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Sábado de Cuentos

Sábado de cuentos: Trascendente

-¿Quién es su mayor inspiración? -preguntó la insistente reportera. Como si nunca lo hubieran hecho, como si esta no fuera la cuestión más común que suelen hacerme, incluso más que cuál es mi maldito nombre. La realidad es que mi respuesta siempre variaba, según mi estado de ánimo o alguna entrevista que haya visto o mi amante en turno o, incluso, el libro que leyera en el momento. Éstas respuestas con el paso del tiempo carecieron de originalidad y de ganas.

Sin embargo, en mi cabeza estaba la verdad; el regreso de mis años como universitario, y de esa puta belleza morena:

Recuerdo que la universidad me resultaba mucho más excitante de lo que cualquier persona de mi edad podría haber aceptado. Recién había llegado de un año como voluntario en no recuerdo qué pueblo abandonado por Dios y estaba lleno de experiencias y de ideales que sólo la gente realmente jodida de este país podía darte. Era más que obvio que yo estaba en un nivel de comprensión mucho mas alto que cualquier pseudointelectual universitario. Iluso, soberbio y joven.

Después que llegué, los primeros días fueron de lo más cotidiano: ¿por qué escogiste esta carrera? ¿Cómo te ves en 5 años? ¿qué es lo que más te gusta hacer? Fueron esas mediocres y carentes de originalidad cartas de presentación en la mayoría de mis clases durante la primera semana. Muchos de mis “colegas” repetían una y otra vez el mismo discurso de querer ayudar a las personas, de escoger la psicología para conocerse mejor. Otros, incluso más estúpidos, agregaban con una fascinación repulsiva el querer trabajar con psicópatas, como si no fuera obvio que solo el 30% de nosotros terminaría la carrera en serio y que, con el paso de los días, la mayoría, si no es que todos, comenzarían a autodiagnosticarse alguno de los trastornos básicos.

Me encontré con viejos amigos, por supuesto, ¿qué se podía esperar de una ciudad tan diminuta en donde todos se conocen y, si no, inventan que se conocen?

Fumábamos entre clase y clase, conversábamos de trivialidades: quién había besado a quién, cómo había terminado la noche después de que la novia de no sé qué estúpido se había vomitado en el bar y los habían corrido. Pocas veces hablábamos de lo jodido que estaba el país, de nuestra obligación como futuros revolucionarios, de lo que de verdad importaba.

Una noche, mientras fumaba yerba con Diego y mis amigos borrachos José y Valente, ellos terminaron por ceder ante los caprichos de sus novias para autoinvitarse y a Diego y a mí no nos quedó otra y  aceptamos. Sobre todo por la promesa de  las piernas y pechos, en turno de Modesto

-las cuales, nunca creyó que serian las últimas- traerían a otras dos para Diego y para mi. Estábamos lo suficientemente drogados y borrachos como para aceptar lo que fuera.

Después de lo que fueron seis cervezas más, la manada de mujeres aparecieron. Dos de ellas, creo recordar, estudiaban algún tipo de diseño en modas o interiores, otra era estudiante de economía, las últimas piernas de Modesto, enfermería. Lo recuerdo, por cierto, ya que de vez en vez los frecuento. De lo que no me puedo olvidar es de ella: una morena con unos ojos almendrados y una mirada desafiante que te hacía sentir derrotado sin siquiera intentarlo, enmarcados por unas larguísimas pestañas negras.

La plática de todos en la sala constó, primero, de coqueteos preliminares, esos que tanto necesitan las mujeres, luego, fueron suficientemente persuasivos para que todos siguieran hacia una frenética lucha de lenguas y manos etílicas. Yo me mantuve afuera del lugar, seguía peleándome con mis pulmones por esa última calada que le había dado a mi porro cuando regresé y ya todos habían escogido a sus amantes alcoholizados. Para mi suerte, aquella morena, ella, Amelia, había tenido la “mala suerte” de olvidar sus cigarros en el carro de Isaura que estaba estacionado en la calle siguiente.

-Me desaparezco por menos de diez minutos y esto ya parece el final de un banquete griego -dijo, mientras prendía su tan ansiado cigarro-. Espero que no pienses que el alcohol me abre las piernas tan rápido como a mis amigas -cínica y retadora: me quedé prendado.

-Estaba a punto de decirte lo mismo, Amelia, ¿es esta tu técnica para seducir a este        pobre borracho? -rió, y qué sonrisa.

