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Sábado de Cuentos

Sábado de Cuentos: El rescate del infierno

     — ¡Tranquilos! Vamos a salir todos con calma, sin empujar. — Imperó la maestra quien intuyó que sólo se trataba de un temblor más, como cualquier otro.

La evacuación fue pronta y ágil, todo había salido bien porque a penas unas horas atrás se había llevado a cabo el simulacro para conmemorar el trigésimo segundo aniversario del terremoto.

La maestra, uno por uno, comenzó a contar a cada uno de los adolescentes. De pronto, se dio cuenta que faltaba uno. Arturo, quien había salido del salón minutos antes del sismo, estaba desaparecido.

      — ¡No mames, güey, no mames! — Exclamaba Arturo a su propia sombra.

      — Apúrate cabrón, esta madre se está moviendo muy culero. — Se decía a sí mismo, como motivándose, como sacando a relucir su instinto de supervivencia.

      — Se está cayendo la escalera, no mames, ya valí verga.  — Sollozaba Arturo, quien entre lágrimas preveía que algo gigantesco estaba por caer sobre su espalda.

La tierra se movía de un lado hacia a otro, era como ver una marea impulsada por un huracán. Las ventanas comenzaron a crujir hasta que explotaron y se incrustaron en el brazo de Arturo, quien, envuelto en pánico, ni siquiera sintió el dolor de las cortadas.

Aquel minuto, para él, fue una eternidad, todo ocurría cuadro por cuadro, como si se viera todo en cámara lenta. Escuchaba alarmas por todas partes, el rechinido del edificio lo hacía recordar cuando le sacaron la muela del juicio. El yeso de las paredes se comenzó a desprender y, con eso, como en efecto dominó, el cascajo comenzó a llover por todas partes. Arturo sabía que ya no había manera de salir, tenía la certeza de que, si se quería salvar, tenía que buscar un lugar para guarecerse.

El temblor estaba en su máximo nivel de intensidad, todos los cristales ya se habían colapsado, las escaleras yacían trituradas y los muros comenzaban a caer como soldaditos de plomo. Arturo, apegado a las normas que siempre le enseñaron en la escuela, se puso debajo del marco de una puerta y, ahogado en lágrimas, comenzó a rezar.

     — Diosito, sácame de ésta, te lo pido, por lo que más quieras. — Era la primera vez que Arturo se encomendaba a Dios. Su vida, sus modales y sus creencias aún no estaban bien definidas.

     — No quiero morir, que ya pase esto, por favor. — El llanto ya era tibio, desolador, su ímpetu por sobrevivir era minado por la brutal imagen que tenía a su alrededor.

De pronto, el edificio colapsó, el piso comenzó a moverse y a agrietarse hasta que cayó. Al impactar el suelo, el joven quiso aminorar el golpe metiendo el brazo, pero sólo logró que éste se doblara como plastilina y que quedará totalmente deforme. Así, cascajo por cascajo, piedra por piedra y losa por losa, todo comenzó a caer encima de Arturo. Él, con el brazo sano que le quedaba, y con la poca conciencia que tenía, se protegió la cabeza mientras poco a poco iba siendo sepultado por los escombros.

Ni Dios, ni la naturaleza, ni su propia pericia, ni la ingeniería del edificio se quisieron poner de acuerdo para evitar la lluvia de muerte que había anegado a Arturo.

Casi inconsciente, comenzó a escuchar un bullicio que lo motivó a tratar de moverse. Por como cayeron los escombros, un pequeño hueco había quedado entre su cabeza y su cintura, así que, con un brazo roto y el otro raspado y golpeado, trató de arrastrarse y comenzó a gritar.

          — ¡Ayuda! ¿Alguien puede oírme?

         — Me duele mucho, por favor, ayúdenme. — Gritó con menos fuerza porque el aire comenzaba a escasear.

La nube de polvo que estaba sobre Arturo era insoportable. La respiración era cada vez más pausada y sus pupilas se comenzaban a dilatar. A lo lejos se escuchaba el ladrido de los perros y las palas y los picos removiendo escombros pero nada de eso era suficiente como para que se colara, al menos, un ínfimo rayo de luz.

