dormida, con su cabello blanco cayendo como lluvia sobre la almohada. Tal vez no hubiera llegado a viejo. Ni sé. Cualquier cambio de elección, por mínimo que sea, altera el resto del sistema. Supongo que no es nada nuevo. Pero apenas aquí, ahora, acostado junto a Paola, tocando sus arrugas con las mías, lo comprendo. Imagino todos los escenarios. Miles de posibilidades que pudieron llevarme lejos de aquí y siento que desaparezco. Infinitas opciones para no existir. Paola y yo somos una célula. Cualquier idea de mi vida sin ella es catastrófica, como si estuviera muerto. Fuera de todo romanticismo, creo científicamente en la posibilidad de que estamos existiendo paralelamente: ella y yo, andando la vida en un mismo cuerpo.

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