-Eres un estúpido. Ven, vámonos de aquí, antes de que se les ocurra volverlo una fiesta compartida -la seguí hasta que nos metimos al carro de Isaura.

-Entonces eres un psicólogo con alma de filósofo, ¿qué mas? -tardé unos segundos en contestar, cómo era posible que una frase tan ordinaria se hubiera vuelto tan personal, pareció obligatorio tener una respuesta lo suficientemente elaborada y profunda, como si fuera la única forma de contestarle.

-Alma de filosofo, me gusta -sonreí y miré por el parabrisas-. Tengo corazón de revolucionario.

-Idealista, lo sabia, me gusta.

-Pero ¿y tu? -y fumó.

-Yo soy una esteta en busca de trascender.

Como a eso de las 6:36 de la mañana salieron las invitadas, mucho menos atractivas y cayéndose de sueño. Caminaron fuera de la casa de Valente y arrancaron sus carros rumbo a la de Martha. Cuando todo terminó, yo me dediqué a pensarla: esa noche le regale mi embriaguez y mi insomnio.

Pasaron tres días y fue cuando volví a ver a Amelia. Otra vez estuve en casa de Valente; tomaba y hablaba de una y de otra cosa, sin sentido. Hasta que ella llegó. Tarde,  era su costumbre, me hizo pensar que nuestro primer encuentro no le hubo causado la misma impresión que a mí, como si la muy desinteresada no se muriera de ganas por verme, por volver a hablar. Se dignó a aparecer por la puerta principal mientras yo sacaba las cervezas del refrigerador.

-¿Siempre van a ser así nuestros encuentros? Por favor dime que no llegué justo en la orgía -hizo un gesto de súplica y todo mi enojo se esfumó.

-Lamento decirte que llegaste tarde a la orgía semanal, los restos de nuestros amigos yacen en la terraza, cubiertos de fluidos y alcohol -reímos-. La verdad es que estoy tomando mi tiempo porque están hablando de la influencia de las revistas más importantes de este año, Jose y Valente no se atreven a callar a sus novias.

-Pensé que ya habían hablado lo suficiente de eso -agarró una cerveza y bebió-. No       tienes una idea de lo cansada que estoy de escucharlas, es tan aburrido -un trago mas-. No me mal interpretes, son mis amigas, pero me resulta muy aburrido escucharlas todo         el día hablar de eso. Paloma y yo estamos aburridas, digo, no es como que el escucharla a ella hablar de sus pacientes sea muy divertido, pero al menos las historias son diferentes y mucho menos frívolas -abrí una cerveza.

-Así que, ademas de escritora y feminista renegada eres una amante de las conversaciones trascendentales y profundas -por un instante su mirada cambió, apareció en sus ojos una luz, una chispa fugaz. Ojalá le hubiera prestado la atención que le prestaba a sus labios sorbiendo la botella de cerveza.

-¡Claro que si! supuse que lo habías deducido con la plática del otro día -le había importado ¡para ella también había sido lo que para mí!, o, por lo menos de cierta manera.

-Sabes qué -dijo-, quiero presentarte a unos amigos ¿estás libre este jueves? -y escuché mi corazón latir como pocas veces: pum, pum, pum. Puedo jurar que esa noche no me importó que hablaran de cualquiera que fuese la estupidez en turno, sólo escuchaba ese pum, pum, pum.

El jueves siguiente llegó a mi casa, media hora tarde. Se había empeñado en ser ella quien me recogiera, con la excusa de que sería mucho más sencillo llegar al bar de su amigo si ella manejaba -No soy nada buena para dar direcciones, en serio, pero conozco cómo irme -además de soltarme un sermón sobre el hecho de que no había nada de malo en que fuera una mujer quien manejara-. La mujer puede tener iniciativa sin necesariamente castrar al hombre -tan aferrada, tan soberbia y retadora; tan ella, ¡maldita sea!

Créeme, soy una excelente conductora, me decía, mientras se reía con el cigarro en la boca, tratando de maniobrar con su melena castaña que bailaba al son de Olsen Olsen en una danza con el aire que entraba por la ventana y el humo de su cigarro. Ella no paraba de contarme sobre sus amigos, de lo bien que congeniaría con ellos y ellos conmigo. Apenas escuchaba un 30% de lo que me decía, estaba embriagado de su risa, de los ademanes que hacía con las manos, de su cabello bailando y queriendo escapar por la ventana y de sus ojos, esos ojos tristes que me veían de vez en vez, cuando apartaba la vista del frente para enfatizar algo; no podía dejar de verla mientras daba una calada tras otra a sus cigarrillos interminables. Así estuve, embriagado de Amelia, completamente borracho y ella ni cuenta se daba.

