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Enfundado en su cómoda impunidad, el Patriarca avanzará con pasos soberanos sobre la casa donde ha pasado sus mejores navidades.

La bata de seda sobre la camisa de cien salarios mínimos y la corbata satinada que no serviría ni para anudar el suicidio de un obrero enmarcan su presencia siniestra, desalmada.

Sus pasos lentos acompasan su vida de regalo, de rechupete, su vida inmejorable.

El pino navideño se eleva sobre el orgullo del jefazo, del Patriarca, del imbatible. El árbol  arrancado de una tierra sembrada de hambres y lamentos se expande sobre la sala como una antorcha jubilosa.

Un punto mínimo, chillón, discordante, pende de uno de los brazos del árbol mutilado por hachas asesinas.

El Patriarca empequeñece aún más sus ojos de roedor para enfocar el prurito que baila destellante en su color rosa mexicano: es una postal amarga, sin luz, en donde refulgen un par de zapatitos de recién nacido sobre un fondo de cruces que le dan un toque de macabra alegría. La postal atrae la atención del ávido lector que ha sido, por años, incapaz de practicar una sola de las ideas alineadas en kilométricos libreros.

El Patriarca lee: «Cecilia Alejandra Covarrubias Aguilar, desaparecida el 14 de noviembre de 1995, Ciudad Juárez, Chihuahua, México».

La curiosidad del Puedetodo evita que sus torpes manos destruyan a la postal invasora. Desearía estrujarla, romperla, quemarla sobre su propio pecho, en donde alberga hogueras de odio y vanidades, pero la gira para odiarla más. Se entera que va dirigida a él, que la firman cientos de cuerpos violentados, cientos de almas arrebatadas por la guadaña feroz de un desconocido. Mordidas por los dientes mellados de un loco.

Lee más: «Cecilia mi hija salió de nuestra casa al centro de salud, llevaba en brazos a su pequeña hija Cecilia Alejandra, de 2 días de nacida, que estaba enferma de los ojos. No regresó».

Sus ojillos escarban más, porque en la tierra del ocio la curiosidad reina: «Cuatro días después el cadáver de mi hija Cecilia, violada, fue tirado en el desierto y mi nieta permanece desaparecida».

La ira es un hacha ante el árbol que ya de por sí es un zombie en el sepulcro del Patriarca, pero la postal incómoda ha hipnotizado al tirano que inyecta su mirada sobre el humilde cartón: «El crimen de mi hija, como el de cientos de mujeres en Juárez, permanece impune. El ex procurador Solís Silva cambió sin mi consentimiento el cadáver de mi hija a otro cementerio. Perdieron las pruebas de ADN».

El odio tiene hambre de desquite y se desboca, pero la curiosidad se alimenta de más odio y sigue leyendo: «Soy Soledad Aguilar, madre y abuela que busca en ustedes la fuerza que en ocasiones me falta para continuar buscando al asesino de mi hija y espera algún día encontrar a mi nieta, quien permanece con una identidad negada. Las autoridades no la buscan, como tampoco buscaron a mi hija. Ellas viven porque yo las he hecho vivir con mi lucha por la justicia».

Es demasiado, el odio del Patriarca arranca la postal de tajo, sin importar que el desmesurado pino caiga sobre su propio cuerpo.

El Patriarca se abre paso entre las ramas, pero sujeta triunfal el cartón, que estruja, aglutina y devora emoción.

La postal continúa su batalla, ahora en la garganta del tirano, que agranda sus ojos de rata para alcanzar una bocanada de aire, de vida. Pero sólo un estertor de la boca del voraz lector que nunca aprendió nada.

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