Portada Reportaje
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En un barrio común se encuentran varias calles tan habituales como el mismo barrio. Allí hay una casa típica, ni menos blanca o gris que las otras, con el jardín cubierto por el mismo verde que las demás. Justo ahí vive un ama de casa precisa en sacar la suciedad de los platos. Talla una y otra vez, formando una blanca espuma. Saluda a los niños que juegan frente a su jardín con una suave sacudida de su muñeca. Su marido está por llegar. Se enjuaga las manos y levanta la cubierta de la sopa, agrega una pizca de sal y pimienta, meneando por último todos los ingredientes ¡Está lista! Ahora tiene que cambiar a la pequeña, su pañal debe estar sucio; además de esto tiene que alimentarla, bañarla, mecerla, un sinfín de tareas. Camina a la habitación, hasta una cuna rosa donde encuentra a una hermosa bebé, su bebé. Una adorable criaturita con risos pelirrojos, quien la espera ansiosa y risueña; la toma en sus brazos y jura que por esa sonrisa ella es capaz de soportar cualquier cosa. Esos dos, casi tres dientecitos que asoman en su boca son culpables de su inmensa felicidad y pronto los deberes que ella le exige se convierten en las más placenteras actividades. La papilla, el biberón y después de un baño se sienta en la mecedora, tarareando una dulce canción de cuna mientras esperan a papá. El mundo podría colapsar en ese momento y ella apenas lo notaría. Sandra Soriano Muy puntual, como siempre, él llega a ojando un poco el incómodo nudo de su corbata; deja la bolsa de su comida en la mesa y su maletín en el suelo, y no es hasta que ve a una desaliñada pero hermosa mujer meciendo con afán un pequeño bultito que la fatiga se desvanece. Su rostro se conmueve y sus ojos verdes cobran vida. Se acerca y la besa dulcemente. Después de eso, se inclina y sus labios depositan otro beso en la bebé. El plástico está húmedo. “Hoy fue día de baño”, piensa. “Hoy fue día de baño, cielo; ahora está durmiendo”, ella confirma con un susurro, y él le sonríe. En su mirada hay amor. Sin embargo, un dejo de pena quiere colarse por sus ojos, pero a ella le basta una sonrisa para que él vuelva a colmarse de amor y felicidad. No importa el cansancio del trabajo, tampoco tener que tomar un plato de agua caliente con sal antes de poder comer lo que, día con día, tiene que comprar saliendo de la o cina. Tampoco importa tener que besar, arrullar y cuidar a un rígido muñeco al que además tiene que amar, porque está ella, la mujer a la que ama. No sabe si este exorbitante amor lo ha vuelto loco, ¿Quién lo es más? ¿Ella por vivir en un mundo de fantasía o él por soportar y fomentar eso? ¿Mejorará? No lo sabe, pero no importa. Mientras ella sea feliz, todo estará bien. ¿Qué más da quién esté más loco? ¿A quién le importa en realidad? Al menos, no a él.

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