Portada Reportaje
Image default

Siempre consideré insulsa la labor de escribir algo relacionado con estas pequeñas criaturas, pero ahora que me han despojado de mi sueño empiezo a comprender que su afán por hacerse notar, no ha sido en vano.

Quisiera ubicar el origen de estos fastidiosos seres, pero mi ignorancia no me permite otra cosa más lucrativa que la imaginación.

En el paraíso terrenal no los considero dignos habitantes, puesto que todo ahí era paz, porque bienaventurados eran Adán y Eva.

Quizá tras el destierro de nuestros pecadores ancestros y como parte de los múltiples suplicios a los que se hicieron merecedores, surgió el protagonista de mis desvelos.

El diluvio tampoco pudo acabarlos y como es de suponerse, Noé compartía conmigo, sin saberlo, la opinión de que estos seres no poseían utilidad alguna. Ni siquiera se pueden comer, que yo sepa, por lo que debió tomar la sabia decisión de hacerse el despistado, omitiendo así al mosquito de su larguísima lista. Fue entonces cuando esta criatura tomó la trascendental decisión de abordar, quizás, la musculosa pierna del atareado Noé.

(Cabe aclarar que el abordaje no lo hizo solo, sino que se llevó una parejita para aprovechar el viaje).

Sigo imaginando el origen del mosquito, mientras un comando fuertemente armado de saetas hace guerra de guerrillas en mis piernas, mis brazos, mi cara y mis etcéteras. Esto me tiene sumamente molesto.

Entre mis pensamientos están infiltradas la tolerancia y la compresión, por lo que dejo que hagan de las suyas, y es que, después de todo, los mosquitos tienen dignidad, no andan batiéndose en el excremento como sus parientes lejanas, las moscas.

Pero pequé de comprensivo pues uno de ellos, el líder, supongo, y el más audaz — estoy seguro —, atacó con violencia extrema mi fosa nasal derecha. Esto era intolerable. Introducir el índice al lugar de los hechos era lo menos que podía hacer.

Lo trituré. Le di vuelta en espiral, lo saqué de mi nariz y lo lancé lejos.

Todo volvió a la calma, quedé pensativo y me llegó el arrepentimiento. Pensé en el Gregorio Samsa de Kafka. Me incorporé, encendí la luz y busqué al finado mosquito. Lo encontré hecho pedazos. No había nada qué hacer, sólo puse sus restos en mi espalda desnuda y esperé a que los dolientes velaran al desaparecido.

 

Artículos Relacionados

Red es Poder: 5 años de periodismo y agradecimiento a nuestra comunidad

Editorial

Red es Poder: un año de retos, logros y metas por cumplir

Editorial

Trabajar duro para hacer periodismo independiente y sostenible

Editorial
Cargando....