Hace unos días me encontraba en un momento de ocio mal previsto, ese tiempo que tenemos entre una actividad y otra, en este tejido que a veces se enreda en el trabajo desde casa, en estos días donde el paso de las horas con la caminata del sol es ignorado por nuestra piel y nuestros ojos. Ahí donde, salvo cuando corremos la cuerda de una cortina o sentimos que es hora de prender el aire acondicionado, pareciera que podemos ignorar la realidad del mundo físico.

Así pues, en ese momento de ocio, veía videos en una conocida plataforma cuando me encontré con la moda de los videos cortos y comencé a curiosear con algunos de ellos. De pronto, vi un video de los habituales y uno breve con casi el mismo contenido, inmediatamente mi dedo tocó la pantalla para reproducirlo y, después de hacerlo, un golpe de conciencia invadió mi agobiada memoria y me detuve impactado: ¿cómo es posible que llegué a esto, a despreciar un video de cinco minutos por un video de treinta segundos? ¿en qué momento me volví tan impaciente?

¿Será solamente una inercia en el campo de la tecnología? ¿O será una inercia que pueda hacer metástasis a los diferentes aspectos de la vida?

Después de este golpe de conciencia comencé a respirar profundo, ejercicio que por cierto no tuvo la misma efectividad que en años anteriores. Creo que mis ansiosas neuronas comenzaron a bajar sus descargas y una línea de claridad en el pensamiento hizo más definidos sus lazos, o su sinapsis como dicen los médicos.

Fue entonces que me di cuenta de cuántas cosas queremos que sean rápidas, con poco esfuerzo, con poca reflexión, con poca seducción. La cultura de la inmediatez corre aún más en estos días, corre ansiosa, deseosa, deseosa de algo que en realidad ignora, pareciera que solo es deseosa de la satisfacción del impulso, un impulso ciego, pero intenso, un camino que nos alivia de la misma angustia de la prisa, un círculo muy corto y al mismo tiempo infinito.

Comencé a meditar entonces sobre la desidentificación con la prisa, la batalla que es importante mantener sobre todo en estas épocas por el constante ejercicio de regresar a nuestro centro, a la realidad, no a la realidad virtual (término que por sí mismo es contradictorio). Pensé en las herramientas tecnológicas e inmediatas y su uso gobernado desde nosotros mismos y no desde una inercia enajenada y enajenante.

Y ni qué decir de los más jóvenes, he visto sus rostros donde coexisten cansancio y deseo, ojos irritados siguiendo más capítulos de sus series favoritas, más niveles de video juegos, más videos, más estímulos, una trama cada vez más oscura como ellos dicen, cuerpos en pantalla cada vez más editados. Por favor, tenemos que despertarlos, desconectarlos de vez en cuando, observar su soledad.

Sobre todo en estas épocas de encierro creo que es más importante que en otras poder alimentar nuestra calma, detenernos, respirar, podemos por medio de acciones simples trabajar un aspecto interno y central de nuestra conciencia y nuestra personalidad.

Alimentar nuestra calma puede iniciar desde ejercicios de respiración, momentos de silencio, caminatas, colorear, hacer caligrafía, leer más allá de cinco líneas de un mensaje, leer sin expectativas ansiosas, detenernos a ver una película donde la acción no nos asalte de manera inmediata, observar el cielo, un árbol, una planta con hojas sedientas que puede estar junto a nosotros, acariciar, escuchar más melodías y menos compases atropellados.

Alimentar la calma seguramente nos hará nuevamente más humanos, más reflexivos, menos ansiosos y hasta menos tristes, más concentrados y menos aburridos; porque el aburrimiento llega cuando la calma tiene poco espacio en nuestras vidas y entonces la interpretamos como hastío, o bien cuando la repetición nos fastidia, pero en ambos casos pareciera que perdemos de vista a la serenidad de nuestros sentidos y al lento y amoroso latido de la tierra.

Miguel Ángel Centeno

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