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Sábado de Cuentos

Sábado de cuentos: Alina

-Más que nadie sabes que no puedo dejar a mi familia, Alina-rompió el silencio aquel hombre que se encontraba a su lado, mientras calaba lo último de su cigarro. Esas palabras taladraban en su cabeza, recordándole nuevamente que aquel hombre nunca sería completamente suyo.

-Pensé que en verdad me amabas, al menos eso dijiste- sus palabras fueron apenas un tímido susurro.

-Por supuesto que te amo, mi niña, ella no significa nada para mí si es lo que crees, pero tengo qué pensar en la bebe.

-Yo podría hacerme cargo de ella, nunca he querido que la abandones, es sólo que…

-Alina, no me refiero a eso-conocía ese tono en su voz-, sabes en las condiciones que está Samantha, yo no me atrevería a abandonarla y quitarle a su hija al mismo tiempo, sería demasiado cruel- dijo masajeándose la sien.

-¡No puede hacerse cargo ni de ella misma! jamás se ha preocupado por su bebé- escupió llena de rabia.

-Conoces su estado tanto como yo, esa depresión terminó por consumir lo que quedaba de mi esposa- excusas, excusas. Sin embargo, ella lo sabía, lo supo desde la primera vez que lo vio, incluso lo supo cuando su romance clandestino surgió, siempre estarían por encima de ella, a final de cuentas era sólo la nana, una empleada más, no importaban las noches que había pasado entre sus brazos, las caricias, miradas y besos, nada sería suficiente mientras ellas dos se encontraran en su vida. Resignada a su infortunada situación; se apartó de los brazos que la envolvían, tomo su ropa y se dirigió al vestidor llena de añoranza por algo que jamás tendría.

-Alina, las cosas serían tan diferentes si te hubiese conocido antes- ella ni siquiera lo volteó a ver y continuo vistiéndose. Más despechado que molesto, se levantó y tras ágiles movimientos, se encontró  tomándola por el brazo para así encararla, con reproche brotándole por los ojos.- Si en verdad me amaras, comprenderías mi situación- pero al no obtener respuesta alguna de la mujer que tenía frente a él, adoptó, de manera inmediata,  un semblante desconsolado-. Te necesito a mi lado, necesito tus suaves caricias, tus besos, tu piel -finalizó el melodramático discurso  con un beso.

Era todo verdad, él la necesitaba, aunque justo en ese momento se empezó a cuestionar si era en verdad amor o una necesidad física. Él era un hombre  joven y guapo a quien su esposa no podía cumplirle como debería a causa de una depresión que nació al mismo tiempo que su bebé; era ahí donde entraba ella. Entonces  lo comprendió, o mejor dicho, fue hasta ese momento en que quiso hacerlo, ¿por qué un hombre como él se tomaría tantas molestias en seducir y enamorar a alguien como ella, simple y tan necesitada de amor? La tonta que anhelaba tener consigo a un hombre con quien compartir sus muy frecuentes noches de insomnio, alguien que la abrigara entre sus brazos, que la amara. Él había descubierto eso en ella, su vulnerabilidad, por lo que fue tan fácil engatusarla con tiernas y falsas promesas de amor, tan fácil. Pero  a pesar de su revelación, lo amaba, había caído en su juego y no sabía cómo salir de él o si en realidad quería hacerlo; de lo único que estaba segura era que lo quería a su lado, todas las noches, ya no como una aventura fugaz, ¡no! ella quería, ansiaba, necesitaba; ser la primera, la única en su vida y para ello sólo tenía un obstáculo.

Aquella noche fue una de las más duras para Alina, se sentía demasiado despechada para entregarse como de costumbre, por lo que  había tenido qué pasar, de nuevo, la noche sola. Entonces estando ahí, recordó lo fría y silenciosa que podría ser su cama  sin los susurros de amor y deseo que Mariano le dedicaba. Ella odiaba la noche por su silencio, siempre fue así pero una vez que sus pesadillas fueron reemplazadas por caricias y besos, se volvió mucho más llevadera y como ahora se habían ido, el silencio se tornó insoportable, ahora no había nada que callara las voces incesables de su cabeza, las cuales, milagrosamente, después de atormentarla y hacerle una vez más perder el sueño, le dieron una solución.

Si bien ésta era una decisión radical, por más que buscaba no encontraba otra salida.

La siguiente mañana, después de deleitarse con su amado, al que necesitaba de tal forma que le era demasiado difícil mantenerse alejada, se dispuso a continuar con sus tareas habituales. Primero se dirigió a la cocina a preparar el desayuno cotidiano de la señora: avena, fruta y un poco de té, que le ayudaban a calmar los nervios, al que agregó por primera y última vez, una de sus pastillas para dormir, tal vez dos, quizá tres.

