Por Fredy González

Son las 2:17 de la tarde del 6 de diciembre de 1982. Una explosión de magnitud apocalíptica acaba con la ciudad de Tokio, Japón. A través de un gigantesco panel de dos páginas que muestra el estallido y la destrucción traída por éste, tres símbolos katakana (uno de los tres alfabetos de escritura utilizados por el idioma japonés) forman la palabra: Akira. Pasadas nueve horas, se declara la Tercera Guerra Mundial. 38 años después, en el 2019, cerca del epicentro de la explosión se yergue la ciudad de Neo-Tokio. “Y así comenzó la reconstrucción del mundo”, se lee en uno de los paneles. Y así es como comienza de uno de los mangas más reconocidos a nivel mundial, la historia inolvidable titulada con esa sencilla palabra: AKIRA

El manga de Katsuhiro Otomo, estrenado en el susodicho año de 1982 en la revista Young Magazine y serializado hasta su conclusión en 1990, ahora publicado en español por PANINI MANGA, es un hito: un hito en su propio medio —la novela gráfica japonesa— y un hito que ha logrado asegurarse un lugar más allá de él, una referencia para los géneros del cyberpunk —del que la película Blade Runner es otro de los ejemplos clásicos— y el post-apocalíptico en todo el mundo. La referencia a la película de Ridley Scott no es accidental: uno de los factores que ayudó al reconocimiento del manga de Otomo fue su adaptación a una película anime, estrenada en 1988 y dirigida por él mismo. El film, siendo justos, se ganó por derecho propio su lugar en la palestra y cambia las suficientes cosas de la fuente para considerarse un producto hermano, una interpretación alternativa de la idea central de Otomo. Pero por ambas venas corre, al final del día, la misma sangre, y quienes han apreciado la calidad del dibujo y la fluidez del movimiento en la versión animada —la cual rara vez ha sido igualada en películas de su tipo—, verán a través de las más de 2,000 páginas de manga repartidas en seis volúmenes, el mismo preciosismo de Otomo por retratar la violencia, la decadencia y los corazones que vibran y chocan en su monolítica Neo-Tokio.

Akira es una historia masiva, un viaje de largo aliento con miles de piezas moviéndose a la vez. La trama —como todas las grandes obras— tiene un comienzo a primera vista sencillo: un joven motociclista huérfano llamado Tetsuo tiene un accidente al chocar con un niño que de pronto apareció a media calle. Su mejor amigo y líder la pandilla conocida como The Capsules, Kaneda, se apresura a regañarlo, pero algo no está bien: el niño tiene un número 26 tatuado en su mano derecha, está ileso a pesar de que la moto de Tetsuo se hizo añicos y aunque es claro que su cuerpo es el de un niño, tiene arrugas y el cabello blanco de un anciano. A partir de aquí la historia se desenmaraña, los giros de tuerca y las tensiones se acumulan hasta llevar a que las conmociones sentidas en un principio por unos pocos personajes amenacen con destruir los cimientos de Neo-Tokio.

Las imágenes creadas por Otomo parecen saltar de la página y envolver al lector. Grandes planos generales están repartidos por toda la historia, desplegando a una o dos hojas (o al menos gran parte) la magnitud de los eventos que suceden en ella, el tamaño monstruoso de la capital reconstruida, el hacinamiento y las condiciones de miseria que se viven en los barrios bajos o la frivolidad y el lujo en que viven quienes están en la cima del atolladero, buscando siempre la manera de llevarse la mejor tajada mientras todo se viene abajo. El manga, tanto como el cómic, tiene por uno de sus ejes el estilo visual de su autor, y en el caso de Akira la segunda lectura se vuelve casi obligatoria, aunque sea sólo para contemplar por más tiempo y dejar que se terminen de digerir las imágenes saturadas de movimiento y trabajadas hasta la más pequeña línea de tinta de Otomo, que en la primera lectura se pasan rápido por la necesidad de saber qué sucede en la página siguiente. 

Pero la forma no puede reemplazar al contenido. Estos son a final de cuentas los dos lados de la moneda de la creación artística, y cuando la forma busca ser un fin en sí mismo, volverse el contenido de la obra, puede resultar en ejercicios interesantes de creatividad, pero necesariamente aplana el impacto de la obra, le resta la profundidad que proporcionan la realidad, las ideas y los conceptos, como el hueso le da otro sabor a la carne. Con Akira, Otomo nos muestra una historia que sólo puede ser catalogada como épica. La denominación del género sin dudas ha sufrido variaciones desde sus orígenes clásicos aristocráticos, y actualmente se ha reducido en muchos casos a un slogan publicitario, una treta para vender humo como “un clásico instantáneo” o como “revolucionario”. Pero Akira se gana a pulso esa denominación. 

Los temas que trata son muchos y variados: la ambición, la camaradería, la intriga política, el militarismo, la juventud reprimida, los efectos de la guerra, la corrupción, la experimentación en seres humanos, la soledad, la búsqueda de conocimiento o al menos algo que te permita aventajar a otros en la carrera por la supremacía, la trascendencia… Neo-Tokio se convierte a través de la historia en un símbolo de la decadencia, de la sociedad burguesa en su descomposición, donde la lucha por sobrevivir se agudiza y resquebraja los límites y las máscaras de la capital reconstruida, como la taquicardia destroza el corazón. 

