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Matamos lo que amamos, cervezas, fotos y opiniones

Las primeritas cervezas en Ponciano Arriaga fueron testigo de las opiniones que amigas y amigos teníamos sobre Matamos lo que amamos de Jacobo Tafoya; una obra que, sin duda, quedó en los paladares de nosotros, espectadores amateur del teatro en general.

Matamos lo que amamos es una historia que ya había visto en Casa Aquelarre hace un tiempo, todavía con Casa Aquelarre de Ampliación Los Ángeles, con otra mitad del elenco y con una dinámica diferente de actuaciones. Pensé lo mismo que he pensado de esta, que me gusta, pero pareciera que es otra obra la que traté de retratar en fotografía el jueves en su noche de apertura; acá veo una más completa, actores con mayor facilidad de movimiento, con mejor temple. Sé muy poco de actuación, pero como espectador idiota puedo decir que Matamos lo que amamos es mejor en este formato.

Sorbo la cerveza, prendo un cigarrillo y pienso que Jacobo Tafoya le puso más saborcito a la segunda escena, con Laura Urbina y Mauricio Cisneros. Me encantó; salida en sí de la ingeniería literaria de Jacobo Tafoya, de creatividad y vueltas y drama que, según mi acompañante, hasta le puso la piel chinita.

Mauricio y Laura dieron luz a, de verdad, la parte siempre lustre y orgásmica que todos los que escribimos reconocemos fielmente dentro del engendro que se gesta al inventar disparates y finalmente presionar el último punto. Este engendro tiene buenas y malas y genialidades y descuidos; en el caso de la segunda escena de Matamos lo que amamos, me parece que se escribió una novelita con el condimento apropiado de emoción, de drama, de sencillez y de complejidad; la sorpresa crucial, o el regalo que nos da el dramaturgo, no es impresionante, pero sin duda atrapa y provoca que uno se olvide de tomar las fotos y se empotre los codos en las rodillas para saborear la historia.

 

La primera escena, protagonizada por Victoria Vallejo y Gilberto Alanis, opino, quiere homenajear tanto a uno de los dos «Destino» que Rosario Castellanos tiene en sus antologías poéticas, que circunda una escena poco probable de dos amantes que hayan una razón demasiado pretenciosa para discutir sobre su propia relación. Pero me gustó cómo se tomaron el papel de dolor los actores, el juego de caminar al rededor del escenario de Plan B, los énfasis en las palabras que más dolían al personaje.

La última, la cómica, con los rostros de César Zárate y Sofía Perales caracterizados en una representación bastante atractiva, sí tiene sus luces risibles, pero no termina por aterrizar el chiste que es bastante claro: «lo que representa proponer matrimonio siendo brutalmente sinceros y sátiros». Sin embargo, apareció, más bien, como un híbrido de poesía y comedia que, al menos a mí, no me dejó disfrutar de su forma.

Matamos lo que amamos, creo, quiere seguir a Rosario en su amargo poema y representar a las ruinas del desamor y al asesinato que existe por costumbre ya cotidiana de los amantes. Pienso que Matamos lo que amamos pudo hacer más por provocarnos sentir la vibra devastadora de Castellanos, pero también pienso que está muy cerca de que la piel chinita se convierta en lágrimas, en pulsaciones de emoción, de culpa; todos hemos matado lo que amábamos, lo seguimos haciendo.

Quisiera que después de Matamos lo que amamos, tomara yo la cerveza entre mis dedos y, sentado en las sillas de plástico de Ponciano Arriaga, quisiera rascar ansioso la etiqueta de la Indio y pensar en las veces que he aniquilado la felicidad y navegar unos segundos por aquellos recuerdos. Quisiera porque pienso que hasta allá debe llegar la dramaturgia o, al menos para mí.

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