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Sábado de Cuentos

Sábado de cuentos: Job

Sin el esperanzador vuelo de una nube la tierra abría su vientre nostálgico de mujer abandonada para tragarse al sol que llovía fuego desde un lustro atrás. El hombre jaló al niño miseria arriba, las sombras desiguales serpentearon entre abrojos y piedras, entre excrecencias y animales muertos.

La sombra grande siempre adelante y la sombre pequeña atrás, jalada por una soga para atar puercos.

Dejaron atrás, hecho de tablas y de silencios, el ranchito infestado de muerte. Treparon la sierra reseca hacia los desfiladeros, hacia donde se despeña la tarde con la terca esperanza de no volver jamás.

El niño tropezó un par de veces y al encontrarse con la tierra probó unos granos de arena picante, pero sin llorar se incorporó para acariciar con los pies desnudos el cráneo de una vaca.

Nervioso, el hombre tiró del cordón y derribó al pequeño, quien se quejó cuando el cordón sudó sangre.

El calor derretía los pinos escasos que se erguían con cansado orgullo sobre la catástrofe. Los pies del indio Job desmoronaban la tierra inútil y su hijo Jesús sembraba surcos de sangre sobre sus pasos diminutos.

Job se detuvo un momento y tras de sí vio la obra de la desgracia y cinco siglos de dolor derramados sobre lo que quedaba del mundo. Sus ojos no pudieron llover ni una lágrima más y su rostro de piedra, de tan reseco, se tornó más inconmovible.

Alguien marcó su destino escupiendo desde la pila bautismal su nombre: Job, y desde entonces cayeron sobre él y su pueblo todas las calamidades. Manos blancas y enlodadas con sangre derribaron su paraíso, extendiendo el reino de Satán sobre pinos y rocas, envileciendo manantiales y cascadas.

Alguien se llevó el cielo y en un hueco dejó nubarrones de horror y fuego. Alguien se llevó a Dios y en su lugar quedó el cacique, el vendepatrias, el padrote de la agonía, el agiotista del daño.

Acercó el rostro al insecto para inquirirlo acerca de algo indescifrable, cuando de reojo vio la daga ensangrentada que una noche antes inyectó a su hermano durante una pesadilla de alcohol que no lograba recordar, el pueblo gritó su nombre y lo maldijo una vez más, como en la pila bautismal que lo condenó a arrastrarse como un traidor, sin serlo.

La resaca del homicidio le clavaba sus colmillos de culpabilidad, pero no lograba recordar nada.

La cucaracha blandió sus antenas y el joven reconoció la señal como una aprobación inequívoca para entregarse, para enfrentar a las leyes de los blancos y seguir su destino inexorable.

Tomó la cucaracha en su mano y corrió con emoción hacia su destino en reclusión. Tomó la daga asesina y la apretó con fuerza, hasta que su sangre se mezcló con la de su hermano muerto.

Al llegar a su celda recordó al insecto, abrió su puño y su recién llegada alegría trocó en tristeza extrema al ver a la cucaracha reducida a una masa maloliente. Entonces entendió la fatalidad de su destino y emprendió el camino de regreso, el que tuvo en un día remoto, cuando nadie lo llamaba Judas, o traidor, o asesino; pero esta vez tomó una soga resistente, la ató a un barrote y saltó al vació, no sin antes voltear al techo para asegurarse de no matar a nadie más.

 

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