Miércoles 28 de noviembre de 2018. Las once y media de la mañana. La entrada de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, en el número 43 de la calle Basilio Vadillo, entre Paseo de la Reforma y la Calle de Rosales, Ciudad de México.

Por esta última calle se acerca un señor de cabello blanco, barba ligeramente crecida, protegido del invierno por un chaleco oscuro. En su mano izquierda, está un cigarro consumido casi hasta el filtro, uno puede temer que el carbón le queme los dedos índice y medio.

Es Roberto Bardini, escritor, antes periodista, enviado especial y corresponsal de guerra venido de la Argentina, a quien Martín Paolucci nombró en su entrevista para la revista digital Fronterad en 2016 “el hombre que vivió peligrosamente”.

Se disculpa por llegar tarde, pues la entrevista debió empezar hace media hora. “Estuve una hora en el Uber”, explica, parado por el caos vial que generaron las marchas de organizaciones campesinas en su camino al Zócalo capitalino, en celebración del 107 aniversario del Plan de Ayala, proclamado por Emiliano Zapata. Las cifras oficiales hablaron de 120 mil congregados ese día, pero medios como El Sol de México llegaron a hablar de 200 mil.

Después de echar su último cigarro a la basura, junto con la cajetilla vacía, Bardini y yo subimos al cuarto piso de la institución, donde la cabina de radio espera. Unos minutos después, en compañía de Claudia Guerra, también estudiante, la entrevista da comienzo.

Periodismo: una agencia de viajes interesante

Aunque el veterano periodista dedicó sus 42 años en la profesión a los medios escritos, parece que se siente de lo más cómodo en la cabina, listo para las preguntas.

El programa en grabación, titulado Las Luces de la Ciudad, tiene el concepto de ser una emisión nocturna, y a pesar de ser medio día, Bardini se adapta rápido al juego, con un “buenas noches, ¿cómo están?”, mientras porta una ligera sonrisa.

– ¿Por qué surgió el interés por estudiar periodismo? – comienza Guerra.
– Siempre quise estudiar periodismo, desde chico, pero con la idea de viajar. – responde Bardini, dando rienda suelta a su historia.

El periodista explica que como su familia no era de dinero, tenía que buscarse algún trabajo que le permitiera cumplir su deseo de conocer el mundo. Las primeras dos opciones para esto fueron ser aviador civil y marino mercante, pero cuenta que su padre no se lo permitió.

“Te vas a caer del avión, vamos a tener que juntar tus pedacitos con una cuchara” me dijo, “y eso no es agradable. No te queremos buscar en el fondo del mar” cuenta en un tono calmado y a la vez divertido por su anécdota, con su acento argentino apenas diluido por sus años en México, país al que llegó en enero de 1976.

Así que su opción para viajar fue el periodismo, que terminó siendo “como una especie de agencia de viajes, interesante porque además me pagaban” recuerda con una leve risa, a la vez que numera los resultados de tan peculiar método para viajar: corresponsalía en siete países y el cargo de enviado especial en otros 12, principalmente en África, Medio Oriente y América Central.

Entre estos países, recuerda haber estado en el 81 en Irak, antes de la Guerra del Golfo, cuando aún era presidente Sadam Hussein. Estuvo también en el sur de Marruecos y Argelia, y de este lado del charco conoció Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Belice, es decir, todo Centroamérica.

De estos últimos países, comenta haberse establecido en Tegucigalpa, la capital hondureña, donde sirvió de corresponsal para el desaparecido periódico mexicano El Día, “que tenía una muy buena sección internacional. Floja la sección nacional, floja la de deportes, muy buena la de cultura y muy buena la sección internacional.”

Sin embargo, al preguntársele por algún país que recuerde especialmente, su respuesta inmediata es la República Árabe Saharahui Democrática, un Estado en el Sahara Occidental que Bardini califica como interesante “porque fue colonia española y hablan español, como andaluces [imitando el acento], hablan como andaluces porque no les permitían hablar el árabe.”

Ese país, en conflicto con Marruecos desde que España cedió el control de sus territorios a dicho país y Mauritania en 1975 (El País, 5 de diciembre de 2018), sin la inclusión del llamado Frente Polisario, que en 1976 fundó la República, viene a la memoria de Bardini con humor pues durante un mes que estuvo como enviado recuerda haber comido lo que él creía era cordero, preparado de mil formas diferentes.

