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Antes de los 33

Ruta Norte Laguna | Jaime Muñoz Vargas

El arte de la biografía siempre ha puesto énfasis en la precocidad. Como si la vida fuera una carrera (currículum significa eso: recorrido), los estudiosos se han empeñado en destacar los frutos maduros producidos a edades muy tempranas y los han considerado hitos. En el universo artístico hay casos paradigmáticos, como el de Mozart, quien de niño ya asombraba a la aristocracia europea con la perfecta ejecución al piano de sus perfectas obras; también Rimbaud, quien antes de los veinte ya había escrito los libros que le granjearían la inmortalidad; o Picasso, quien en la adolescencia casi superaba a su padre, maestro de pintura. Para los biógrafos, la madurez adelantada es un prodigio digno de ser contado, se trate del genio matemático de Évariste Galois, del genio futbolístico de Diego Maradona o del genio de quien sea.

En la referida precocidad pienso cuando evoco a Ramón López Velarde (Jerez, Zac., 1888-México, DF, 1921). El destino le concedió poco tiempo para urdir una de las obras más importantes de la literatura española. Conste que no digo mexicana ni hispanoamericana, sino española, adjetivo con el que deseo asir todo lo muy bien escrito en la órbita de nuestra lengua. Mientras a otros escritores les cuesta una larga vida alcanzar el ideal del virtuosísimo, la obra ya cuajada y gorda de buen zumo, y a otros se les va la existencia sin lograrlo, la musa favoreció a López Velarde con una sensibilidad y unos recursos inusitados, para decirlo con un adjetivo que él hizo célebre al calificar ciertos ojos de sulfato de cobre.

Muchas veces he buceado en mi interior para tratar de descubrir la razón profunda de su encanto (y digo aquí encanto en sentido estricto, pues la poesía del jerezano encanta, fascina como el canto). He leído, claro, explicaciones técnicas sobre su manera de versificar/adjetivar/rimar y por supuesto me parecen un ejercicio inteligente de la crítica, pero siento que toda aproximación a la obra poética lopezvelardeana debe partir de una renuncia, la renuncia a encontrar mediante la pura razón el misterio que emana de su laboratorio metafórico. La explicación de López Velarde, a mi ver, no alcanza a colmarse con el develamiento de su técnica o con los datos autobiográficos agazapados en sus versos, sino en un sitio menos concreto. Es como si con un radar espiritual él hubiera captado una esencia que, como brisa, roza todos los pliegues del alma mexicana. Él supo vislumbrarla y, sobre todo, expresarla en palabras cuyo objetivo parece, de entrada, excesivo: convertir un sentimiento apenas presentido en evidencia de una realidad tangible.

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Cuando leo a López Velarde me pasma advertir cómo atrapó la mencionada esencia, cómo emplazó sus sentidos a la manera de una cámara para captar detalles que parecen decir más de lo que dicen: “Tu barro suena a plata, y en tu puño / su sonora miseria es alcancía; / y por las madrugadas del terruño, / en calles como espejos, se vacía / el santo olor de la panadería”. Esta estrofa remite, por ejemplo, a la mirada, el oído y el olfato, y en los tres casos parece haber una secreta correspondencia: el barro con la alcancía y la alcancía con la pobreza; luego la palabra “terruño” (y no “ciudad” o “pueblo”), usada muy frecuentemente para referirnos con cariño al lugar donde nacimos, se enlaza a la sensación de pureza que produce el amanecer vinculada a la santidad del pan (litúrgico). Todo se mezcla y fluye en nuestra emoción como río subterráneo, casi como fluye el viejo indoeuropeo en las palabras que usamos.

“Suave Patria: te amo no cual mito, / sino por tu verdad de pan bendito; / como a niña que asoma por la reja / con la blusa corrida hasta la oreja / y la falda bajada hasta el huesito”, dice en otra estrofa no lejana a la anterior, y ocurre lo mismo: “bendito” no sólo rima formalmente con “huestito”, sino que también consuena en el plano cultural por el conservadurismo presente en “bajada”, participio (los participios parecen adjetivos y verbos al mismo tiempo) que insinúa alguna coerción en el acto de adecentar la falda.

Esta poesía es un portento literario, una flecha que atraviesa la carne de nuestra idiosincrasia. Ramón López Velarde sólo tuvo 33 años para escribirla. Murió hace un siglo.

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