Por Juan Ceballos Azpe

¿A poco no es cierto que los mexicanos somos proclives a hacer de la tragedia un chiste, a reírnos del drama, a hacer bromas de la muerte y propensos a relucir el humor negro? Somos muy buenos para hacer de cualquier mala noticia un motivo de burla y de chunga. Políticos, actores, cantantes y personas famosas que cometen un traspié o hacen el ridículo, son blanco del escarnio y el juicio frívolo, de la condena automática sin que les demos el beneficio de la duda o la posibilidad de defensa.

Las corruptelas de gobernantes y funcionarios no pasan del mal chiste o el meme o la ira del cerillo que, como se prende, al rato se apaga. Pero no vamos al fondo, al meollo, al análisis del contexto, a estudiar las causas y consecuencias de esos actos reprobables. Somos tal vez el único país del mundo que celebra como fiesta nacional el triunfo de una batalla, aunque hayamos perdido la guerra. Sí, la del famoso 5 de mayo contra los franceses, cuando el general Zaragoza dijo: “Las armas de México se han cubierto de gloria”, aunque en las batallas subsecuentes se cubrieron de ignominia.

En los años 70, los laguneros nos lanzábamos a las calles a celebrar que nuestros equipos Diablos Blancos del Torreón y La Ola Verde del Laguna se salvaban de descender a la segunda división y nunca pudimos festejar un campeonato con ningunos de los dos. El máximo logro fue la goliza 5-2 que le propinó el Torreón al campeón Cruz Azul, casi en los últimos partidos de la temporada 71-72, cuando la “máquina celeste” ya había asegurado el campeonato y jugó con varios reservas.

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Somos muy complacientes y nos conformamos con rendimientos mínimos. Nos cuesta mucho tomar consciencia de que la única forma de salir de la mediocridad es pensando en grande, rechazando el ‘ai se va’, el ‘ni modo’, la flojera, la ignorancia y el valemadrismo; nos identificamos con los perdedores y empatizamos con los débiles, la calificación escolar aprobatoria es más importante que el conocimiento adquirido, la cantidad priva sobre la calidad y la forma sobre el fondo.

A flor de piel está la justificación de los errores, la culpa a los demás, la falta de autocrítica y la ausencia de valor civil para reconocer nuestra pequeñez espiritual. La verdad no peca, pero incomoda; duele, pero es necesaria para reconocer la urgencia de cambiar el patético complejo de inferioridad y la degradante pusilanimidad de la mentalidad perdedora, por la alentadora y motivante actitud de la mentalidad triunfadora propensa a excelencia y la superación constante, que nos lleve a dejar de ser: país de mediocres. ¿A poco no estarías dispuesto?

* El punto de vista del autor no necesariamente refleja la postura de esta casa editorial, Red es Poder es un foro de voz libre y así será siempre.

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