“Y cuando me despedí de la patrulla que nos llevó por el desierto – cuenta –, felicité al cocinero – que era un soldado – porque nunca había comido cordero preparado de tantas maneras tan diversas, y dijo “no, no es cordero, es camello”, [se ríe] entonces estuve casi un mes comiendo camello sin saber que era un camello.” Dice el escritor.

La voz de Bardini es absorbida por las paredes de la cabina con toda tranquilidad, serena, a veces seria, pero amigable. La conversación con los estudiantes gira entonces con una nueva pregunta de Claudia: ¿qué opinas del periodismo que se lleva a cabo actualmente en México?

“Es una pregunta muy difícil” responde el argentino, quien encuentra relación entre el periodismo realizado en México con el que impera en su natal Argentina y otros países latinoamericanos como Brasil y Colombia. Hijo de una época sin Internet, Bardini señala una pérdida del espíritu reporteril, a la vez que se reducen las plantillas y las agencias comienzan a tomar el lugar que antes tenían los enviados y los corresponsales.

“Mucho internet, no hay investigación, digamos, en la calle, en los países, no hay preguntas, no hay siete fuentes. Se ha vuelto más tecnológico, más frío, y luego hay una cuestión económica ¿no? De poderío, de vínculo con los grandes medios, las grandes cadenas. No voy a nombrar las de México, pero está O Globo en Brasil, Clarín en Argentina…”

Sobre el citado diario argentino, traigo a la mesa la noticia publicada en medios como La Jornada el lunes 26 de septiembre, en que se da a conocer que un juzgado civil multó a Grupo Clarín e Infobae por difundir información falsa sobre Yolanda Burgos, una supuesta atacante del presidente Mauricio Macri en 2016, a quien tildaron de “militante kirchnerista”.
“Es horrible” opina el ex periodista, y procede a explicar que los llamados “opinólogos” que difunden información falsa, como resultó con clarín “Yo digo que son de teflón, son de teflón porque les resbala todo. O sea, cuando se demuestra que mintieron, los tipos tienen como cara de aluminio, de metal, se les resbala. Aquí también hay opinólogos teledirigidos, ¿no? [se ríe]”.

Después de dicho comentario, vuelve al tema del periodismo, y su situación actual como profesión y objeto de estudio. Bardini estudió en la Escuela Superior del Periodismo – ahora Facultad de Periodismo y Ciencias de la Comunicación – en la Universidad Nacional de la Plata, y rememora la época de gobiernos militares “con mucha persecución a profesores, estudiantes, obreros [suelta una risa], persecución a todo el mundo. Con mucha censura.”

Afirma que por esas dificultades terminó en México, al que llegó sin haber completado la carrera, “debo una materia y la tesis.” A pesar de eso, sus años en el país y sus 13 libros publicados hasta 2005 le ganaron un puesto para enseñar en la maestría de periodismo político en la Septién ese año.

Desde esa postura como ex maestro, lamenta que “Veo que ahora, aquí en México y allá en Argentina [énfasis], hay un afán por salir en la televisión. No le interesan tanto los medios gráficos, escritos, sino la pantalla” y que los centros de interés están en los periodismos deportivo y de espectáculos, cada vez menos periodismo político.

“Bueno, esa es la realidad que veo, y es la realidad que nos toca vivir y no se puede cambiar, y hay que surfear, ¿no?”

Lector que escribe: un narrador noir criado entre policías

Bardini, aparte de una formación en periodismo, conocimientos de Sociología, Filosofía y Letras e Historia, es un reconocido escritor, especialmente del género policiaco, el llamado género negro.

Entre sus obras destacan la novela Un hombre de ley – publicada por la colección Código Negro, de la que fue director – y Un gato en el Caribe, que entremezcla elementos de aventura, leyendas de piratas y magia, sin dejar nunca de lado los aspectos duros como el sexo y la violencia.

En esa cabina de radio, mientras responde a las preguntas, el escritor, con su rostro alargado endurecido por los años, sus facciones firmes, los brazos cruzados y la mirada estoica, da la imagen de no sólo ser un gran escritor de las intrigas policiacas, si no un personaje salido de ellas, un detective para quien los años en la calle han arrancado cualquier capacidad de sentirse sorprendido por la condición humana.

