El cazador había estado intentando capturar a ese conejo durante meses, pero siempre que quería cazarlo terminaba por fracasar. Nunca supo si lo quería por hambre o porque era bello, pues su pelaje plateado era brillante en la noche y ese destello, eso era lo único que veía de él al írsele lejos.

Un día, cuando menos lo pensó, el animal estaba en su mesa, así como lo había deseado. No obsante, salir a traer leña, otro conejo idéntico estuvo parado frente a él.

-¿Me buscas a mí? Salí a correr, pero hoy no te vi. Pobre cazador, ¿qué harías tú sin mí? –dijo el conejo.

-Sí, por más que lo intento, no logro hacerlo.

-Pues, has de saber que ese de ahí, en tu mesa, es mi hermano. Con tal de que sacie tu hambre, te lo entrego, pero si quieres mi sangre, no calmará tu deseo.

Bien tenía razón el conejo, bien se quedó el cazador quieto, bien el conejillo brilloso y bello se fue una vez más, con una sonrisa al frente y una estela de belleza inalcanzable detrás.

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