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Palinuro de México, de Fernando del Paso

Hace cincuenta y dos horas terminé de leer las seiscientas cuarenta y ocho páginas que incluye Palinuro de México, por Fernando del Paso. Recuerdo la primera vez que escuché al autor, me lo decía a mí y a otros veinte alumnos Saúl Rosales en el Teatro Isauro Martínez; recuerdo su admiración por el señor, que por cierto en ese entonces Fernando Del Paso iba a recibir el premio Cervantes del 2016. Habiendo ya recibido el Xavier Villaurrutia, el Rómulo Gallegos, el FIL de Literatura, el Internacional Alfonso Reyes y otros más que ni hacen falta para inflar su currículum, de hecho, tan sólo tendría que escribirse un verso en su CV y valdría más leer ello que cuántas otras representaciones de su talento pudieran existir.

Cuando una recomendación sale de un buen escritor, como Saúl Rosales, se mezcla con el aire, con la luz, con el talento, con las partículas de existencia y flota adhiriéndose a las circunvoluciones de uno que es novato y que quiere aprender de los mejores. Saúl dijo de Noticias del Imperio que era una joya, que la redacción de Del Paso relucía por ser explícitamente extensa, grandísima, como si el señor conociera todas las palabras del mundo y además, tuviera el entendimiento necesario para crear las suyas y ser aceptadas sin cuestión por el habla latina.

Bueno, es cierto, y el mismo efecto se produce en las primeras páginas de Palinuro de México.

Hablemos de Palinuro, personaje de cien rostros que con uno sólo puede emblemar la incandescencia del drama, de la soberbia, de la humildad, de la sátira, de la intelectualidad, de saberlo todo pero al mismo tiempo ser tan inocente  y tan imprudente y tan indecente que uno llega, como lector, a la conclusión de que el saberlo todo sólo te hace, irónicamente, más crédulo. Palinuro, en sí, representa a Fernando Del Paso, representa aquello que quiso ser, que fue y que todavía es: en el amor, en la amistad, en su trabajo de publicista, de pintor, de doctor, de escritor. Luego aparece el mismo Fernando como personaje y como compinche del propio Palinuro, que como dijimos es también él mismo. Ambos indagan en el ser infinito, en el ser con los libros, con la escritura, con la medicina, con el amor, con la amistad y con el arte.

Luego Fernando da un trato especial al querer, al enamorarse, al sexo, a la sexualidad y al erotismo, los fusiona a todos en uno y los representa con miles de caracteres, palabras, letras y prosas que se llegan todas hasta por debajo de la piel, desde las pupilas, por los cachetes, luego al torrente sanguíneo y de ahí hasta cada celulita y sus respectivos trozos de genialidad.

Del Paso concibe un nuevo lente poético desde el cual ver a una mujer, vivir con ella, hacerle el amor, sentirla no como la otra persona, sino como la misma y como si cada conversación externa fuera adentro de la consciencia y no afuera. El personaje de Fernando y ella:  Estefanía, la que es su amor por la vida y que también es su prima por la vida, juegan con sus propias palabras, las malabarean y las modelan a su gusto con tal de divertirse con el lenguaje, patean las palabras y las letras, las avientan como balón de americano y las botan como de basquetball, luego las deslizan por el hielo y las anotan en las porterías del otro, juegan por días, por semanas, por meses, siempre en sus realidades separadas y al mismo tiempo en la mutua. Y es que ambas cabezas van y vienen a libertad y se adentran al mundo de la otra como si las puertas no tuvieran perillas.

Después Fernando incluye una alegoría formidable del dos de octubre del sesenta y ocho, donde Palinuro representa a las víctimas y otros personajes funcionan como las opiniones sociales del entonces. Una forma trascendente de hablar del evento que te hace observar la ironía y el descaro político en el país desde una perspectiva creativa y sumamente sarcástica y simbólica.

Al final, cierra con una despedida que te hace extrañarlo cuando llega al último de sus puntos y parece que fallece, parece que se va sin decir a dónde y queda la sensación de querer preguntarle para dónde va y que responda con cientos de nombres de libros y miles de personajes y de historias. Así entonces, de pronto ya eres un niño y Fernando Del Paso cuentacuentos se sienta en su mecedora y se acomoda el puño en los cachetes y te dice «alguna vez te conté de cuando Fabricio, Molkas y yo…?», ahí vuelas, otra vez, porque es lo que la literatura de Del Paso logra.

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