Llegamos a Soriano, el bar de uno de los mejores amigos de Amelia. Caminamos hasta una escalera larga que nos llevó a uno de los cuartos de aquella casona vieja; era allí donde se reunían comúnmente. Nadie fuera de ellos podía entrar, estaba prohibido a cualquier cliente. Entonces conocí a quienes se volverían mis mejores amigos con el paso del tiempo. El dueño del bar era Manuel, pero todos le decían Sabines, él lo había decidido así por una vez que conoció al poeta con quien compartía apellido. Minerva era la pintora, en aquellos momentos se encontraba haciendo una serie de desnudos en los que aparecían Amelia. Minerva buscaba una liberación física, emocional y espiritual a partir del cuerpo como arte, pintaba para deshacerse de las ideas impuestas a las mujeres sin su consentimiento. Desvestirnos para liberarnos, decía. Pink, de quien supe su nombre meses después, era una filóloga, apasionada de la poesía y que, según me entere, amaba los versos por ser lo poco que la sanaban del corazón, herido por una serie de amargas experiencias sobre amar sin ser correspondida. Quetzal, escultor, había abandonado la carrera de psicología para viajar por todos los pueblos de Mexico que le fueran posibles, en busca de inspiración, en busca de una liberación y encuentro consigo mismo. Recuerdo lo ofendido que me sentí cuando dijo que la teoría de Freud debería de ser considerada mas como filosofía, dada la rigidez de sus bases. Estaba también Samuel, quien había estudiado filosofía y se empeñaba en que sus alumnos se enamoraran de Kierkegaard, entendieran lo que era el amor por boca de Platón y cuestionaran sus ideas y se contradijeran como Nietzsche. Lorenzo era el músico, y ambicionaba con borrar las barreras que nos separan como culturas através de sus apasionantes tangos y flamencos con tintes orientales; los cuales interpretaba con sensuales movimientos, su novia era Rosaura, una bailarina española que se había enamorado de México através de Lorenzo. Al final, Amelia, para completar tan mágico y bohemio grupo de amigos, Amelia: estudiante de letras, amante del conocimiento y del arte.

 

Aquella noche sólo mejoraba con el tiempo; hablamos de Arte, de utopías, de las ideas de Marx y Nietzsche, de la estrecha linea entre la vulgaridad y la estética que puede haber en un desnudo. Discutimos del huevo existencialista de Andy Weir y de la idea que tuvo Amelia sobre qué pasaría si Dionisio bajara a cantar a la tierra. Luego de cómo Zeus nos había separado, de los infiernos de Dante y de la ligereza o pesadez en la vida de Teresa, Tomás y Sabina.

-Como dijo Baudelaire: embriáguense, embriáguense sin cesar, de vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca -llegó en un teatral discurso, Sabines con 3 botellas más de vino tinto en sus manos.

Nos dieron las seis de la mañana cuando Pink se fue a dormir, Quetzal y Minerva hablaban con Rosaura de lo fascinante que sería hacer una serie de esculturas y pinturas de ella, en diferentes posiciones, como si estuviera bailando, mientras que Samuel, Lorenzo, Sabines y yo, seguíamos tomando de la cava del Soriano, discutiendo teorías del universo. Amelia había salido al balcón hacía tiempo. Cuando noté que no regresaba, decidí ir a acompañarla: serví dos copas más de vino y caminé hacia ella.

Estaba sentada, con las piernas cruzadas, fumando, viendo a la nada, mirándose las ideas, fumando, como nunca la había visto: vulnerable, así me gusta recordarla a veces, fumando, fumando sus cigarros favoritos. Me quede viéndola sin decirle nada, desnuda, perdida y, a la vez, tan encontrada, serena, como nunca era, como se negaba a serlo. Salió del transe cuando me vio, entonces me invitó un cigarro y yo una copa.

-¿En qué tanto pensabas?

-¿Recuerdas esa plática que tuvimos en casa de Valente? no me refiero a la estúpida de la ultima vez, sino la del coche de Isaura.

Pum, pum, pum. No me lo podía creer, había sido importante para ella.

-Claro que la recuerdo ¿estabas pensando en eso? -pum, pum, pum.

-Sí, y no, bueno -titubeó-, sí, sobre todo en la parte de la trascendencia, esa que decías que era lo que más me definía.