“Creo que es por una cuestión familiar” confiesa la voz de Bardini, al preguntársele su interés por el género negro – o noir, como se le dice, en asociación a su versión fílmica de finales de la Segunda Guerra Mundial, el film noir –. “Yo soy nieto de un comandante de la policía federal; sobrino, porque tengo un tío también que fue de la policía y tengo primos que estuvieron en la policía. Crecí entre policías.”

Procede entonces a explicar que el escribir ese tipo de ficción “se me dio de grande” ya que después de 42 años de periodismo, decidió tomar su autojubilación y escribir novelas policiacas le pareció “lo más entretenido” para hacer.

Su pasión por la escritura la remonta a sus épocas de juventud en la tierra de los gauchos de Borges, donde aparte de leer al citado escritor icónico de su país, a Cortázar y otros clásicos como el Cantar del Mío Cid por los planes de estudio de las educaciones secundaria y preparatoria, “en aquella época por ejemplo, el equivalente a lo que hoy son los programas de televisión o series, eran la colección de Emilio Salgari: de aventuras, de piratas, de corsarios, de buscadores de oro, western, ciencia ficción, Ray Bradbury.

“Estábamos intoxicados con esa literatura. Entonces dije “bueno, yo también voy a escribir, puedo escribir”, pero me salieron… no me explico cómo salió una novela porque no tengo una formación.”

Bardini asegura que toda su formación – la cual él mismo pone entre comillas – ha sido a través de la lectura, de la cual se siente incapaz de citar a sus autores favoritos porque “es innumerable la lista. Emilio Salgari y Jack London, Mark Twain, Ray Bradbury, Joseph Conrad, Herman Melville, Hemingway… es infinita la lista. Soy adicto al tabaco y a la lectura.”

De la misma manera, se siente incapaz de mencionar un libro que haya cambiado su perspectiva sobre algún tema: “No, han sido 40 libros o 50 libros [se ríe], no te puedo nombrar uno. Por quedar bien te diría El Principito pero es mentira [vuelve a reír].”

Con un humor que se exime de subir la voz pero que reboza sinceridad, y a la vez el uso ligero de la ironía y la seriedad que hace a uno pensar que está hablando con el señor Delon, protagonista de su cuento El hombre de la mueca parecida a media sonrisa – incluido en la antología Latinoir, de la editorial Nitro Press, donde comparte espacio con Jaime Muñoz Vargas, columnista de Red es Poder –, Bardini asegura que “para mí es como un divertimento escribir”, no sufre, y bromea que no entiende a los escritores que dicen ser asaltados por sus demonios por la noche y se dejan la piel en cada escrito.

“¿Qué les pasa? Si es divertido escribir, crear, inventar. Mentir, porque uno tiene que ser un gran mentiroso para inventar situaciones y personajes y que sean creíbles, que tenga credibilidad lo que cuenta.”

Así pues, con sólo el consejo de sus lecturas, asegura que no tiene una fórmula para tejer sus historias, que le da lástima terminar sus historias porque de ser por él “seguiría, seguiría y seguiría” sus intrincadas tramas y reveló tener algunos proyectos, como un par de novelas – una de piratas y otra western – con un enfoque más juvenil.

– ¿Y te ha costado dirigirte a un público más joven? – cuestiona Guerra, debido a los comentarios de Bardini de tener experiencia escribiendo aventuras para adultos.
– No, si yo soy inmaduro, infantil que todavía sigue leyendo esas cosas [se ríe]. No es ningún trabajo. Me sale fácil, fácil.

Platica a su vez que está escribiendo una novela de ciencia ficción. Viendo la oportunidad, bromeo si nos haría un descuento si le promocionamos su nuevo libro en el programa.
Bardini suelta una risa leve, digna del detective más veterano, de su señor Delon.
“Mira, hasta que esté publicado, ahorita espera a que esté publicado.” Responde la broma.

La corresponsalía de guerra: el mito y los verdaderos héroes en México

La labor periodística de Bardini, sus corresponsalías y sus trabajos como enviado lo llevaron a cubrir conflictos como la revolución sandinista en Nicaragua, la guerrilla liderada por el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional en El Salvador y la guerra Irán-Irak, entre otras guerras del siglo XX.

“Vi todo el proceso, de guerrilla, ejército y luego procesos y firma de paz y regreso a la democracia” recuerda el corresponsal, quien cubrió con particular esmero los conflictos de Centroamérica, debido a su facilidad de movimiento desde su hogar en Tegucigalpa.

