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Por Patricia Hernández González

Unos cuantos años después…

Alguna vez me decía que el odio era una palabra practicada, por lo general, se habla del amor o en nombre del amor. También me decía, que los simuladores “viven sanamente” y lo digo así, porque así es, se dicen a favor, no en contra y claro, es difícil que se asuma algo semejante al rencor viniendo de la gente que se dice feliz, feliz. De manera que no lo comprendo. No quiero hacerlo, de hecho, comencé a observar asuntos mucho más racionales — y durísimas — sobre la vida. Aunque esto sea a favor de una idea deliberada, pero creo, no lo es en estos tiempos donde maldecir se hace presente.   

Si le buscara un color al odio lo encontraría en un intenso marrón a un naranja esfumado, un morado diverso, un verde inapropiado.                                                                          

Y si le buscara un rostro pensaría en el de ellas, las caras que tienen hoy a la edad de hoy, con la voz y sus miradas prendidas de chispas, a la distancia sorprenden por su llaneza. Pero es que imaginar a alguien distinto incluso un niño que juega ¿quién puede imaginarlo así? Odiar no es solamente la contradicción a todo lo que se cree y supone, hay quien lo hace heroico en su existencia, se ignora porque es difícil de confesar para sí mismo, solo los huérfanos se atreven a odiar, los huérfanos del mundo, los que se creen superiores, los que se sienten inferiores, los enfurecidos de todas las causas.

Cada palabra que nace primero del odio, a veces pasa al amor y después al odio y después al amor. Así se entretejen las experiencias cansinas y agrias, las malas emociones que emulan de los sentidos al cuerpo, que impactan en las grandes decisiones de la vida, personales y sociales tal vez por eso tiene larga duración. No pasa inadvertido, es un trazo de línea muy dura, profundamente incómoda. Se esconde en la desesperación infantil, de toda agitación de asombro y horror, deambula en la memoria de los pueblos, en la sensación agobiante del peso del mundo, del mundo que castiga, que guarda rencores, que busca venganzas y explota de ira, está en la incertidumbre que hace vivir una travesía. El odio está en todas partes.

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Aunque en contextos de conversación pública, hay cosas que parecen opuestos irremediables, a pesar de cualquier creencia, convicción o esperanza, en situación de enojo por motivos que se saben o se ignoran, incitar al odio es un retrato de la vulnerabilidad personal en la psique de los otros. Querer que se vaya o que se quede, que se tenga o desaparezca, que se reconozca o se anule, las luchas sea cual sean los motivos, argumentos o necesidades, la expresión ácida a no conciliar se activa también como amenaza, también como defensa, también como protección, como derecho, y bueno, los motivos sobran y más cuando todo se considera legítimo.

El mal llamado odio colectivo enfrenta todas estas reglas “aceptadas”, de manera contradictoria, el antagonismo, creo yo, es necesario, si pensamos en la pluralidad y en las colectividades.

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