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Una noche cualquiera en donde las alcantarillas humeaban su pestilencia y las calles pedregosas y encharcadas eran consoladas por la ausencia de pisadas y ruido inmundo, Pablo, el niño, mordía una paleta para saciar el hambre que venía ulcerando sus ganas por vivir. Su única compañía era una jauría adherida a sus costillas y un vendedor de cigarros que, de vez en vez, le regalaba algo de comer.

      — ¿Otra vez en la calle, niño? Preguntó el vendedor mientras se urgaba la nariz con la uña larga que presumía su dedo meñique.

       — Ya sabe, señor. A veces la noche no me quiere soltar.

       — ¿Ya comiste algo? Hueles a puros orines.

      — Pues tengo esta paleta que me regaló una señora hace rato, es mejor oler mal que tratar de orinar en este lugar, aquí la gente es muy fijada y me da miedo.

       — ¿Por qué fijada? ¿A qué te refieres? —Preguntó al niño con mucha intriga.

     — ¿No sabe? ¿Acaso no ha escuchado lo que se dice por aquí? Este lugar no es para gente como yo, aquí los niños lloramos, sufrimos y somos perseguidos. No tengo mamá… bueno, sí tengo, pero se la pasa trabajando abrazada de señores gordos y feos, la tratan muy mal pero ella también es mala conmigo, por eso no la quiero y por eso me la vivo en la calle.

     — ¿Y tu papá?

— A mi papá no lo conozco. Hay personas que me dicen que cualquier hombre de este barrio podría ser mi padre, supongo que por el trabajo de mi mamá.

— Oye, niño, disculpa, pero ¿cómo hablas de tanta cosa fuerte y cómo la entiendes si, a lo mucho tienes unos ocho años?

— La calle es dura, señor. El frío, el hambre, la oscuridad y la soledad no son nada comparado con lo que se ve aquí. Me gustaría irme e ir a la escuela y ser normal pero no puedo…

Al escuchar el relato de Pablo, Jaime, el vendedor, quedó petrificado y paralizado por unos segundos. La niñez, para él, debe ser para jugar, para equivocarse, para eructar, para reír, para gritar y Pablo era sólo un gargajo del destino que, al parecer, no merecía sonreír.

      — Ven, Pablo, vamos a que comas algo. Tira esa paleta y vamos a platicar.

     — Sí, señor. Sólo quiero decirle que, pase lo que pase, no dejaré la calle porque, dentro de todo, la conozco, sé dónde esconderme y qué hacer cuando estoy en peligro y en una casa, por más bonita que esté, en cualquier momento me puede pasar algo.

La lluvia comenzó a apedrear el asfalto de la calle. Jaime y Pablo corrieron y llegaron a un viejo edificio mal pintado, trazado con fisuras inmensas y adornado con voluptuosas y amorfas mujeres que, a pesar de la tormenta, sólo portaban unos hilos que tapaban sus genitales.

      — ¿Te quieres estrenar, güerito? Ven con mami. — Le dijo a Pablo una señora que, sin lugar a dudar, rebasaba los cincuenta años.

      — No les hagas caso, Pablo, estas señoras son mis amigas, no te harán nada. — Replicó Jaime, al ver la cara asustada del pequeño.

Después de subir unas eternas y tambaleantes escaleras de caracol, Jaime, quien tomaba de la mano a Pablo, derribó una puerta podrida que daba acceso a un cuarto instalado en la azotea.

Al prender la luz, un puñado de ratas se guarecieron debajo de los tres muebles que tenía aquella habitación.

      — Aquí puedes dormir Pablito, en la mesa hay una bolsa con pan y una jarra de agua. Por seguridad cerraré la puerta con llave y vendré a verte por la mañana.

        — No quiero estar aquí, me dijo que sólo me iba a dar de cenar. ¡Déjame ir!

       — No te preocupes, Pablito, vas a estar mucho mejor. Tengo planes para ti, ¡cálmate! Deja de chillar, pareces mariquita. Tendrás noticias de mí mañana antes  de que anochezca.

El niño, aturdido y triste, invadió el rincón donde se guarecían las ratas. Se sentó y abrazó a sus rodillas toda la noche. Los relámpagos que musicalizaron aquel momento hacían pensar en el lugar común de las historias de terror. La patética y terrible vida callejera de Pablo ahora empeoraba con su naciente claustro.

La noche comenzó a ceder. Al salir el sol, las ratas se escabulleron y el pan que Jaime le había dejado a Pablo aún seguía entero pero endurecido y atestado de hongos. Al parecer ya tenía mucho tiempo de haber estado a la intemperie. Al concluir la mañana, la puerta del cuartucho comenzó a ser manipulada. Pablo, por un momento, pensó que lo rescatarían y que lo ayudarían a escapar de allí pero, al abrirse, sólo vio el cadavérico aspecto de un Jaime entintado de una resaca que desprendía un olor putrefacto, parecía que en lugar de tequila o whisky o cerveza padecía de una cruda por formol.

Jaime tomó con fuerza al niño y lo llevó arrastrando a través del inclemente y apedregado piso hacia la zona central del edificio. El niño lloraba como nunca antes lo había hecho. De pronto, toda su inocencia y toda la susceptibilidad que lo rodeaba lo empezó a dominar. Jaime y él entraron a un piso que, evidentemente, era el escenario de orgías y de encuentros en donde el placer se desvanecía y la lujuria y la perversión hacían pareja para destruir cualquier signo de inocencia de seres vírgenes e inexpertos. De forma súbita, lo que originalmente fue una invitación a cenar de un señor hacia un niño abandonado, se convirtió en un secuestro para destruir la ínfima astilla de inocencia que vivía dentro de él.

El llanto cimbró las paredes de aquel lugar. Un puñado de seis o siete mujeres arrasaron con el niño y lo consumieron durante meses y años hasta dejarlo adherido a sus propios huesos. Con el paso del tiempo, Pablito creció y se habituó a una vida carente de todo y generosa de nada. Después de algunos años, ese mismo niño que comía una paleta antes de ser abordado por Jaime, ahora se sabía un proxeneta y un usurpador de inocencia.

        — Hola, amiguito, ¿cómo te llamas? ¿Quieres ir a comer algo? — Le preguntó Pablo a Juanito, quien nunca se imaginó lo que iba a suceder después.

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