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Sábado de Cuentos

Sábado de cuentos: La bella muerte

La mujer caminó el largo sendero de ataúdes baratos que conduce a la cocina y, aunque el amanecer dejaba al descubierto ese camino de estuches hambrientos, optó por andar el laberinto de siempre, a tientas, para rasgar el silencio contenido en esas cajas de pino corriente y satín empolvado.

Cuando sintió lástima por su desportillada tacita de pletre se dio cuenta que del pecho le quería brotar una tristeza de muerte. Hundió la totalidad del dedo índice para corroborar que el agua mugrosa del café hervía.

Sin grititos de mujer aceptó el dolor que le regaló el agua caliente y se envalentonó para recibir el beso infernal de un café que no sabía a nada. El bigote de solterona se le erizó al contacto con el mugroso líquido, pero no se atrevió a mirar en el espejo qué tanto la quemada había modificado su fealdad.

Era tan fea y sola que su presencia en los templos era interpretada como un reclamo a Dios. Su oficio de embalsamadora resucitaba la fe en el infortunio y su destreza para mejorar la apariencia de los cuerpos más dañados hacía pensar a todos que su fealdad era premeditada y estimulada por ella misma.

Pero nadie supo de sus infructuosos esfuerzos por masacrar el tedio de sus años de virgen consuetudinaria, de sus horas frente al espejo tratando de robar, a punta de maquillaje, el perfil perfecto de una de las tantas jóvenes sacrificadas por una de las bandas de violadores que asolaban la frontera.

Incineró parte de la esperanza en amantes pagados que prefirieron atesorar el hambre antes que obtener por su simulacro de amor billetes marcados con verrugas apasionadas, muecas insólitas y pelos anodinos.

La tristeza le sentaba bien, como la muerte a los rostros ametrallados que restregaba amorosamente para instalarles el semblante de tranquilidad que nunca tuvieron.

En los cuerpos de las mujeres le ganaban el profesionalismo y la piedad por sí misma, por eso la dotaba de estos de belleza devastadora.

En los restos masculinos aplicaba todo el rigor de su lengua de iguana nostálgica, hasta escaldarse el deseo, pero este día no había quien le derribara la pasión: ni el cuerpo del carnicero atlético al que mataron por nada y una pierna de cerdo, ni el anuncio de la llegada del cadáver del comandante de policía, que había acabado taladrado por la culpa de su insaciable cartera.

Un vistazo al cadáver de una mujer casi tan fea como ella la hizo decidirse. La mujer era casi de su edad, tenía la misma grasa impertinente de su cuerpo y el mismo bigote de gendarme de pueblo que había que rasurar dos veces al día. La habían traído en la madrugada, era la víctima número ochocientos y tantos de los asesinatos en serie. Una pieza fea y deforme del rompecabezas criminal de los últimos veinte años.

Le frotó a la mujer anónima la cabellera alambrada y le hundió la uña de bruja en una verruga cercana a otras verrugas. Le agradeció la claridad de su fealdad y se despidió de su nueva amiga inanimada.

Entró a su habitación para rellenar los baches de su desgracia y disimular con maquillaje profesional su irreparable pérdida de belleza. Disfrazó su cuerpo con lo mejor de su repertorio fúnebre y salió a las calles a buscar a sus oscuros amantes.

No esperó mucho. Hacia la media noche el grito de unos neumáticos le anunciaron que era la hora de enfrentar, en esa misma esquina, a la impostergable fortuna.

El saludo fue brutal, la caricia explícita, la penetración fugaz, la asfixia perpetua.

La muerte instaló en la mujer una belleza impenetrable, una sonrisa inédita.

 

 

 

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