Portada Reportaje
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«Mi reino no es de este mundo», se dijo a sí mismo el hombre desde el primer encontronazo con la desgracia.

Perdió lo que pudo sujetar por instantes y jamás alcanzó lo que e la desgracia podría llevarlo a la gloria.

Pero se le ampollaron los pies y el alma de tanto andar sobre la adversidad.

Su reino no era de este mundo, pero escribió en el terreno de la realidad para dejar constancia de los tiempos siempre malos.

Como todo desafortunado, amó sin ser amado y le amaron quienes ni siquiera contaron con la atención de su tacto.

Ganó fama y fortuna con la descripción detallada de su desventura, pero pronto perdió todo y otra vez ganó y volvió a perder, en una consecución natural de la desdicha.

Pero a sus entereza no la derribó ni el hambre, ni el frío, ni la cárcel y pronto se enfiló hacia la muerte, hacia su verdadero destino.

Como buen desventurado también fracasó en sus intentos de los temerarios saltos al vacío, porque estaba destinado a sufrir para alcanzar un estado mejor, al menos eso era lo que le convenía creer.

Un día, sin pensarlo, sin intentarlo, murió el hombre cuyo reino no era de este mundo.

Toda la espera, toda la desdicha, las toneladas de sufrimiento, todo sería poco frente al calor enloquecedor del infierno.

 

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