Una historia de esas magnitudes requiere personajes a su altura. Y Akira no sólo los ofrece, sino que da para escoger, una característica que ya se implicaba en la película pero que en el manga se explaya en toda su gloria. Están Tetsuo y Kaneda, los amigos de la infancia que vagan con su pandilla de motociclistas y pasan el resto del tiempo siendo castigados con brutalidad en una escuela técnico-industrial, dos rebeldes que mientras progresa la historia se verán cada vez más en lados opuestos de la barricada, conforme Tetsuo despierta en sí mismo aquello que permitió al “Número 26” sobrevivir al choque con su moto: poderes psíquicos. Está Kay, joven miembro de una especie de resistencia al gobierno, una muchacha decidida, leal a la causa que encuentre justa y sobre todo a sus amigos. Está Ryu, un lugarteniente de dicha resistencia, foco de la lealtad de Kay en un principio. Están Takashi (No. 26), Masaru (No. 27) y Kiyoko (No. 25), tres niños sometidos a experimentos para despertar sus habilidades psíquicas. Están Nezu y el Coronel: el primero un político burgués oposicionista que controla tanto a la resistencia como una milicia privada y obsesionado con develar la verdad de la explosión hace 38 años, y el segundo un militar de pies a cabeza que está a cargo de proseguir los experimentos con telekinesis, al precio que deba pagarse. Está la Señora Miyako, una líder religiosa que cuenta con los servicios de Nezu y parece estar muy íntimamente enterada de los experimentos del gobierno… y estos son algunos de los personajes que podemos considerar “principales”. De su mano, Akira se convierte en un telar de arcos argumentales a la vez unidos y separados, a la vez armónicos y conflictivos. 

Hay un poco de todo en Akira. Un mismo volumen puede contener una tragedia shakespeariana, escenas de acción desenfrenada a lo Tarantino, intriga política, dilemas morales, una historia de horror y momentos de comedia casi del tipo “slapstick” (o “comedia física”, ejemplificada por los Tres Chiflados), todo separado por unas pocas páginas, o a veces por un mero pase de hoja. A través de tal cantidad de pares de ojos se miran las conmociones que azotan a Neo-Tokio, y hacen recordar una frase que puede resumir todo el viaje: no se puede ir al infierno cuando ya se está en el (en inglés: you can’t go to hell when you’re already there). 

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Por supuesto, un reparto coral de esa envergadura y semejante telar de narrativas individuales implica el riesgo de que la historia pierda enfoque, que “no vaya a ningún lado”. Pero Otomo lo une todo con una sola palabra: Akira, el mismo título de su obra. Conforme las paredes se cierran, todas las diferentes historias —algunas como participantes activos, otras como testigos, la mayoría como combinación de las dos—se unirán en una carrera desesperada por saber qué es Akira, qué fue lo que pasó 38 años antes y qué implicaciones tendrá para el mundo una vez que sea despertado, acompañado de la destrucción ahora de Neo-Tokio, y el nacimiento del Gran Imperio de Tokio

Akira es, por ponerlo de forma simple, una pesadilla: una pesadilla de múltiples dimensiones. En él somos testigos de la descomposición social representada en Neo-Tokio, donde el avance tecnológico y los rascacielos ocultan unas contradicciones pujantes entre los explotadores y sus explotados; testigos del trauma causado por las explosiones atómicas; de una serie de personajes complejos que van desde el antiheroísmo hasta la megalomanía, pasando por una extensa gama de grises en el que los protagonistas tienen dos modos: o están en una caída libre, buscando la mejor manera de aligerar el impacto (así eso implique que otros se rompan los huesos por recibir su parte), o en el fondo del barranco, luchando desesperadamente por regresar a la luz. En Akira vemos la destrucción rampante.

Pero también, vemos un tipo de reconstrucción. Uno de los temas principales de Akira —el cual se puede deducir por la revista en la que se publicó originalmente y el mercado al que estaba dirigida—es la juventud. La juventud que en la sociedad burguesa cuando no es reprimida, es abandonada por completo. La juventud como símbolo de rebeldía, de rompimiento con el pasado. Es relevante que en Akira, son los personajes más jóvenes (particularmente el trío Tetsuo, Kaneda y Kay) los que estén al centro de la causa y solución de problemas que fueron sembrados por los personajes adultos. En particular Kaneda, aparte de ser un personaje divertido, heroico de una manera antiheroica y raramente entrañable, es una declaración de intenciones de la obra. Es energético, carismático, en un principio despreocupado hasta límites que podrían considerarse crueles, no tiene miedo de hablar de manera franca a los adultos así eso le traiga consecuencias, leal a sus amigos y sus promesas, y es capaz de ensuciarse las manos para, muy a su manera, hacer algo para mejorar la situación, o ya mínimo salvarla. Kaneda es una representación de la juventud rebelde e idealista, cuya falta de experiencia es sopesada con un gran entusiasmo y un gran compromiso una vez que ésta ha hallado algo en lo que creer, una causa que considere justa, algo para defender. Su camaradería es en este sentido una expresión antiheroica, algo ingenua pero sincera de su idealismo juvenil, seguro de poder reconstruir el mundo, pero sin saber cómo ni en qué dirección. Sólo seguro de que reconstruirlo es posible.

La pesadilla multifacética, a la vez dura y entrañable que es Akira, es una recomendación total, pero no por eso fácil. Aun con una compra pausada, seis volúmenes es una gran inversión, y para quien es nuevo en el mundillo del manga, puede parecer una apuesta 50-50 o un gran compromiso, más aún con los tiempos que corren. Pero tal vez una distopía pueda hablar a otra distopía. Y entre las distopías, la de Akira sigue siendo, a 39 años de su primera publicación, una experiencia épica y única, una lección para todos los amantes del género post-apocalíptico o de las luces neón del cyberpunk en particular, y de la narrativa visual en general. 

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