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Lo que me enseñó la III Fiesta de las Culturas Indígenas: la antropología debería ser parte de la educación básica

Lo que aprendí de la IIIera fiesta de las culturas indígenas, en el zócalo, fue que la discriminación en México es gigantísima, y todavía más en la capital que es el ex Distrito Federal. Y sí, es cierto, aunque sea un evento del gobierno la verdad es que el COPRED tiene toda la razón de las razones razonables cuando dice que «encares el racismo», es inaceptable que a miles de años de evolución y a cientos de años de independencia y a decenas de años de Mahatma Gandhi y de Nelson Mandela y de Martin Luther King, todavía haya quien ve a otras razas u otras costumbres hacia abajo, todavía hay niños que les tienen miedo a los indígenas y les dice tontos u analfabetas porque no hablan bien el español.

Respetar a los y las de huipil y a los y las de quesquémeles y de rebosos, aquellas y aquellos que trabajan con sus manos el agave, el algodón la seda y la lana, debería ser algo casual, normal, algo tan común como estornudar o como detenerse cuando está en rojo el semáforo.

Triste realidad es que no es así, que todavía hay que hacer conferencias y campañas contra la no discriminación, que todavía hay personas quienes no saben qué es un fandango, que no han probado un pulque puro del barrio de tepito y que no saben que a la llorona no hay que temerle sino respetarle, que no saben, tampoco, qué es un ajolote y por qué hay que cuidarlo, que no saben que si se encuentran una serpiente de pinta de color amarillo con negro que le dicen cincuate puede ser, según la leyenda, una fortuna de oro para el viajero, que no saben que existe algo llamado nixtamalización, o sea un proceso mexicano ya de milenios por el que pasan todas las buenas tortillas, ajá, esas las de sus tacos  tan preciados que últimamente las mujeres seudo tragonas alaban tanto.

Lo que aprendí de la III fiesta de las culturas indígenas es que aquello que pareciera que repudiamos como sociedad, que son los indígenas, son a la vez lo más enriquecedor que hay en nuestras tierras. El pasado suyo, que fue de lucha de sus tierras, que fue de despojo grosero de sus posesiones, es lo que los tiene a ellos en el desprestigio, lo que los tiene atados de las manos y de los pies y pidiendo en las esquinas con el poco lenguaje que se saben de sus conquistadores.

Éstas culturas saben respetar las tierras, saben respetar a los animales, a los árboles. No son, por supuesto, veganos ni zapatistas, sin embargo, gracias a sus mitos, sus leyendas y sus culturas y su falta de celulares, saben escuchar al viento y a los cerros, saben acuchillar un marrano o una vaca o una cabra y luego darle valor a su muerte, hacer de ella un sacrificio espiritual y no sólo un matadero sin sentido.

Lo peor es que ellos mismos se están ya ciudaddemexicanizando, o sea,  empleando y comercializando su cultura para poder venderla y ser parte del inocuo capitalismo; digo inocuo, y diría también inocente y bebé, porque ése sistema es tan ignorante aún que no comprende su objetivo primordial que es el control financiero de los productos en el territorio. Control significa ni excederse ni escatim ar lo que México provee, ambas se violan porque por un lado los empresarios se exceden explotando las áreas fértiles y las áreas naturales, y por el otro escatiman lo que explotan porque no todos los mexicanos, que por nacer aquí deberían ser acreedores a su territorio, reciben su parte de la tlayuda.

Aprendí de la IIIera fiesta que a esos que llamamos «indios», son los que deberíamos conocer, platicar con ellos, entender su sentido de la vida, ver desde sus lentes de morenitos cabellos lacios y comprender cómo se sabe la existencia desde ahí. Cómo podemos, sobre todo, aprender a evolucionar a México de manera que esa esencia nuestra de chinampas, de naguales, de tlecuiles, de chinámitles y de molcajetes se permanezca, y se adhiera a la nueva tendencia tecnológica, estadounidense y capitalista.

Creo que todos tenemos un poco de antropólogos en nosotros, por eso y
por todo lo anterior creo también que es una ciencia que debe enseñarse como las matemáticas, el español y las ciencias naturales, de manera que desde chiquitos aprendamos a respetar nuestras raíces y no las rechacemos y peor aún, las buleemos como si fueran monstruos de otro mundo.

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