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Sábado de Cuentos

Sábado de cuentos: El poeta y el poodle

“Hay un cariño sórdido”, decía el poeta. Y remachaba: un cariño sórdido que me eleva las entrañas, aún, cuando estoy detrás de ti y me encasilla una luz tuya, todavía, a pesar de que te perdí en el asueto de tus inmensas huidas.

Extendió la mano entonces, y le tocó el lado del vientre adormecido explicando: esta silueta, me asquea, porque contiene las fosas de detritos de nosotros; quiero decir, recuerdos: tontos y repugnantes secretos que nos guardamos.

¿No es así? Le pregunta. ¿No es así que el vientre este que apenas rozo, está adormecido por tu frialdad, por tu siempre helada repartida de besos? ¡Despierta, absurda! Me ignoras como si entre tanta maraña tuvieras sueño.

Y se levanta, el poeta, con el puño alzado para darle énfasis a sus versos. Aquella todavía está de espaldas, abrazando la almohada, el calor de esa noche le obliga a tener un pie afuera de las sábanas.

De pronto las rasgadas del poodle afuera del cuarto ya se notan, escarbándole al pino para poder entrar.

Deja tú, falsa, que me dejes; que me hagas una roca muda. Deja tú, que te haya amado. Habla el literato, viendo a la ventana, parece que con la luna o con las estrellas. Hasta que el drama le hace voltearse enardecido y grita: ¡es la herida, gloriosa, la incansable búsqueda!

El poodle rasca la entrada, enardecido, y entre cada desgarre hace un chillido de esfuerzo; no pareciera que llora, como harían otros, más bien es la determinación de querer entrar la que hace inevitable el jadeo.

¡La incansable búsqueda! ¡El siempre enmudecido rostro humilde, pediche, lastimoso!

Entonces avienta la botella encima del buró hasta arriba la cabecera de la cama. Los vidrios se riegan sobre la mujer acostada y el alcohol hace una cascada de tinto que aparenta un sangrado lóbrego de las paredes.

Todavía no hay respuesta de ella, sólo que un leve retortijón, como si soñara que se estuviera cayendo.

No queda mucho de la puerta del cuarto, el poodle exige la entrada con desesperación y entre más se acerca al cuarto más le duelen las uñas por las astillas incrustadas en sus patas.

Es el fin, el que se tambalea frente a nosotros, ¿no?, dímelo, es el fin, me fuiste infiel con el final. Es el que te ha seducido.

La pata izquierda del perro rasga con éxito una abertura, luego la derecha la dilata y es cuando usa los dientesillos, después el hocico completo hasta que entra toda la cabeza y el animal se sacude exasperado.

-Fue el fin, repite el poeta. Te embriagaste con acabarnos -de espaldas hacia la ventana, el hombre se deja caer, la cadera se apoya en la moldura de la ventana del segundo piso y, al cabo de nada, su cuerpo gira en el aire y se desparrama en el suelo del jardín.

Entra, el poodle, dejando un boquete detrás, y se apresura a aventarse sobre la cama. Acomoda su lomo contiguo al de su dueña y, consiguiendo su meta, se lame las extremidades.

La cabeza de la mascota excursiona de un lado a otro y entonces se levanta, incómodo, y camina por el tálamo de sus dueños hasta que salta encima de la mujer y termina acomodándose cariñoso en sus brazos.

Ya ahí, al fin cómodo, regresa el perro a lamerse la sangre de las uñas, para curárselas. En seguida hace lo mismo con su dueña, sin pensarlo, y comienza a lamerle poco a poco la sangre cuajada del cuello, hasta que se cansa y posa sus orejas sobre el pecho manchado de la dueña. El poodle duerme satisfecho.

 

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