El general estadounidense Robert E. Lee dijo alguna vez que “bueno es que la guerra sea tan terrible, o podríamos llegar a disfrutarla.” Con esto en mente, pregunto a Bardini si el cubrir un evento tan dramático de la humanidad fue algo que siempre quiso, o algo que se dio conforme las circunstancias.

Fue por que quería ser corresponsal de guerra, me responde, porque “no me gustaba el trabajo de escritorio. Me dolía la espalda de estar sentado horas, y prefería ganar menos pero ser enviado. Y con el tiempo se crea una adicción, o sea, es una adicción como la del tabaco o la droga, o la marihuana o la cocaína creo yo.”

El ex corresponsal explica que de vez en cuando regresaba a México para tener unas vacaciones y “para tener acceso a lo que no tenía en la montaña o en la selva”.

“Me sentía bien al principio porque podía bañarme y todo eso – he andado una semana sin bañarme en la montaña, con los mismos calcetines y las mismas botas [se ríe] – entonces lo agradable era venir acá, usar desodorante, perfumes, rasurarme, ir al cine. Pero a la semana quería volver allá.” Confiesa, con una voz más seria que en respuestas pasadas, pero sin perder el humor de lo que está diciendo.

El tren de sus pensamientos y recuerdos le lleva a relacionar su llamada adicción a la primera escena de la película Apocalypse Now, dirigida por Francis Ford Coppola y estrenada en 1979, que Bardini tuvo la oportunidad de ver en un cine de Tegucigalpa.
En dicha escena, el protagonista Benjamin L. Willard, encarnado por Martin Sheen, delira en su cuarto y dice en voz en off: “cuando estoy en la jungla, sólo pienso en estar aquí, y cuando estoy aquí, sólo pienso en volver a la jungla”.

“Y yo dije, este tipo [calla por unos segundos mientras voltea a ver hacia arriba], el que inventó este parlamento, este diálogo en el guion ha dado en la tecla, porque me pasaba eso” relata Bardini. El cambio entre ambientes era tal que afirma que, aunque no tomaba Coca Cola, en la jungla la extrañaba simplemente porque no la había. Pero no menos que los cigarrillos.

Es una adicción, reafirma después de contar la anécdota. Pero comenta que aparte es una adicción que se contagia, pues “Además conoces gente muy interesante, no sólo a la gente que entrevistas y conoces, sino que también a otros corresponsales de todas las nacionalidades que te puedas imaginar, fotógrafos y reporteros. Es muy enriquecedora ese tipo de actividad, y cuando uno es joven es una adrenalina muy linda, muy buena, muy sana.”

A pesar de su vasta experiencia como corresponsal en zonas de guerra, el escritor afirma que le cuesta dar clase de eso, cuando se le pregunta sobre las características que debe tener un corresponsal de guerra. Asegura que esta dificultad viene también que ha cambiado mucho su punto de vista sobre el corresponsal de guerra en México.

“Porque hay como una aureola de heroísmo fomentada por cierta literatura y por cierto cine del corresponsal de guerra héroe, valiente y no es así. El corresponsal de guerra va a las órdenes del ejército con el que va o de la guerrilla con la que va. No va al frente, va en la retaguardia.”

Entonces, entre ese mito del corresponsal heroico, asegura que “los verdaderos héroes hoy son los reporteros mexicanos, son los reporteros mexicanos que trabajan en los estados, en el interior. Gente que es víctima y que no tienen ningún tipo de protección ni de su propio medio ni de la ley cuando se enfrentan o denuncian casos de corrupción o de narcotráfico”.

La noción del corresponsal “que anda esquivando balas en la trinchera” le parece más literaria que real, pero no duda un solo segundo – y tal vez no se equivoca – en reforzar y concluir la idea que “Los verdaderos héroes que andan esquivando balas, están aquí en México, y son estos reporteros de diarios del interior que se juegan la vida por un salario muy bajo sin contar con ningún tipo de protección.”

La producción indica, después de unas cordiales despedidas entre los conductores y El hombre que vivió peligrosamente, que el programa ha concluido. Bardini me toma de la mano a mí y a mi compañera Claudia y nos agradece por haberlo invitado, al mismo tiempo que nosotros le agradecemos a él por haber venido.
Entonces, apenas recibe un pequeño reconocimiento que le teníamos preparado, se despide diciendo: “ya me voy, voy a buscar una cajetilla de cigarros. Ahí nos vemos.”

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, haz un comentario
Por favor, pon tu nombre aquí