Portada Reportaje
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Desde la oscuridad del portaequipaje pudo sorber su propia muerte. Un borbotón de sangre se le escapó por la poca y aspiró por la nariz la asfixia que le anunciaba que todo habría terminado.

El salto de la carretera a la brecha le salvó la vida al ponerlo bocabajo para recuperar el aliento. La nariz se acható sobre la alfombra del vehículo, pero era mejor aspirar la fibra que los líquidos arrancados por toda una noche de golpes. Un brinco más acomodó de lado su rostro macerado y se sintió recién parido por la muerte a sus cuarenta años.

Amanecía, y aunque la amplia cajuela dejaba entrar fragmentos de sol, sus ojos hinchados no dejaban pasar la luz, y lágrimas de sangre le hacían cada vez más doloroso apreciar la estrecha realidad  donde lo habían metido. El vehículo aminoró la velocidad y el olor a polvo le hizo entender que todo acabaría pronto.

El zumbido que las patadas habían dejado en su cabeza no le permitían imaginar con claridad el protocolo que seguiría a la golpiza. Después de todo, él sabía de protocolos, de torturas, de chingas, de estatequietos, de silenciadas, de fines, de cerrojazos, de ejecuciones: era un profesional.

      — Ser sicario es ser Dios — pensó —. Toda la vida y toda la muerte en sus manos, La piedad solo era una forma de alargar el sufrimiento, el perdón era la postergación del destino a la nada, de la oscuridad a donde seguramente iría.

Un golpe de calor y un destello naranja le anunciaron que sus verdugos habían abierto la cajuela. Lo jalaron de las manos sujetas por la espalda y lo arrojaron sobre un banco de arena. Le quitaron las esposas y lo obligaron a hincarse con las manos en la nuca. La arena ardiente ya calaba en las rodillas cuando uno de los sicarios le hizo una pregunta incomprensible para el momento:

      — ¿Estudiaste en la Uni?

      — ¿Qué?

      — ¡Ese anillo es de mi generación! — Dijo el asesino de la maldad ilustrada.

      — ¿Y eso a qué viene?

      — Órale, entonces ya despáchame.

      — ¡Cómo crees, cabrón, ya te salvaste!

El hombre se incorporó sin gratitud ni fe para pasar el asiento delantero del auto de su colega de generación. Le pasaron un trago de alcohol que le adormeció los labios y le aclaró la mente para dibujar en su memoria el anillo del Pirry, a quien no perdonaría en su próximo encuentro de generación.

 

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