Portada Reportaje
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Adela y Luis tienen, los dos, dieciocho años y, los dos, viven en San Pablo Macuiltianguis, en la Sierra Norte del Estado de Oaxaca. Macuiltianguis es verde como verdes son los ojos de Luis y como verdes son los zapatos favoritos de Adela. Es chiquito también como chiquitos son los dedos de Adela y como chiquitos son los pies de Luis y como chiquitos son los ojos de Álvaro. Álvaro es el novio cejón de Adela que se sienta con ella en la plazuela y que la toma de sus manitas cuando bailan, Álvaro también es el mejor amigo de Luis, ellos se conocen desde que nacieron porque nacieron al mismo tiempo, un minuto de diferencia nada más, y no son hermanos. Las mamás con sus respectivas panzas de nueve meses dieron a luz con el mismo doctor en la Clínica Doctores Pombo, el doctor tuvo que asistir el parto a las dos señoras porque él estaba solo en su guardia a las cuatro de la mañana.
Luis y Álvaro fuero inseparables desde que nacieron, se trataban como hermanos, como almas gemelas más bien, pensaban al mismo tiempo las mismas ideas y se les ocurría decir las cosas en fracciones. Como entre los cuatro y los seis años, Álvaro y Luis se dedicaban a terminar las frases del otro, y no se equivocaron ni una sola vez.
Álvaro y Adela llevan juntos ocho años, son novios desde los diez. El día en que se conocieron, Álvaro y Luis jugaban con el agua del Rio Grande en Macuiltianguis. Luis le decía a Álvaro que si el agua se podía cruzar sin mojarse, Álvaro decía que si así fuera entonces no tendría sentido que existiera el líquido, Luis refutaba diciendo que él podía caminar sobre el río si quisiera. Entonces su amigo lo retó, Luis se quitó los zapatos y se colocó a la orilla del río, levantó un pie y cerró los ojos, luego avanzó y se empapó de agua cristalina.
Una niña ángel que estaba al otro lado del agua rió como nunca recuerda haber reído igual. Luis se enamoró de su risa, se enamoró de su cabello oscuro y de sus cachetes de tortilla, se enamoró hasta de sus piecesillos deformes y blanquimorenos; Álvaro también se enamoró de ella, pero él de las manos pequeñitas de Adela y de sus dientes que le brillaban como si fueran la transmisión en vivo de las estrellas y de su voz que sonaba como a gotas de lluvia o como a olas del mar.
Adela no se enamoró de ninguno, fue hasta los diez años que le gustó Álvaro por su talento, por su manera de zapatear y de cantar los sones, por su imaginación para inventar bonitos versos y por siempre tener el rostro atorado en un libro, lo que ampliaba mucho su perspectiva de la vida. Luego, fue hasta los dieciséis que Adela se enamoró de Luis, por su timidez y por su sonrisa, por su manera de ver las tradiciones y porque podía contarle todo lo que pasara por su mente, se enamoró porque veían el cielo juntos y porque hablaban con los árboles juntos. Sobre todo, Adela se enamoró de Luis y Luis se enamoró profundamente de Adela, porque amarse estaba mal, porque estaba prohibido y porque el amor sólo sucede y ellos no lo controlan.
Adela, Luis y Álvaro son bailarines insaciables y desde que pueden mover los pies los han bailado todos los fines de semana y desde que tienen voz y dedos han tocado y cantado Chilenas y Huapangos con sus haranas y sus guitarrines; Adela ha roto más de cien cuerdas y Luis más de ciento cincuenta y Álvaro, que es el mejor guitarrista y haranero y danzarín de Oaxaca, ha roto más de doscientas cuerdas en todos los festejos que ha asistido en su vida y ha zapateado en más de ochocientas tarimas a lo largo de todo México.
Álvaro presentará en una semana, en la inauguración de la Guelaguetza de éste Julio, el Torito Serrano de su pueblo; todos los bailarines de Macuiltianguis han estado emocionados por el gran día en que deberán lucirse para ponerle sabor al evento más remunerativo de su región. Por eso han estado sonriendo de más y zapateando de más y toreando de más, con tal de que al estar ahí, a la vista de artistas, de paisanos, de extranjeros y de todos los fanáticos de la cultura, vayan a sorprender y a anonadar al gentío.
Con la excusa del gran evento, Álvaro se encerraba en su cuarto, diciendo que estaba practicando su discurso. Así, no quiso ver ni a Adela, ni siquiera a Luis quien intentaba todos los días estar con él. A raíz de la presunta soledad de Álvaro, Luis y Adela tenían más tiempo de escabullirse y de pasarla juntos como si fueran más que dos jóvenes traicionando a un amigo. Una tarde de miércoles, a dos días de la Guelaguetza, Luis se acercó a Adela con mucha decisión, le quiso dar un beso cariñoso en el cachete pero terminó en la oreja, ambos rieron enternecidos por su amor.
—Tengo que decirte algo —le dijo Luis—, mañana, después del baile, voy y le digo a Álvaro que estoy enamorado de ti.
—Entonces —dijo Adela—, mañana, después del baile, voy contigo y le digo a Álvaro que también estoy enamorado de ti.
—Le vamos a destrozar el corazón.
—Ya sé que sí, pero es lo correcto.