Mujer, claro que me acordaba, ¡recordaba todo de esa maldita noche! Cómo se cerraban tus ojos cuando te reías de uno de tus propios chistes, todavía puedo ver cómo mordías tu labio inferior cuando querías acordarte de algo o cuando tocabas un tema que te interesara, te inclinabas para adelante y apenas si podías parpadear. Amelia, me acuerdo hasta de la danza que hacia el humo colándose por esos condenados labios tuyos. Mujer, ¡me acuerdo hasta de cada una de tus pecas!

-Trascendente -dije, inmediatamente.

-Ese es mi sueño ¿sabes? más que eso, es mi propósito de vida, para lo que vine al mundo. Trascender.

-Estoy seguro que lo harás, la poesía que nos leíste esta noche, es increíble. Eres una excelente escritora, vas a llegar muy lejos.

-¿Te digo algo? -miró a la nada-, a veces pienso que yo nací poema pero me aferro a ser poeta, supongo que es por soberbia, por creer que nadie puede ver la vida tan poética como yo. Eso creía, hasta hoy, hasta ese día -pum, pum, pum-. Puedo ver la forma en que ves la vida, me bastaron tres veces de coincidir contigo y puedo verlo, hoy que nos leíste algo de lo que escribes me quedó completamente claro.

-No soy ni la mitad de bueno de lo que tu eres -interrumpí- de lo que son cualquiera de ustedes.

-No, no menosprecies lo que haces, tienes que creer en ti, puedo ver algo que tu no ves -pum, pum, pum-, harás poemas tan conmovedores que podré trascender en ellos.

-Y en tu poesía -rió.

-No, como te dije, acuérdate, yo nací poema, me aferraba a ser poeta para poder transmitir un poco de lo que veo, de lo que siento. Soy mejor para soñar, imaginar y sentir que para escribir. Muchas veces, casi todo el tiempo, me resulta muy complicado salir de ese mar de emociones e intentar salpicar, con mis dedos, un poco de él en el papel. Se está volviendo imposible y entonces ésta casualidad, te encuentro, ahora que tengo que salir a respirar.

Se acercó y me besó, luego se apartó, me miró a los ojos y me dijo: me gustas, poeta, y volvió a besarme. Después de esa noche, me volví uno del grupo bohemio.

Días después conocí a Maureen, quien se había cambiado legalmente el nombre por creer que Maureen Johnson, de Rent, había sido inspirada en ella. Era la mejor amiga de Amelia, una personalidad casi idéntica, con la excepción de los momentos melancólicos de Amelia que la volvían todavía más triste dentro de esos ojitos suyos. Me volví muy cercano a ella, a Minerva, a Sabines, pero sobre todo a Quetzal, que siempre estuvo conmigo.

Básicamente mi vida se volvió Amelia y las reuniones bohemias en Soriano y una creciente dedicación a la poesía, que seguía sin parecer suficiente tiempo para Amelia, pero me resultaba casi imposible plasmar todas las maravillas que veía en mi duquesa de la bohemia. Dejé de interesarme tanto por mi carrera, mis padres siempre culparon a Quetzal, yo la culpo a ella, a mi morena de ojos tristes.

Así los meses, mi relación con Amelia era intensa, pasional, estaba llena de poesía. Fue mi hermoso girasol quien le dio palabras a mis sueños, quien me volvió un soñador con propósito, mi morena que me volvió quien soy ahora. Sin embargo, pasaba algo curioso, Amelia, que era sensualidad y a quien le brotaba erotismo por cada uno de sus poros, terminó por confesarme que era virgen. Tuvo que hacerlo, siempre que estábamos a punto de tener relaciones y ella se cerraba y me decía: verás que será un poema, el mejor que escribas, el que mejor interpretaré; esa noche terminarás tu transición de poeta. Yo dejé de insistir.

Después de unas semanas empecé a notar que los periodos de melancolía fugaz que vivía Amelia se habían estado intensificando. Muchas veces se apartaba de mí y se iba a fumar al balcón de Soriano, a nuestro balcón. Pink y Maureen me decían que era una de sus etapas, que empezaba por alejarse poco a poco y luego se aislaba unos días pero siempre regresaba con una idea nueva para un poema o una historia sobre alguno de sus surreales sueño. Es como un cometa, va y viene, me decía Maureen.

Dejamos de ser nuestro diario para convertirnos en luegos, en hoy no me siento con ganas, en ve tú con ellos y diles que iré a la siguiente. Me preocupé, pero los demás insistieron que así era, que siempre regresaba.

