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Por Miguel Ángel Centeno

Recientemente hemos presenciado marchas del orgullo de la diversidad, la expresión pública de la comunidad LGBTTTIQ+ y la exigencia de los derechos, la visibilidad de las diversas formas de ser y de amar e incluso aquellas manifestaciones consideradas por muchos como transgresoras, ocasionando polémica entre las opiniones de los diferentes sectores sociales. 

A pesar de las diferentes opiniones y posibles excesos que la comunidad gay puede tener en las marchas y otras formas de expresión, es de suma importancia la muestra a la sociedad de que no solo las personas heterosexuales pueden mostrar su afecto y formas de ser en público y que todas las personas en la gamma de la diversidad tenemos el derecho de manifestar el amor y no ser relegados a una forzada discreción, esa que muchas veces mantenemos para no incomodar a una cultura heteronormada. 

Sin embargo, más allá de dedicar este artículo a la validación de las expresiones de la diversidad sexual, en esta ocasión ha llamado mi atención otra característica dentro del ambiente gay, una de las situaciones que se puede apreciar en la imagen de muchos miembros de la comunidad, una manifestación simbólica no solo de lo que se quiere mostrar, sino también de otro tipo de expresiones más inconscientes. Dentro de estas expresiones llamaron particularmente mi atención las de la feminidad y masculinidad, así como sus ambivalentes sentimientos dentro de la comunidad.

La línea del pensamiento heredada por la masculinidad hegemónica en el caso de los hombres homosexuales ha dejado un estigma que no se borra tan fácilmente a lo largo del tiempo. El ambiente gay incluso en estos tiempos de libertades, movimientos feministas y nuevas masculinidades, no ha quedado exento de los patrones de masculinidad tradicional, machismo y homofobia internalizada. Y pesar de mostrar una imagen que combina elementos masculinos y femeninos en la expresión y que se muestran de formas para algunos caóticas, como por ejemplo, un rostro con barba y maquillaje, también dejan ver un poco las ambivalencias de las identidades de género al interior de una persona con una orientación sexual diferente, y por supuesto no solo por su construcción psicológica individual, sino por aspectos sociales en una construcción masculina tradicional que ha dejado poco espacio a formas y sentimientos diferentes.

Dentro del ambiente gay masculino, por ejemplo, se destaca de forma importante el anhelo por aquel tipo de hombre viril. Si hiciéramos un símil de un ranking de atractivo, definitivamente, el gay más varonil quedaría en la cima, destacado por ciertos elementos en su imagen, elementos muchas veces icónicos como barba, amplios pectorales o hasta una vestimenta de vaquero, el gay más masculino puede darse el lujo de elegir o despreciar al más femenino a su arbitrio. No es una especie de ley por supuesto, pero vemos con claridad cómo los preceptos de la masculinidad hegemónica tradicional permean incluso en el ambiente gay descalificando a los hombres más femeninos para una relación.

Pareciera lógico que el deseo de un hombre gay esté en la búsqueda de un ser masculino, sin embargo, muchas veces me he preguntado si esta búsqueda solo responde a una atracción por el mismo sexo o se trata también de una búsqueda interna, de una reafirmación de la propia masculinidad a través del otro, la cual, fue negada a quien manifestó algunos intereses considerados femeninos o simplemente una atracción distinta. 

En el proceso de construcción de la identidad en el desarrollo primario del ser humano, la identificación con el progenitor del mismo sexo nos lleva a construir una identidad de género identificando como quiénes somos y también como quiénes no somos. 

La niña identifica que es como mamá y el niño como papá o la figura masculina más cercana. De la misma forma la niña identifica que no es como el papá y el niño que no es como mamá, en este sentido el género como construcción social se instala en la psique del ser humano y entonces se construye una identidad junto con otros aspectos. Bajo este supuesto somos como algunos y no somos como otros, según la enseñanza tradicional. 

En este sentido la línea de pensamiento de la masculinidad hegemónica deja muchas veces fuera de su equipo al tipo de hombre que no cumple con sus exigencias. Y entonces, qué sucede con ese niño nacido hombre al cual la cultura le ha negado la masculinidad por decreto. Ese niño que se identificó con ciertos rasgos femeninos y que al crecer define un gusto por otro hombre, qué mensaje queda en su interior sobre la vivencia de su propio género, ese que se debe a una construcción social, pero que está también en conexión con elementos de nuestro físico y nuestros instintos más arcaicos. ¿Cómo integra la masculinidad quien tiene que reinventar el género al margen de una cultura?

Creo que este puede ser un asunto inconcluso en la construcción masculina de muchos hombres homosexuales y como hipótesis creo que en su vida adulta puede existir esta búsqueda de reafirmación a través del otro, un deseo de compensar la masculinidad, incluso un intento de anular esas características femeninas que tanta discriminación causaron. Son diversas las motivaciones inconscientes que pueden existir y creo que cada tipo de gay construye una alternativa masculinidad, unas veces integrada, otras muy ambivalente, y en este sentido creo que no debemos ignorar cuando estas ambivalencias puedan llevar a conductas disfuncionales, o de las llamadas conductas compensatorias, ya que podrían llevar a ese hombre a caer en estados de crisis personal y relacional.

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Creo que es de suma importancia el trabajo que han llevado a cabo los movimientos que buscan redefinir la masculinidad, sin embargo, las nacientes nuevas masculinidades aún carecen de mucha fuerza y base de estudio desde la perspectiva de género masculina y más ausente aún la perspectiva de género masculina y homosexual. 

Reinventar el género masculino, renunciar al él o volver al género tradicional, este es el devenir, independientemente de la orientación sexual y los tiempos actuales creo que en estas manifestaciones y exigencia de derechos, todos los tipos de hombres podemos decir “yo también” podemos integrar nuestro género y ver hacia adentro, acudiendo a un proceso de terapia o en una introspección personal individual, resignificando, sanando nuestras heridas, borrando estigmas y finalmente mutando a un nuevo tipo de ser masculino más adecuado a estos tiempos de transformaciones sociales. 

Independiente al gusto, a la libertad de ser y de expresión, creo que estas fechas se deben de conmemorar también con un proceso de reflexión, de construcción y de validación de una identidad para nosotros mismos, en todas, todas las manifestaciones de la diversidad. 

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