Pasaron horas y días, Arturo ya no sabía si estaba vivo o muerto; el hambre, el dolor y la sed que lo aquejaban lo hacían pensar que se encontraba en el infierno. Él sólo quería dormir y descansar, soñaba con una cama suave y una cena abundante. Mientras tanto, fuera de los escombros, los rescatistas ya estaban cerca de él, pero una monolítica viga era el principal obstáculo para sacarlo.

— Si removemos esa madre, vamos a aplastar al muchacho. — Dijo uno de los rescatistas.

— Creo que yo puedo entrar, dame oportunidad, sí lo podemos sacar. — Replicó uno de los brigadistas.

— Es muy peligroso, ya detectamos a una persona que está atrapada, no queremos que tú también te quedes ahí. — Contestó el responsable del operativo.

— Confía en mí, si me doy cuenta que es imposible sacarlo, me regresaré inmediatamente.

Así, el rescatista, que tenía por nombre Juan, se escabulló como un sabueso en una madriguera y , al quitar algunas piedras que estaban en el camino, permitió la entrada de luz que despertó a Arturo.

El joven abrió poco a poco los ojos y, de manera borrosa, notó que alguien le estaba tendiendo la mano.

— Ya estás a salvo, muchacho, vamos a sacarte de aquí de una buena vez. — Le dijo con un tono dulce y paternal.

Fue tal la impresión, que Arturo esbozó una pequeña sonrisa y volvió a cerrar los ojos.

Juan, al tomarlo del brazo, se dio cuenta que no lo podía jalar hacia él, una de las piernas del muchacho estaba aplastada por una losa. Así, gracias a la linterna, Juan se percató que, debajo de Arturo, había una profusa gotera de sangre que provenía de su pierna. Inmediatamente el rescatista regresó a la superficie y le pidió a al paramédico que hiciera todo lo humanamente posible para salvar al muchacho. La gente, por otra parte, se mantenía expectante, la esperanza de poder rescatar con vida a un muchacho no podía ser menguada por ninguna circunstancia.

El paramédico tomó su equipo e ingresó por el mismo camino que señaló Juan. Él, lo iba guiando para que no cometiera alguna torpeza y así evitar algún derrumbe.

Llegaron con el muchacho, quien aún tenía signos vitales. Su rostro pálido y empolvado lo hacía parecer como un cadáver, pero su corazón aún no cesaba. El paramédico sacó una botella de antiséptico y se la aplicó al trozo de pierna que no estaba aplastada por la losa. Tomó una sierra convencional, previamente desinfectada, y comenzó a amputarle la pierna a Arturo. Él, aún con las pocas fuerzas que le quedaban, recobró el conocimiento a causa del intenso dolor. Tenía tan baja la presión arterial, que la anestesia le podía haber provocado un paro cardiorespiratorio.

El paramédico permaneció un par de horas junto a Arturo y logró hacer el procedimiento manteniendo con vida al muchacho.

De pronto, la sirena de una ambulancia comenzó a sonar. Nunca había sido tan buena señal ese ruido infernal, eso quería decir que estaban sacando a alguien vivo, eso era la señal de que la esperanza tiene fortaleza si ésta la sustentan con trabajo y confianza. Arturo, inconsciente, salió del infierno donde habitó las últimas 18 horas. La gente comenzó a aplaudir y a festejar el rescate del muchacho. Juan, el paramédico y los brigadistas que estaban al pie de los escombros, se fundieron en un abrazo tierno y sincero; ni el polvo, ni las doscientas muertes, ni los derrumbes, ni el pánico, ni la memoria histórica fueron suficientes elementos para borrar esa enorme alegría.

Los muertos siguieron apareciendo aquella tarde. Las pérdidas humanas fueron devastadoras. Las familias sin hogar tuvieron que empezar de cero. Pero nada, ni nadie, será capaz de borrar el día en que salvaron a Arturo del infierno.

 

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