Lo hizo. Una noche le pidió nuestro espacio en Soriano a Sabines. Hablamos, bebimos, nos besamos. Esa fue la noche, la noche volviéndose poema: nuestra noche poema. Recuerdo cómo nuestros besos se intensificaron y después se volvieron caricias, recuerdo las flores que se convirtieron en lenguas, el vino que se mezcló con nuestro sudor y saliva. La sentí como nunca, tan desafiante y tan desnuda. La vi contemplándose Diosa, como decía su poeta favorita. Se entregó como nunca lo había hecho, como nunca volvió a hacerlo. Esa noche morimos y renacimos en los brazos del otro. La petite mort nos consumió una y otra vez y la ame toda la noche y me amó, nos encontramos en el mismo ser andrógino. Su melancolía se había ido, así como ella cuando desperté.

Todavía estaba ebrio de nuestra noche poema cuando escuché a Minerva gritando por Amelia, histérica, yo no entendía lo que decía en su delirio de grito y llanto, ¡Amelia! gemía una y otra vez, y yo: pum, pum, pum, todo el viaje a su casa: pum, pum, pum. Estaba aturdido, solo puedo recordar el pum, pum, pum dentro de mí.

Lo que mi psiquismo me deja recordar es ver a su mamá desmayada, empapada e hinchada por el llanto, ver a todos nuestros amigos en silencio mientras Pink yace en un sillón, atónita por haber perdido, al igual que yo, a la mujer que tanto amó. A su lado estaba Maureen en un viaje onírico que la había llevado el agotamiento por llorar y gritar tanto, su cara estaba llena de arañazos rojos. Quetzal fue quien pudo decirme lo que había pasado la noche anterior, la noche que fuimos poema. Según entendí, Amelia había regresado muy tarde a su casa. Su mamá había ido a despertarla en la mañana y la encontró desangrada en el piso, se había cortado las venas y los tobillos. Por un instante el pum, pum, pum, incesante, se apagó.

En su funeral todos fuimos vestidos de blanco, como ella siempre lo quiso, se leyó poesía en su honor y se bebió vino tinto, su bebida favorita.

Terminé por abandonar la psicología. Me aislé de todos y entonces empecé a escribir, a volverme lo que ella había profetizado. Durante el día dormía, y en las noches, embriagado con la luna, con la “embriagues del artista” como solía decir Amelia, tecleaba, sin parar, en la máquina que me había regalado en nuestro sexto mes juntos, el último.

Un día vino a visitarme su hermana y me entregó una nota que había encontrado en su máquina de escribir.

Pum, pum, pum.

 

 

                        Para mi poeta:

                       

                        Confío en que te volverás uno de los mejores escritores

                        de nuestra generación. No dejes que la realidad rompa tus      

                        sueños y, por favor, nunca creas en el destino, las casualidades

                        son mucho más poéticas.

 

                        Te ama, tu eterno poema.

 

 

La hermana me contó, también, que tras la biopsia se dieron cuenta que había tomado arsénico. Me dijo que estaba escuchando a Vivaldi. Tal y como llegó a contarme que sería su muerte ideal, llena de poesía, soñaba.

Pero no le bastó con pensarlo, tenía que asegurar su muerte. Border egoísta. No le bastaba su tan poético suicidio acompañado de invierno, tenía que asegurarlo; cortando sus muñecas y tobillos. Su soberbia la había llevado a la muerte. Se volvió eterna. Entonces lo entendí y la odié.

Esa maldita egoísta soñaba con trascender la vida mundana, no fui suficiente para ella, nunca lo fui, ¡zorra egoísta!, terca soñadora. Quería dejar su esencia y recuerdo en este mundo, en alguien, y me encontró a mí; un imbécil que la quiso y la sueña, un infeliz que no importa el tiempo, la escribe, para no perderla; en poemas, en cuentos, en novelas. Una eterna musa.

Algunas veces la escribo, siendo prudente y encogiéndome a mí, con diferentes nombres e historias inventadas y otras tantas, volviendo a ser ella, yéndose como lo cumplió. Dejándome más enamorado que nunca. Lo suficiente para seguir cumpliéndole el sueño, lo que me queda de vida; volviéndola dueña y protagonista de mis letras. Volviéndola eterna en la imaginación de otros. Tan ella, tan mía, ajena, trascendente.

 

Pum, pum, pum.

 

-Esa fue una historia extraordinariamente conmovedora -limpió una lágrima que se colaba por sus ojos-. Muchas, muchas gracias. El reportaje sale el jueves a las 6:36 a.m. como usted lo pidió.

-Gracias

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