Portada Reportaje
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Un ronquido insoportable se coló por la raja inferior de la puerta. Luego se adhirió al aire dentro del cuarto y voló hasta la sábana fresca de seda, jalándole la cubierta al dormido. Jaime, desnudo, sintió el resoplido en los huesos y sin prudencia se sentó en un estrépito de terror.

El “jjj” del inconstante ronquido le hizo abrir los ojos al límite, agudizar el oído y enterrarse las uñas en las palmas de las manos. La erección que vivía en el ensueño también se había afectado, reducido a pliegues atemorizados de carne. Puso Jaime los pies en el frío del mosaico de la madrugada y avanzó tentativo por el cuarto. Alcanzó la perilla, temblando, y quiso darle vuelta pero tuvo que retroceder al instante: los resuellos estaban cerca, muy cerca, del otro lado de la puerta; “jjj”, la misma madera barnizada se agitó por el estruendo.
Tácito, el pánico sin salida de Jaime, quien regresó acalambrado a su cama para cubrirse con la seda el horror que vivía, la pesadilla. Pesadilla, pensó, y cerró las sienes y frunció los ojos con fuerza, queriendo despertarse de la realidad.
Los gruñidos se detuvieron y el son de la lluvia sobre la lámina del cobertizo de atrás fue el atavío del silencio. Después, el aire hizo su aparición y le aventó las cortinas al rostro a Jaime, que yacía recargado en la pared y sobre su tálamo, con las rodillas en el pecho y las muñecas en los tobillos, apunto de morderse las rótulas.
Por el viento y por el espanto se tuvo que abrigar, atinándose una pantalonera azul y una camiseta marrón. Quiso volver a la cama pero ahora el sonido tan tormentoso no se podía zafar de sus recuerdos, de sus emociones. Podía ver aquel rostro en su mente, vibrando por la apnea incorregible, el exceso de grasa tiritando bajo la barbilla como gelatina mal cuajada, un “jjj” sin ritmo ni orden, sólo interrumpido por el frecuente ahogo de saliva.
Ya vestido, Jaime asumió que el mal pasado le había dejado cicatrices en las memorias, mismas que mezcladas con la lluvia y seguro con un mal sueño le habían formulado una mala, muy mala pasada. El ritmo de su sangre volvió a la normalidad y las ñáñaras en la tráquea se disiparon hasta devolverle la somnolencia.
Iba de regreso al encanto de Morfeo cuando sintió un hilo de alegría por pensar que por fin estaba superando sus ayeres podridos. Incluso se iba a dormir con una sonrisa si no fuera porque las paredes retumbaron otra vez y más tenebrosas que antes. Las “jjj” esta vez eran tropezones intermitentes que tenían de intermedio balbuceos modorros. Jaime se paralizó agarrándose la camiseta, no podía creerlo, el insoportable carraspear de aquella mujer, alojándose en su locura, adueñándose de su descanso, violando sus únicas horas de libertad. No sólo no podía creerlo, no quería creerlo, el pavor enjaulado que sintió se desbocó de pronto y el odio brotó de la cama, hasta la puerta y hasta el pasillo, donde no había nada, ni nadie. Sólo el eco todavía de las “jjj” a la distancia y de las palabras semientendibles que sonaban en otro nivel de la casa. Así que caminó por la alfombra de su madre y buscó cuarto por cuarto, tratando de sofocar un delirio que él no había escogido.
Jaime estimulaba el chirrido del suelo de madera conforme avanzaba por los tres pisos que hicieron su infancia. Los catorce cuartos fueron desordenados por el único y último inquilino, pero los resoplidos no se detuvieron, ni las palabras atolondradas por el sueño.
“La tumba”, pensó Jaime, que creyó escuchar los jjj viniendo del patio. “Claro, la puta tumba”, buscaba la pala en el recodo que da al jardín. “Cómo no pensé en la pinche tumba”, caminando hacia el roble de cuarenta años.
El jjj se intensificaba con cada escarbada, y conforme más llegaba al ataúd, las palabras entre los jadeos se hacían más entendibles. “Jaime”, decía la voz de la mujer, “sobrino” y “mátame”, “mátame”, “mátame”.
Hasta que Jaime llegó a la caoba, y abrió el féretro.
Adentro, un repertorio de prendas para dormir, arrumbadas sobre un cuerpo gris, a medio descomponer, que roncaba como si estuviera con vida y cuyos resoplidos, de tan intensos, lograban que el rostro se le notara descubierto. Sin dudarlo, Jaime se arrancó las prendas y se las empotró en medio de los labios al cadáver: éste se silenció al instante.
Volvió a cama, exitoso y en cueros, y se fue a derrumbar debajo de las sábanas de seda, luego se acurrucó en el colchón. Cerró los ojos y con un gesto de satisfacción volvió al portento de dormir. Al cabo de unos minutos, ya soñando, recuperó la rigidez en su sexo y esperó, sin saberlo, otra alarma fúnebre de su condena insaciable.

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