Al entrar a la lúgubre habitación la encontró despierta, pero ella si quiera se inmutó por la presencia de Alina, solamente veía al vacío con una mirada lánguida que daba lástima. Dejó la bandeja sobre una mesita y abrió un poco las ventanas para que con ayuda del sol se sintiera un poco más cálido. Sonará irónico, pero Alina no era cruel y esa delgada y pálida mujer frente a ella no tenía la culpa de ser la esposa del hombre al que ella amaba, no la odiaba, a decir verdad le daba un poco de pena que la hermosa mujer reflejada  en las fotografías, tuviera ahora esa precaria y lastimosa apariencia. Por un instante pensó en hacerlo pero ella no podía retractarse, Mariano se había vuelto su adoración, sabía que no tenía una gota de vida sin él, su cuerpo ansiaba de una forma inexplicable sus caricias, él era el único que la mantenía en paz con ella misma ¿Por qué tendría qué renunciar o incluso compartir la cosa que ella más amaba en el mundo? La mujer frente a ella no era más que una sombra, un objeto inanimado, solo el fantasma de lo que un día fue ¡no era justo! no podía renunciar. No iba a hacerlo de ninguna forma.

Recobrando la calma, poco a poco le dio el desayuno, metiendo pequeños porciones en su boca, dejando para último el té. Después con un cepillo color marfil con sus iniciales grabadas, desenredó, lo único bello que le quedaba, su largo cabello camaleónico, castaño en la obscuridad, que se tornaba rojizo con los destellos del sol que se colaban por las ventanas. Terminando esto, hizo que se bebiera su té  y se dirigió con la bebé, a quien  si todo salía como esperaba, pronto estaría llamando hija.

 Como de costumbre la recibió con los enormes ojos avellana que tanto le recordaban a él. Después de alimentarla y jugar un poco con ella, la metió en la bañerita rosa, la cual ya había preparado con agua tibia. Mientras enjabonaba sus rizos se percató de algo que nunca había considerado, los ricitos que apenas crecían en su cabeza, eran de el mismo tono que los de su madre, al igual que  ella con los destellos de sol que entraban por la ventana, cambiaba camaleónicamente, exactamente iguales a los de la mujer que no le permitía estar con el hombre al que amaba. Una nueva revelación apareció ante sus ojos, no importaba si se deshacía de Samantha, mientras esa niña, que se encontraba en sus manos, siguiera en su vida jamás podría olvidarla, no, ella sólo sería un amargo recordatorio para Mariano de la vida que pudo tener con la mujer que alguna vez amó y para ella de la crueldad que se atrevió a cometer. ¿Cómo podría llamar hija al fruto de aquel amor? Si ésta fuera más parecida a él, tal vez podría hacerlo, si en lugar de ese color inusual hubiera un negro como el de su padre o incluso un pálido y pobre ámbar parecido al de ella, conseguiría fingir que era de ambos. Sin embargo no era así, nunca lo sería ¿por qué? Y entonces estaban de nuevo esas voces recordándole que no era lo suficientemente buena para él, para nadie; el pálido ámbar jamás se compararía con el mágico cabello de ellas. A final de cuentas no había funcionado el deshacerse de Samantha.

 –Sorpresa. Alina antes de partir logró dejarte un amargo regalo, aquel insignificante gen había hecho que nada valiera la pena. ¿Te das cuenta cómo sigues siendo la triste chica que sólo cumplía la función de consuelo sexual?

-¡Déjenme en paz! –Gritó, estaba fuera de sí, las voces sólo causaban un dolor agudo que no la dejaba pensar claramente- ¿Por qué, Mariano?- Imploraba desesperada a la nada, mientras  sus ojos ardían con lágrimas de desesperación e ira. No supo en qué momento tomó verdaderamente el valor de hacerlo, pero cuando volvió en sí, la pequeña había dejado de luchar con sus regordetes bracitos y piernas, estaba inmóvil, como dormida, flotando en el agua perfumada. Estaba hecho, la calma había llegado para ella. Por fin estaría con él, sin ningún impedimento, tampoco con ninguna culpa, las voces habían desaparecido. Por primera vez en mucho tiempo se sentía sorprendentemente en paz y esto la llenaba de regocijo.

Con una tétrica calma envolvió aquel cuerpecito ya sin vida que poco a poco perdía el rosado en su piel, la secó y preparó para que durmiera un poco en la cuna, se sentó sobre la mecedora y tarareó una canción de cuna, la escena era perturbadamente normal. Entonces esperó a su amado con un lastimero anhelo en sus ojos, fervientemente convencida que todo esto eran el tipo de cosas que las personas hacen cuando aman de verdad.

 

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