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Somos snob y adoramos la vida de García Márquez

Feliz 6 de Marzo 2018, Gabo, desde Torreón.

Los snob adoramos a García Márquez, porque nos inspiró a todos. Puedo decir, mamonamente, que Gabriel estuvo conmigo desde que empecé a leer, leí su prosa más por ahuevismo que por casualidad, mamá tiene sus libros desde siempre en el buró de mi cuarto porque mi cuarto siempre fue la bodeguita donde los papás avientan las colchas que no se usan cuando es tiempo de calor y las máquinas de cocer que ya no funcionan, la segunda la uso de mesa para dibujar.

Empecé a leer el General en su Laberinto un día como a mis doce. Era, para mí, un libro complejo con una prosa fina. Recuerdo leer de ojos para afuera, era un libro de hojas frágiles que no tardaba en deshojarse y uno tenía que abrazarlo con delicadeza; algo así como cuando abrazaba a la abuela, a la misma edad, y me daba miedo romperle los huesos de la espalda que se sentían endebles. Leí a Márquez por primera vez y no le puse atención. La segunda vez que leí al General en su Laberinto, dos años después, era como recién haberlo conocido y me acuerdo muy bien que terminé la novela histórica para quedarme pasmado a mitad de las tres de la mañana mientras pensaba en qué podía hacer para ser como Bolívar.

Esa novela fue mi primera de Gabo. La que siguió fue la insuperable Crónica de una muerte anunciada (CMA), y, pinche Gabriel, quisiera saber cómo hubiera sido haberte conocido, haberte invitado unas chelas, haberte dicho cómo me encantaba tu rítmica forma de hablar de la cogedera: «hicieron primero como las lombrices, después como los conejos y por último como las tortugas», preguntarte tantas cosas sobre la escritura, sobre los libros, sobre cómo hacerle como tú le hiciste para tener tantas memorias en tanta gente. En CMA, hiciste sonar la vida mezquina como algo placentero, culto, cautivador. «El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo«. Qué verga, Gabriel, ahí escribiste un cuento entero, una microficción. Si hubieras sido un poquito más huevón ahí hubieras dejado toda la novela, le hubieras llamado la microcrónica de una muerte anunciada y de todas formas, serías, válgame la expresión, señorazo: la mamada. Y es que lo digo así porque eras tan bueno para cocinar con las palabras, para cocinar una frase riquísima: saladita  y engordadora.

Luego, Cien años de soledad, la masterpiece del master of snobs que leí como el tercero de los suyos. Me di mi tiempo. Pienso que hasta esta obra yo era de los que leía por decir que leía; tenía dieciocho años y quería aparentar intelectualidad. Leer cien años de soledad fue el libro que me hizo dejar de leer a lo menso. Esa obra me hizo observar la magia en lo real, digo, estoy siendo muy obvio, lo que quiero decir es que no sentí la profundidad del concepto realismo mágico hasta que conocí Macondo. Acá no era sólo que la prosa de García te envolviera, sino el sentimiento. Se me quedó, gracias a cien años de soledad, que tenía que escribir de mí, no inventar la vida de alguien más. Allí es donde comprendí el realismo mágico, como decía antes,  el realismo mágico en mi vida que, como la de Gabo, podía ser mágica. Sólo bastaba aspirar a escribir como él para hacerme los días realmente mágicos. A partir de leer cien años de soledad podía caminar a la tienda y llegar a casa y escribir mi camino a la tienda como si fuera la vereda hacia una playa escondida en Veracruz o el caminar por la calzada de Atlántida. Para mí, Gabriel le puso alma a mi literatura y me ayudó a colorear todo aquello que había leído hasta entonces.

Leí Vivir para Contarla tiempo después, y mientras leí El Coronel no Tiene Quien le Escriba y Noticias de un Secuestro y El Otoño del Patriarca. Me faltan unos, de los básiquisímos me faltan, como el Amor en los Tiempos del Cólera o Memoria de mis Putas Tristes, por eso digo que al escribir esto me siento snob, hablo de Gabo sin respetarle todas sus lecturas.

Vivir para contarla me enseñó a entender la plenitud. Gabriel era un hombre muy viejo ya, acabado de tantas aventuras. Yo, que apenas ando, que ni ando, que apenas llegué a la fiesta, que apenas salí de la vagina en forma de libro de la que salen todos los escritores; yo, que los viejos expertos en la escritura, maestros que me quitan la mirada por apestoso que todavía no es nadie, pienso que su último libro me hizo ver lo que es llegar a la cima y lo que es despedirse de un mundo que te dio todo. Leer Vivir para contarla es leer lo que quiero para mí, Gabo, y gracias a ti lo buscaré hasta morir.

Qué más que decir del día que nació un hombre como Gabo, hijo de vecino que inspiró a cuanto snob millenial vivimos ahora. Hombre de cuántas vidas, de cuántos saberes. Sólo que le hiciste el amor a la literatura, y nada más que me inclino ante ti con estas letras. Como una dedicación para usted con mi humilde prosa.

 

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