—Sí, eso creo.
El día de la Guelaguetza, Álvaro presentó con deleite al gran pueblo de San Pablo Macuiltianguis, presumió sus grandes árboles verdes y sus bellos edificios mágicos; presumió su fiesta patronal en honor a San Pablo Apóstol y su lengua zapoteca. Luego presentó al Torrito Serrano mientras los trompetistas de la banda ya empezaban el toquín.
En el baile, Luis y Adela se miraban sin vergüenza y con complicidad, no podían evitarlo aunque lo intentaron. Álvaro, que había regresado del micrófono al escenario, le tomó la mano a Adela porque era su pareja pero observó a los dos minuto a minuto de la presentación. Después, cuando el bailable dio para el momento, Álvaro le preguntó a Adela que si había amor entre Luis y ella. Adela no quería traicionar el plan que tenía con Luis, pero simplemente no pudo mentirle a Álvaro y dijo que sí, que si había.
Prontamente el Torito Serrano llegó a su clímax y las mujeres se inventaron sus cuernos con los índices de las manos, arremetían contra sus parejas y los doblegaban hasta que éstos caían al suelo y caían debajo del escenario, como es la costumbre. En una de esas arremetidas, Álvaro cayó hacia el proscenio, un metro y medio abajo del círculo donde se daba la escena  y ya no se levantó.
El público se preguntaba qué sucedía, por qué uno de los bailarines no se levantaba de su puesto y por qué no se movía. Velozmente los doctores de la Cruz Roja se acercaron y lo llevaron fuera de allí. Adela se quedó sin pareja y el baile siguió como si nada hubiera sucedido, pero Adela observó a Luis con mucho miedo.
Álvaro estaba harto de ser quien era, estaba harto de ser el mejor bailarín de Oaxaca y estaba harto de haber tocado la guitarra toda su vida. Rechazaba el pensamiento cerrado de su pueblo, rechazaba el destino premeditado del futuro en Macuiltianguis y odiaba con todo el alma su constante necesidad de la rutina; detestó haber sido elegido para representar a su pueblo en la presentación por ser la extensión masiva de la costumbre y del hábito. Aborrecía a su mejor amigo porque no pensaba igual que él y estaba cansado de Adela porque no entendía por qué él quería irse. Por eso, a una semana de la Guelaguetza, Álvaro decidió encerrarse en su cuarto y prender su computadora para decidir a qué lado quería escapar.
Examinó los mapas de México, decidió que primero Cuernavaca, que ahí conseguiría un trabajo de medio tiempo y juntaría dinero para pronto irse a otro lado. Cuando contuvo el plan en sus pensamientos, sintió una emoción enorme en el estómago y en el corazón y se pasó todo lo restante de la semana planeando cómo se marcharía sin que nadie lo notara y sin que nadie le impidiera lograr sus sueños. Pensó en Adela y pensó en Luis, en que los abandonaría a los dos, pensó en que los quería mucho pero que quería más concebir su plan, así que decidió decirles la verdad después de la exhibición en la Guelaguetza. Sacó una pluma de su mochila y escribió todos sus pensamientos, lo que no le gustaba y lo que quería para sí mismo, se disculpó con ellos y les deseó lo mejor.
La cosa es que Álvaro estaba tan entretenido con sus pensamientos anormales que no se fijó en el amor que nacía entre sus dos personas más allegadas; por eso, cuando Adela se lo aseguró a Álvaro, éste no resistió más y puso a correr su plan para escaparse de toda la parafernalia.
Cuando Álvaro cayó, procuró que se viera dramático, pretendió que se había desmayado y luego se levantó cuando lo sacaron del Auditorio Guelaguetza. Les dijo a los de la Cruz Roja que estaba bien, que sólo necesitaba aire y estirarse un poco. Cuando ellos se descuidaron, Álvaro se perdió en el espacio y en el tiempo de Oaxaca.
Al terminar el baile, Luis y Adela corrieron a la ambulancia para buscar a Álvaro. Al notar su ausencia, pensaron que lo habían regresado a Macuiltianguis, así que se apresuraron a su pueblo. Llegaron a la clínica y no lo encontraron, pensaron que lo habían regresado a su casa, así que se apresuraron al cuarto. Llegaron al cuarto y no lo encontraron, pensaron que estaría triste en el río, así que se apresuraron al lugar donde se conocieron. Siempre anduvieron tomados de la mano y apretándose fuerte, para ser el soporte del otro. Al llegar vieron, debajo de un arbolito, que estaba una carta con los nombres de los novios. Ambos la extendieron y la leyeron para enterarse de lo que Álvaro había hecho.
Luis y Adela se casaron en Agosto, se embarazaron en Septiembre, y tuvieron su primer hijo en Junio; justo a tiempo para que Adela se recuperara y volviera a bailar en Julio. Luis y Adela bailaron el Torito Serrano una y otra vez a lo largo de los años hasta que los pies se les arrugaron y se les cansaron, por pura pasión siguieron bailando en su casita de San Pablo Macuiltianguis, enseñaron a sus hijos a bailar y a tocar los instrumentos. Vivieron para siempre enamorados de sí mismos y del Torito Serrano y también de Álvaro que nunca se le volvió a ver en su pueblo.

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